Kripkenstein y el escepticismo (introducción)



En sus Investigaciones filosóficas —parágrafo 201— Wittgenstein nos dice:

     «Nuestra paradoja era esta: una regla no podría determinar ningún curso de acción porque todo curso de acción puede hacerse concordar con la regla...»

     Por su parte, Kripke plantea el problema de seguir una regla en el contexto de la paradoja previamente citada. Por lo que Witt termina afirmando —según Kripke— un escepticismo moderado. Lo que supondría una nueva forma de escepticismo filosófico:

     «La "paradoja" es probablemente el mayor problema en Las Investigaciones filosóficas. Inclusive alguien que cuestionara las conclusiones referentes al lenguaje privado y la filosofía de la mente, las matemáticas y la lógica que Wittgenstein extrae de su problema, bien podría considerar el problema mismo como una importante contribución a la filosofía. Puede considerársele como una nueva forma de escepticismo filosófico.» [1]

    La premisa escéptica se plantea mediante dos postulados:

     1. No es posible disponer de algún método, hecho o estado mental directamente accesible que permita justificar las pautas correctamente.

    2. Cualquier empleo que hagamos de la proposición S en T, [2] se puede concordar con el uso de S en T. [3] No hay modo alguno de asegurar la consistencia de la función lingüística en determinado periodo.

    Donde "S" es el nombre de una sensación y "T" un tiempo dado.

    S→T
    T→S
    S↔T

    El escepticismo no es irrebatible, sino manifiestamente absurdo, cuando quiere dudar allí donde no puede preguntarse. Porque solo puede existir duda donde existe una pregunta y una pregunta solo donde existe una respuesta.

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NOTAS
[1] KRIPKE, Saul. «Wittgenstein: Reglas y lenguaje privado», p.17.

[2] WITTGENSTEIN, Ludwig. Investigaciones filosóficas, I, p. 202.

[3] KRIPKE, Saul. Wittgenstein: Reglas y lenguaje privado, pp. 11, 17 y 20.



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Psicoanálisis, un timo


El curioso caso de la adicción a las teorías y prácticas freudianas que sufría la mayoría de los psiquiatras, psicólogos y filósofos se ha terminado. Muchos de ellos ya han descubierto que el psicoanálisis como método de tratamiento simplemente no funciona y no es superior a la falta de tratamiento. Las teorías freudianas se han sometido a pruebas experimentales y se han encontrado muchas deficiencias; la gran mayoría de los estudios han dado resultados negativos y aquellos que han obtenido resultados positivos están sujetos a fuertes críticas. Se ha encontrado que las propias explicaciones de Freud sobre sus esfuerzos terapéuticos y la historia de su vida son poco fiables, poco seguras y carentes de verdad.

    Se está reconociendo cada vez más ampliamente que Freud hizo retroceder a la psicología y a la psiquiatría unos cincuenta años y evitó el desarrollo de teoría y métodos de tratamiento considerados científicos. Muy pocas veces en la historia de ciencia de un hombre, aclamado como un genio, ha hecho tanto daño a la disciplina en la que trabajó.

—Hans J. Eysenck

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Enlaces de utilidad sobre el tema:

http://www.funveca.org/revista/pedidos/product.php?id_product=428

http://www.ansiedadyvinculos.com.ar/porquefalla.htm

http://mail.fac.org.ar/pipermail/cardtran/2007-April/000907.html

http://www.lanacion.com.ar/738572-el-psicoanalisis-va-a-desaparecer-dice-mikkel-borch-jacobsen

https://goo.gl/rYTdZY



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Los hermanos Karamasov


Dios no les había dado hijos. Es decir, les dio uno que murió a edad temprana. Grigori adoraba a los niños y no se avergonzaba de demostrarlo. Cuando Adelaida Ivanovna huyó, Grigori recogió a Dmitri, que entonces tenía tres años, y durante un año lo cuidó como una madre, encargándose incluso de lavarlo y de peinarlo. Años después tomó a su cuidado a Iván y a Alexei, lo que le valió un bofetón, como he referido ya. Su propio hijo sólo le proporcionó la alegría de la espera durante el embarazo de Marta Ignatievna. Apenas vio al recién nacido, se sintió apenado y horrorizado, pues la criatura tenía seis dedos. Grigori guardó silencio hasta el día del bautizo. Para no decir nada, se fue al jardín, donde estuvo tres días cavando. Cuando llegó el momento del bautizo, algo había pasado por su imaginación. Entró en el pabellón donde se habían reunido el sacerdote, los invitados y Fiodor Pavlovitch, que era el padrino, y manifestó que en modo alguno debía bautizarse al niño. Lo dijo en voz baja, lentamente y mirando al sacerdote con expresión estúpida.

