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La vida es como una taza de té


Para disfrutar una taza de té, hay que estar en el presente, consciente y atento, para saborear su dulce aroma, degustar su sabor, sentir el calor de la taza…

Si estas rumiando hechos pasados o preocupándote por el futuro, bajarás la vista y la taza habrá desaparecido. Te la habrás bebido, pero no te acordarás, porque no estabas atento…

La vida es como una taza de té.

—Thich Nhat Hanh


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zazen


No trates de seguir los pasos de los hombres sabios del pasado, busca lo que ellos buscaron.

Cuando veáis a un hombre sabio, pensad en igualar sus virtudes. Cuando veáis un hombre desprovisto de virtud, examinaos vosotros mismos.

Lo que le da su valor a una taza de barro, es el espacio vacío que hay entre sus paredes.

No busques el camino en los otros, en un lugar lejano;
el camino está bajo nuestros pies.


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Loto en el fango


En épocas de mucho hambre, las hijas de los granjeros vendían sus cuerpos para subvenir a las necesidades de sus familias. Estas prostitutas eran conocidas con el nombre de “loto en el fango”. En un dibujo que representaba a varias de ellas, Takuan escribió el poema siguiente:

“El Buda vende la doctrina, los patriarcas venden el Buda,  los maestros venden los patriarcas, ella vende su cuerpo, para que se aplaquen las pasiones de todos los seres.  La forma no es diferente del vacío ni las pasiones de la sabiduría”.


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Sravaka


     El Maestro y varios discípulos van caminando. Uno de ellos pregunta:

     —Maestro ¿A dónde vamos?
     —Ya llegamos. —responde el maestro—.
     —Maestro, ¿A dónde vamos?.

     El Maestro vuelve a responder:

     —Ya llegamos.
     —Maestro pero anteriormente ya habíamos llegado.
     —En este planeta, en este universo, en esta vida, simplemente ya llegamos.

     Y el maestro continuó caminando.


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El círculo perfecto


     El maestro, Harada Roshi, acostumbraba dibujar un círculo en una pizarra al principio de cada plática y decía que el universo es uno. El tercer patriarca Ganchi, en su obra Creer en la mente, escribió lo siguiente: "Es perfecto, nada le falta, nada le sobra". Ésta es una excelente explicación de la naturaleza búdica.

     En algunas ocasiones el maestro Joshu decía "el perro tiene naturaleza búdica" en otras simplemente decía que "el perro no tiene naturaleza búdica", la intención principal del maestro Joshu es ver más allá de lo preconcebido, por encima del si y del no; algo que cabe resaltar, es que no sólo la existencia humana tiene naturaleza búdica, sino que todo el universo es de naturaleza búdica. Es algo que podría repetir ad nauseam, por el contrario, señalare algunas de las características fundamentales de la naturaleza búdica y trataré de aclararla. Es lo que suele llamarse ku (vacuidad), es la condición de no entidad fija.

     Algo que tienen en común las principales religiones occidentales, es la creencia en un Dios Creador separado de su propia creación; situándolo en un mundo metafísico aparentemente inalcanzable, salvo para algunos adeptos seguidores de las enseñanzas establecidas. El budismo, por el contrario, señala que todos los fenómenos son resultado de la ley de causalidad; si la causa cambia, también ocurre un cambio correspondiente en el efecto; si la causa desparece por completo, el efecto  —como es de esperarse —, desaparece. Por lo tanto ningún fenómeno cuenta con una entidad fija propia, y por lo tanto la causa y el efecto no son divisibles.

     Explicándolo de modo más llano, podría decír que conocí a un humanito con la cualidad de bueno, esto debido a las circunstancias que lo llevaron a dicho estado, sin embargo, si las circunstancias cambian, el habría adquirido la cualidad de malo (ésto suponiendo que existe un valor universal para dichas cualidades, más allá de la relatividad del termino), el punto principal de ésto, es que no hay algo que posea una entidad fija propia. Cada entidad se encuentra en un estado inmediato en virtud de causas determinadas; un estado temporal de no especificidad llamado ku (vacuidad). Desde el punto de vista budista, todo tiene vida, es decir, todo lo que existe tiene vida, y es precisamente a esa vida a lo que se le llama naturaleza búdica.

     Existen tres aspectos fundamentales de la naturaleza búdica, en japonés son llamados: shoin bussho, ryoin bussho y enin bussho. Shoin bussho es la naturaleza búdica perse, literalmente significa causa fundamental. Ryo quiere decir darnos cuenta, por lo tanto tenemos tanto shoin bussho, como ryoin bussho.

     Sin embargo, para llevar a cabo tal potencial, se requiere de alguna causa o condición, ésta causa puede ser encontrarnos con la lectura o con el maestro adecuados. esta causa se llama enin bussho  —la cual por supuesto poseemos —. Ennin significa causa cooperante. Generalmente por causalidad pensamos en un agente externo sin embargo, el yo y las externalidades, no son entidades separadas. Si algo existe fuera de nosotros, con seguridad también existe dentro de nosotros.



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En las manos del destino


     Un gran general, llamado Nobunaga, había tomado la decisión de atacar al enemigo,
a pesar de que sus tropas fueran amplia-mente inferiores en número, él estaba seguro
que vencerían, sin embargo sus hombres no lo creían así. En el camino, Nobunaga se
detuvo delante de un santuario Shinto, y declaró a sus guerreros:

     —Les voy a orar a los kami, después lanzaré una moneda, si sale cara venceremos,
si sale cruz perderemos; estamos en las manos del destino.
Después de haber orado unos instantes, Nobunaga salió del templo y arrojó una
moneda, salió cara; la moral de las tropas se subió de golpe. Los guerreros, firmemente
convencidos de salir victoriosos, combatieron con una vehemencia tan extraordinaria que
ganaron la batalla rápidamente. Después de la victoria, las tropas del general afirmaron:

     —Nadie puede cambiar el destino, esta victoria inesperada es una nueva prueba.
     —¿Quién sabe? -respondió el general, al mismo tiempo que les mostraba una moneda
     —Las tropas quedaron absortas al ver que la moneda tenía cara en ambos lados.

Historia Zen, corrección: Arturo Espinosa.



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En busca del toro


En los pastos de este mundo, aparto sin descanso las altas hierbas
en busca del toro. Siguiendo ríos sin nombre, perdido entre los
senderos entrelazados de distantes montañas, me falla la fuerza
y se agota mi vitalidad.

No puedo encontrar el toro.
En la noche sólo oigo el chirriar de los saltamontes en el bosque.

—El toro nunca se ha perdido ¿Qué necesidad hay de buscarlo?
No logro encontrarlo porque me he alejado de mi verdadero ser.
En la confusión de los sentidos he perdido incluso su pista.
Lejos de mi hogar, veo muchas encrucijadas, pero ignoro el camino.
Me enredo entre la codicia y el miedo, la bondad y la maldad.

Cuento Zen


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El viejo mendigo


     Siendo roca, siendo gas, siendo niebla, siendo mente, siendo los mesones que viajan entre las galaxias a la velocidad de la luz, haz venido aquí, mi amado te has manifestado como árboles, como pasto, como mariposas, como seres unicelulares, como crisantemos, pero los ojos con que me miraste esta mañana me dicen que nunca has muerto.

Thich Nhat Hanh. El viejo mendigo.

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El pequeño Toyo


     El maestro del templo de Kennin era Mokurai, Trueno Silencioso. Tenía un pequeño protegido, llamado Toyo, de sólo doce años. Toyo veía a los discípulos mayores visitar al maestro en su aposento a la mañana y a la tarde para recibir el zazen, o instrucción de guía personal, en que se les daba un koan para detener el vagabundeo de la mente. Toyo quiso también hacer zazen.

     —Espera un poco —le dijo Mokurai—; eres demasiado joven.

     Pero el muchacho insistía, de modo que el maestro finalmente consintió. Al atardecer, el pequeño Toyo acudió, en el momento debido, al umbral del recinto donde Mokurai impartía el zazen. Batió el gong para anunciar su presencia, hizo tres reverencias respetuosas antes de entrar, y fue a sentarse ante el maestro en respetuoso silencio.

     —Cuando bates palmas —dijo Mokurai— escuchas el sonido de ambas manos. Ahora enséñame el sonido de una mano.

     Toyo se inclinó y fue a su habitación para considerar el problema. Desde su ventana escuchaba música de geishas.

     —¡Ah, ya lo tengo!— exclamó.

     Al atardecer siguiente, cuando el maestro le pidió que le enseñara el sonido de una mano, Toyo empezó a ejecutar esa música.

     —No, no —dijo Mokurai. Así no va. Ese no es el sonido de una mano. No lo has entendido aún.

     Estimando que la música podía interrumpir sus meditaciones, Toyo se trasladó a una habitación más tranquila. Se puso de nuevo a meditar:

     —¿Cuál puede ser el sonido de una mano?— De pronto oyó agua que goteaba. —Ya lo tengo—. La próxima vez que compareció ante el maestro, Toyo imitó el sonido de agua que gotea.
     —¿Eso qué es?— preguntó Mokurai. —Es el sonido de una gota de agua, pero no el de una mano—.