    —¿Por qué? ‑preguntó el religioso, entre asombrado y divertido.

    —Porque... es un dragón —balbuceó Grigori.

    —¿Cómo un dragón?

    Grigori estuvo unos momentos callado.

    —La naturaleza ha sufrido una confusión —murmuró vagamente pero con acento firme, para demostrar que no quería extenderse en explicaciones.

    Hubo risas y, naturalmente, el niño fue bautizado. Grigori oró con fervor junto a la pila bautismal, pero mantuvo su opinión acerca del recién nacido. Aunque no se opuso a nada, durante las dos semanas que vivió la enfermiza criatura, él apenas la miró: afectaba no verla y estaba siempre fuera de la casa. Pero cuando el niño murió a consecuencia de un afta, él mismo lo colocó en el ataúd y lo contempló con profunda angustia. Luego, cuando la fosa volvió a quedar llena de tierra, se arrodilló y se inclinó hasta el suelo. Jamás volvió a hablar del difunto, y Marta Ignatievna sólo lo nombraba cuando su marido estaba ausente.

    La mujer observó que, tras la muerte del niño, Grigori se interesaba por las cosas divinas. Leía Las argucias con frecuencia, solo y en silencio, después de ponerse sus grandes gafas de plata. Raras veces, en la Cuaresma a lo sumo, leía en voz alta. Tenía predilección por el libro de Job. Se procuró una recopilación de las homilías y los sermones del santo padre Isaac el Sirio y los leyó obstinadamente durante varios años. No logró comprenderlos, pero seguramente por esta razón los admiraba más. Últimamente prestó oído a la doctrina de los Kblysty y se informó a fondo sobre ella preguntando al vecindario. Le impresionó profundamente, pero no se decidió a adoptar la nueva fe. Como es natural, todas estas lecturas piadosas aumentaban la gravedad de su fisonomía.

    Tal vez era un hombre inclinado al misticismo. Como hecho expresamente, la llegada al mundo y la muerte de su hijo de seis dedos coincidieron con otro hecho sobremanera insólito a inesperado que dejó en él «un recuerdo imborrable», según su propia expresión. La noche que siguió al entierro del niño, Marta Ignatievna se despertó y creyó oír el llanto de un recién nacido. Tuvo miedo y despertó a su marido. Grigori prestó atención y dijo que más bien parecían «gemidos de mujer». Se levantó y se vistió. Era una tibia noche de mayo. Salió al pórtico y advirtió que los gemidos llegaban del jardín. Pero por la noche el jardín estaba cerrado con llave por el lado del patio y sólo se podía entrar en él por allí, ya que estaba rodeado por una alta y sólida empalizada. Grigori volvió a la casa, encendió una linterna, cogió la llave y, sin hacer caso del terror histérico de su mujer, seguro de que su hijo le llamaba, pasó en silencio al jardín. Una vez allí se dio cuenta de que los lamentos partían del invernadero que había no lejos de la entrada. Abrió la puerta y quedó atónito ante el espectáculo que se ofrecía a su vista: una idiota del pueblo que vagaba por las calles y a la que todo el mundo conocía por el sobrenombre de Isabel Smerdiachtchaia acababa de dar a luz en el invernadero y se moría al lado de su hijo. La mujer no dijo nada, por la sencilla razón de que no sabía hablar... Pero todo esto requiere una explicación.

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Fiódor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov: Primera Parte: Libro III



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El secreto de los heterónimos, Bernanrdo Soares



—Toda buena conversación debe ser un monólogo de dos… Debemos, al final, no poder tener la seguridad de si hemos conversado realmente con alguien o si hemos imaginado totalmente la conversación… Las mejores y más íntimas conversaciones, y sobre todo las menos moralmente instintivas, son aquellas que los novelistas mantienen entre dos personajes de sus novelas… Por ejemplo…

—¡Por el amor de Dios! Seguro que no iba a citarme un ejemplo… Eso sólo se hace en las gramáticas; no sé si recuerda que hasta nunca los leemos.

—¿Ha leído alguna vez una gramática?

—Yo, nunca. Siempre he tenido una aversión profunda a saber cómo se dicen las cosas… Mi única simpatía, en las gramáticas, era para las excepciones y para los pleonasmos… Escapar a las reglas y decir cosas inútiles resume bien la actitud esencialmente moderna. ¿No es así como se dice?

—Absolutamente… Lo más antipático que hay en las gramáticas (¿ya se ha fijado en la deliciosa imposibilidad de que estemos hablando de este asunto?), lo más antipático que hay en las gramáticas es el verbo, los verbos… Son las palabras que dan sentido a las frases… Una frase decente debe poder tener siempre varios sentidos… ¡Los verbos! Un amigo mío que se suicidó —cada vez que mantengo una conversación un poco larga suicido a un amigo— había tratado de dedicar toda su vida a destruir los verbos…

—¿Por qué se suicidó?

—Espere, todavía no lo sé… Pretendía descubrir y fijar la manera de no completar las frases sin parecer hacerlo. Solía decirme que buscaba el microbio de la significación… Se suicidó, claro está, porque un día se dio cuenta de la responsabilidad enorme que iba a echarse encima. La importancia del problema acabó con su cerebro… Un revólver…

—Ah, no… Eso de ninguna manera… ¿No ve que no podía ser un revólver?… Un hombre de esos nunca se pega un tiro en la cabeza… Usted se entiende poco con los amigos que nunca ha tenido… Es un defecto grande, ¿sabe?… Mi mejor amiga: una chica deliciosa que yo he inventado.

—¿Se llevan bien?

—Hasta donde es posible… Pero esa chica, no se imagina…

Las dos criaturas que estaban a la mesa de té no mantuvieron con seguridad esta conversación. Pero estaban tan arregladas y bien vestidas que era una pena que no hablasen así…



Fotografía, «TWINS», por Veronika Bures.

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El debate es estéril y anecdótico


Recuerdo con particular melancolía aquellas tardes cálidas de otoño; mientras contemplaba los árboles semidesnudos un vientecillo anodino golpeó mi rostro y lo comprendí, fue una revelación de buten:

    los debates son estériles, sea en la academia, el mejor café de la ciudad o el foro más respetable de la red social menos respetable. A causa de esta revelación sobrenatural comprendí el absurdo que significa el encuentro intelectual y la confrontación, la indubitable verdad detrás de estas lineas son el principal motivo que me llevan a no abordar los temas con la seriedad que esperan debería adoptar, a diferencia de los espíritus más rigurosos que celebran —con justificada razón— las publicaciones que invitan a la reflexión e, incluso a la catarsis, yo las encuentro anecdóticas. Confieso empero que, en extrañas ocasiones, me encuentro con algo digno de exultación.


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Estética



La formación de juicios críticos sobre arte es la disciplina que llamamos estética, si bien es relativamente nueva, sus temas de interés se remontan a la antigua Grecia, posteriormente en el siglo XVIII se agrupan bajo una misma disciplina. La estética moderna gravita en torno a dos intereses: las obras de arte y la experiencia estética.

    Respecto a los objetos denominados obras de arte, se suscitan cuestiones del tipo: ¿Puede definirse el «arte»? ¿Por qué son importantes estos objetos? ¿Cómo pueden representar el mundo las pinturas? ¿Cómo puede la música expresar emoción?

    En cuanto a esa experiencia específica llamada «experiencia estética», se advierte que no se reduce tan sólo a la apreciación del arte. Una experiencia estética es disfrute de una bella visión, de ahí que se suscite la pregunta sobre cómo puede definirse este tipo de experiencia y en qué se distingue de otras categorías experimentales.

La definición del arte 


La definición es indudablemente uno de los temas más recurrentes e importantes en la estética. Intentar definir las principales características del arte llevó a Collingwood y Croce a formular su «teoría de la expresión»; una obra de arte es la «expresión» de un sentimiento, y por tal expresión se entiende que la naturaleza del sentimiento se investiga y aclara teniendo en cuenta el material gráfico. Es una teoría que vincula el arte con el sentimiento y las emociones, que carece empero, de rigor o sustento suficiente para tomarla con demasiada seriedad. En primer instancia, porque jamás se define apropiadamente ese sentimiento al que se refiere Croce. También pretende explicar todas las artes bajo una misma teoría; así, lo común a la pintura, la poesía, la escultura, la danza y la música en tanto artes que facilitan el desarrollo y el estudio de las emociones.

    Todas las disputas en torno a la definición del arte no han sido solucionadas, ni lo serán por un largo tiempo. El debate empero —al igual que otros debates filosóficos—, si bien no ha llegado a una conclusión definitiva, contribuye a clarificar cuáles son los problemas y la naturaleza del arte. Lo mínimo que se puede esperar de esta discusión es saber por qué resulta tan complicada la definición del arte.