     En vano Toyo persistió en meditar para escuchar el sonido de una mano. Oyó el suspiro del viento. Pero también este sonido le fue rechazado. Oyó el chillido de un búho. Mismo rechazo. El sonido de una mano tampoco era el de las langostas. Más de diez veces Toyo visitó a Mokurai con diferentes sonidos. Ninguno era el acertado. Durante casi un año caviló sobre cuál podía ser el sonido de una sola mano. Por último, el pequeño Toyo entró en la verdadera meditación y trascendió todo sonido.

     —Ya no podía encontrar más qué juntar —explicó más tarde—, de modo que alcancé el sonido insonoro. Así había realizado Toyo el sonido de una mano.


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Persiguiendo conejos


     Un estudiante de artes marciales se aproximó el maestro con una pregunta.

      —Quisiera mejorar mi conocimiento de las  artes marciales. Además de aprender contigo quisiera aprender con otro maestro para aprender otro estilo. ¿Que piensas de esta idea?

      El cazador que persigue dos conejos —respondió el maestro—, no atrapa ninguno.


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Las grandes piedras


     Cierto día, un maestro se encontraba dando una conferencia a un grupo de discípulos. Para dejar en claro un punto utilizó un ejemplo que jamás olvidarán.

     El maestro se encontraba de pie frente a su auditorio y señaló:

     —Quisiera hacerles un pequeño examen ...

     Por debajo de la mesa sacó un jarrón de vidrio de boca ancha y lo puso sobre la misma. Posteriormente sacó una docena de rocas del tamaño de un puño y comenzó a colocarlas una por una en el jarrón. Cuando el jarrón se encontraba lleno, y no podía colocar más piedras sobre el, preguntó al auditorio:

     —¿Está lleno el jarrón?— Al unisono respondieron «¡Si!»
     A lo que el maestro inquirió: —¿Están seguros?—, sacó por debajo de la mesa un balde con piedras pequeñas. Depositó un poco de las piedras en el jarrón y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomodasen en el espacio vacío entre las grandes. Cuando hubo hecho esto preguntó una vez más: —¿Está lleno este jarrón?—, Esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría y uno de los asistentes dijo en voz alta: «¡Probablemente no!»

     Muy bien, contestó el maestro. Sacó por debajo de la mesa un balde lleno de arena y la comenzó a depositar en el jarrón. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas. Una vez más preguntó al grupo: —¿Está lleno este jarrón?— Esta vez respondieron: «¡No!.»

     Una vez más el maestro dijo: ¡Muy bien!, luego sacó de debajo de la mesa una jarra llena de agua y la depositó en el jarrón hasta llenarlo al  borde. Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó: —¿Cuál creen que es la enseñanza de esta demostración?—. Uno de los discípulos levantó la mano y señaló:

     —La enseñanza es que no importa que tan llena de actividades este tu vida, si de verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas—. ¡No!, replicó el maestro, esa no es la enseñanza. Lo que ésta demostración nos enseñó fue lo siguiente:

     Si no pones las piedras grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento. ¿Cuáles son las piedras grandes en tu vida?, ¿un proyecto que tú deseas hacer funcionar?, ¿tiempo con tu familia?, ¿tu fe, tu educación o tus finanzas?, ¿alguna causa que desees apoyar?, ¿enseñar lo que sabes a otros? Recuerda poner estas piedras grandes primero o no encontrarás un lugar para ellas. Así que hoy en la noche o mañana al despertar, cuando te acuerdes de esta pequeña anécdota, pregúntate a ti mismo: ¿Cuáles son las piedras grandes en mi fe, mi vida, mi familia o mi negocio? luego coloca esas piedras en el jarrón.


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Una taza de té


     Nan-in, un maestro Japonés de la era Meiji (1868-1912), recibió la visita de un profesor de universidad, el cual quería informarse sobre el Zen.
     Nan-in le sirvió te. Lleno la taza de su visita hasta el borde, y siguió vertiendo mas te. El profesor observo como el te llenaba la taza y se derramaba sobre la mesa hasta que no puedo aguantarse mas:

     —¡Esta rebosando! ¡No cabe nada mas!

     Al igual que esta taza —señaló Nan-in—, usted esta lleno de sus propias opiniones e ideas. ¿Como le voy a enseñar Zen si no vacía primero su taza?.


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