    Cuando Duchamp expuso su pala para quitar nieve, no «expresaba» esas emociones que defendió la teoría de Collingwood y, ciertamente, no manifestaba la habilidad artística de su creador, ni representaba algo en particular. Fuera cual fuera su presunta belleza, esta no se debía a Duchamp.

Experiencia estética


La Crítica del juicio de Kant ha ejercido una enorme influencia en la disciplina estética, al ser uno de sus temas centrales en la discusión, la experiencia estética. Kant planteó por primera vez la idea de que existe un especial placer desinteresado que se da en la apreciación de la belleza (ya sea en la naturaleza o en el arte) y que es distinto de otras formas de placer que buscan satisfacer los deseos. Kant se propuso demostrar que este tipo de reacción tiene un valor universal y, según su teoría, si una persona contempla una rosa o una pintura y tiene esta experiencia especial al contemplarlas, puede afirmar que la rosa o la pintura son bellas y esperar que los demás también lo consideren así.

     Kant eliminó otras reacciones posibles al apreciar algo bello, por ejemplo, que un objeto guste porque es útil, moralmente correcto, intelectualmente persuasivo o significativo desde el punto de vista político. Por lo tanto, acabó definiendo la contemplación estética como el hallazgo de algo satisfactorio al percibir, es decir, al escuchar o al observar algo, independiente de otros aspectos que no sea la propia percepción. Describió dicha experiencia de forma positiva como el libre juego de la imaginación y del entendimiento, lo que quiere decir que se estimula la capacidad de percepción y que no es necesario que haya un objetivo más allá de este estímulo para dar explicación de la satisfacción que se siente al contemplar los objetos propios de la naturaleza y/o el arte

Reacción individual y demanda pública


Encuentro particularmente interesante la tensión entre el aspecto individual (subjetivo) de la reacción estética y el carácter público (intersubjetivo) del juicio estético.

    Cuando una persona dice que un objeto o una obra es bello o artísticamente conseguido, lo único que está diciendo es que, por algún motivo, le gusta. Pero  en esa afirmación va implícito que los demás deberían estar de acuerdo y considerarlo también bello, en otras palabras, los juicios estéticos reivindican la objetividad. Hay dos aspectos que fomentan tal reivindicación. El primero es que a pesar de la influencia de la moda hay muchas obras a las que se le reconoce su importancia con el paso del tiempo. El escritor griego Longinos lo señaló así en «De lo Sublime»:

    «Cuando incluso hombres que difieren en sus costumbres, su vida, sus entusiasmos, sus edades, sus compromisos, están de acuerdo y mantienen idéntica opinión acerca de los mismos escritos [u obras de arte], entonces el veredicto unánime... de jueces tan discordantes hace que la fe en los pasajes [u obras] que admiramos sea sólida e indiscutible.»

    En segundo lugar, se puede utilizar el razonamiento intelectual para defender la pretensión de que los juicios estéticos poseen validez intersubjetiva. Así, ciertas características de un óleo pueden destacarse como evidencias de su excelencia artística; por ejemplo, se puede mostrar el equilibrio de la composición de una obra según la posición de las figuras representadas por la disposición de los rasgos del paisaje. Si bien tales singularidades no proporcionan pruebas irrefutables de que el juicio que alguien emite sobre una pintura sea correcto, si ofrecen razones objetivas para llegar al acuerdo. Sin embargo, ningún estudioso de la estética ha demostrado que cualquiera de estas posturas —reivindicar la objetividad del fundamento personal del juicio— pueda verse como falsa, aunque tampoco han podido mostrar el modo de superar el conflicto.

El valor del arte


Hay varios motivos por los que un óleo, una composición musical y otras manifestaciones artísticas puedan ser consideradas como valiosas; por ejemplo, pueden transmitir información, promover cierto tipo de conductas o, sencillamente, divertir y entretener, incluso se pueden considerar como productivas inversiones financieras. Estos son los motivos por los que una obra de arte puede tener un valor funcional, y hay muchas que deben su valor a estas causas; por ejemplo, ciertos objetos del arte religioso o retratos que cumplen funciones de este tipo. Las obras de arte empero, también pueden tener un valor intrínseco; es decir, se consideran valiosas por el tipo de experiencias sensitivas que proporcionan. Dichas experiencias son apreciadas por sí mismas y no por propósitos superiores o por el provecho ulterior que puedan proporcionar.

    Estas dos maneras de valorar una obra de arte no son necesariamente opuestas. El hecho de que cierta pintura sea un retrato, y pretenda por lo tanto guardar un parecido con el modelo y transmitir información acerca de él —puntos que indican la posición de un valor funcional—, no es óbice para que también tengan un valor intrínseco. Con todo, la adecuación a la función no es condición para que la pintura posea un valor intrínseco.

Neuroestética


Entre las teorías más sobresalientes encuentro relevantes las del neurólogo Ramachandran y el neurobiólogo Rizzolatti. Ramachandran
ha estudiado la amígdala donde reside uno de los núcleos emocionales de nuestro cerebro, ahí es donde se puede valorar el significado emocional de aquello que estamos observando. Ramachandran se enfocó en lo que sucede en el sujeto cognoscente cuando crea o admira una obra de arte, y de ahí lo bello y lo estético. Mostró a los sujetos de estudio distintas obras pictóricas que ellos habían considerado bellas. Para alcanzar la concepción de belleza de cada sujeto, se les ofrecía gran cantidad de obras pictóricas que eran clasificadas por cada uno de ellos como bella, neutra o fea. Posteriormente se repetía el proceso analizándolo con técnicas de resonancia magnética funcional. El resultado si bien no puede explicar en qué consiste la belleza, nos muestra las zonas de activación e incremento de la actividad neuronal ante la percepción de la belleza, los estímulos presentados a los sujetos estaban divididos en dos categorías: retratos y paisajes. Como se esperaba, Ramachandran advirtió que no existe un centro especializado en la belleza y otro en la fealdad.

    Rizzolatti por su parte, tiene como estudio la experiencia estética y si esta es enteramente subjetiva. A través de la fMRI se mostró a distintos sujetos de estudio esculturas pertenecientes al Arte Clásico y del Renacimiento. Se mostraban dos tipos de piezas: imágenes de las obras originales y versiones con la proporción modificada. Los estímulos eran mostrados con tres peticiones: la observación, el juicio estético y el juicio de la proporción. Entre los resultados más interesantes del estudio encontramos que la observación de las esculturas originales en relación a las modificadas producía una activación de la zona de la ínsula derecha así como otras áreas concretas del cerebro. La activación de esta zona era particularmente fuerte ante la tarea de observación. Cuando los sujetos juzgaban las esculturas como bellas, se activaba la parte derecha de la amígdala. De esta investigación se entiende que el sentido de la belleza está mediado por dos procesos no mutuamente excluyentes: uno basado en la activación de determinadas neuronas corticales y de la ínsula, entendiendo esto como percepción objetiva de la belleza; el otro, basado en la activación de la amígdala, encargada de las experiencias emocionales del sujeto, entendiendo esto dentro de la percepción subjetiva de la belleza.

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BIBLIOGAFÍA

Benedetto Croce, La estética como ciencia de la expresión y lingüística general (1902).
Robin George Collingwood, Essays in the Philosophy of Art (1964).
Immanuel Kant, Crítica del juicio (1790).
Ramachandran V. S. & Hirstein W., The Science of Art: a Neurological Theory of Aesthetic Experience (1999)
Ramachandran V. S. Hirstein W. Journal of Consciousness Studies (1999).
Giacomo Rizzolatti, The Golden Beauty: Brain Response to Classical and Renaissance Sculptures (2007).


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Conversión a decimal


Cualquier número escrito en una base distinta de diez puede ser convertido a la forma decimal expresándolo como suma de potencias de la base. Por ejemplo, el número binario 11001111 es igual a:

(1 x 27) + (1 x 26) + (0 x 25) + (0 x 24) +
(1 x 23) + (1 x 22) +
(1 x 21) + (1 x 20)

esto es:

(1 x 128) + (1 x 64) + (0 x 32) +
(0 x 16) + (1 x 8) + (1 x 4) + (1 x 2) +
(1 x 1)

así  queda 128 + 64 + 0 + 0 + 8 + 4 + 2 + 1 = 207 en el sistema decimal.

El número hexadecimal (en base 16) 1A9D (en decimal,  A es 10 y D es 13) se expresa como:

(1 x 163) + (10 x 162) + (9 x 161) +
(13 x 160) = (1 x 4096) + (10 x 256) +
(9 x 1) + (13 x 1) = 4096 + 2560 + 144 + 13 =
6813 en la forma decimal.

El proceso opuesto, la conversión de la forma decimal a cualquier otra base, se realiza descomponiendo el número en grupos apropiados; factorización.



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