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Introducción a la teoría de conjuntos


A finales del siglo XIX, el matemático ruso George Cantor (1845-1918) trató de unificar los distintos campos de las matemáticas por medio de la noción de conjunto, que podemos describir sencillamente como una colección de objetos con una propiedad en común. Si bien la teoría de conjuntos trata sobre cualquier tipo de colección, los conjuntos que nos atañen son los conjuntos de números: v. gr., el conjunto de todos los enteros de 1 a 100 o el de todos los números reales. Los objetos pertenecientes a un conjunto son sus miembros. Si C es un conjunto y x es uno de sus miembros, entonces x ∈ C (x pertenece a C). Es posible definir un conjunto listando todos sus miembros y escribiéndolos entre llaves representadas por { }. V. gr., el conjunto de los cinco primeros enteros positivos pares es {2, 4, 6, 8, 10}. El conjunto, en este caso, es finito. El conocimiento conjunto de todos los posibles enteros se indica por {1, 2, 3, ...}, donde los puntos suspensivos significan que la lista prosigue indefinidamente. Dado un conjunto finito A, el número de sus miembros es cardinalidad de A, que se representa por n(A). El conjunto que carece de elementos se llama conjunto vacío y se representa por ∅. En tal caso n(∅) = 0: la cardinalidad del conjunto vacío es igual a cero.

    Es posible definir varias relaciones entre conjuntos; dados dos conjuntos A y B, se dice que B es un subconjunto de A si todos los miembros de B lo son de A. Se dice también que B está incluido en A (B ⊆ A)  o que A incluye a B. Estas definiciones nos conducen a un cierto número de resultados generales:

    1. Dado un conjunto A cualquiera, entonces A ⊆ A y ∅ ⊆ A: A es subconjunto de sí mismo y el conjunto vacío es un subconjunto de cualquier conjunto.

    2. Dos conjuntos A y B son iguales (A = B) si los miembros de ambos conjuntos son exactamente los mismos. Una condición necesaria y suficiente para que así sea es que se cumpla a la vez A ⊆ B y B ⊆ A.

    3. Dados tres conjuntos A, B y C,  entonces C ⊆ A sí C ⊆ B y B ⊆ A (C es un subconjunto de A sí C es un subconjunto de B y B lo es de A).

    De lo anterior se sigue que A puede ser un subconjunto de sí mismo. Si B es subconjunto de A (B ⊆ A) y existe al menos un miembro de A que no pertenece a B, entonces B es un subconjunto propio de A (B ⊂ A). El subconjunto propio es lo que normalmente se entiende por subconjunto en el lenguaje corriente: una parte del conjunto pero no todo él. Si B es un subconjunto propio de A, B no puede ser igual a A.

    Cuando se considera una colección de objetos dividida en varios conjuntos (algunos de los cuales pueden tener miembros en común), es útil introducir el concepto de conjunto universal, representado por E, que contiene todos los objetos primitivos. Todos los conjuntos considerados, por lo tanto, son subconjuntos del conjunto universal. Una manera general de definir un conjunto consiste en decir que sus miembros son elementos del conjunto universal que satisfacen cierta propiedad (o propiedades). v. gr., el conjunto de los enteros positivos puede escribirse así: {x; x ∈ Z y x > 0}, lo qué significa «el conjunto de aquellos x que pertenecen a Z y son mayores que 0». Z denota el conjunto de todos los enteros, que es el conjunto universal de nuestro ejemplo.

    Dados dos conjuntos A y B, ambos subconjuntos del conjunto universal, se llama intersección de A y B, representada por A ∩ B, al conjunto de todos aquellos objetos que pertenecen a la vez a A y a B. Dados dos subconjuntos A y B, ambos subconjuntos del conjunto universal, se llama reunión de A y B, representada por A ∪ B, al conjunto de todos aquellos objetos que pertenecen a A o a B (o a A ∩ B).

    Es preciso señalar que dos conjuntos A y B son disjuntos si A ∩ B = ∅. Dados dos conjuntos A y B, ambos subconjuntos del conjunto universal, se llama conjunto diferencia entre A y B, que se representa por A/B o A - B, al conjunto de los miembros de A que no son miembros de B. Si B, es un subconjunto de A, la diferencia se llama complemento de B respecto de A. Dado un subconjunto A del conjunto universal, su complemento respecto a él se representa por A’. Las relaciones entre subconjuntos del conjunto universal pueden ilustrarse mediante diagramas de Venn



La paradoja de Russell.


El filósofo y matemático Bertrand Russell advirtió en 1901 que el conjunto §, definido como «el conjunto de todos los conjuntos que no pertenecen a sí mismos» da lugar a una paradoja. Si § pertenece a sí mismo, entonces, por definición, no puede pertenecer a sí mismo y viceversa. Una paradoja similar es la conocida paradoja del barbero que se da en los siguientes términos:
  En un lejano poblado de un antiguo emirato, vivía un barbero llamado As-Samet; diestro en afeitar cabezas y barbas, maestro en escamondar pies y poner sanguijuelas. Cierto día, el emir advirtió la falta de barberos en el emirato, por lo cual ordenó que los barberos unicamente afeitaran a aquellas personas que no pudiesen hacerlo por sí mismas. El barbero As-Samet se presentó ante el emir para afeitarlo, y este le contó sus angustias:

   —En mi pueblo soy el único barbero. No puedo afeitar al barbero de mi pueblo, ¡que soy yo!, ya que si lo hago, puedo afeitarme a mí mismo, por lo tanto ¡no debería afeitarme! pero, si por el contrario, no me afeito, entonces algún barbero debería afeitarme, ¡pero yo soy el único barbero de allí!

   El emir pensó que sus pensamientos eran tan profundos, que lo premió con la mano de la más virtuosa de sus hijas. Así, el barbero As-Samet vivió feliz por siempre.

  Ahora, supongamos que existe un conjunto cuyos elementos son todos los conjuntos normales (conjunto que no se contiene a sí mismo), será el conjunto Ň. Si Ň es normal, pertenecerá a sí mismo, Ň; por ser Ň el conjunto de todos los conjuntos normales. El conjunto Ň, empero, al ser normal, no puede contenerse a sí mismo como elemento, por lo que Ň no puede pertenecer a Ň. Si por el contrario Ň es singular (conjunto que se contiene a sí mismo), Ň no pertenece a Ň. En este supuesto, Ň no es un elemento de sí mismo, es decir, Ň cumple la definición de conjunto normal, y por tanto Ň es normal, es decir, Ň pertenece a Ň, por lo cual, si Ň pertenece a Ň, podemos demostrar que Ň no pertenece a Ň, y viceversa.

  Es decir, Ň es un elemento de Ň si y sólo si Ň no es un elemento de Ň, lo cual es claramente absurdo.



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BIBLIOGRAFÍA:

Manuel López Mateos, Los Conjuntos (1978), México D.F.: Publicaciones del Departamento de Matemáticas, Facultad de Ciencias, UNAM.

Seymour Lipschutz, Seymour, Teoría de conjuntos y temas afines (1991), EE. UU. New York: McGraw-Hill.

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Teorema de Pitágoras


Un teorema fundamental sobre triángulos rectángulos dice que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Este postulado, uno de los más conocidos en matemáticas, se atribuye a Pitágoras de Samos (c. 580-500 a. J. C.), aunque es probable que el no lo demostrara,  ya que antes de su época se utilizaban casos especiales del teorema para construir ángulos rectos. Se sabe, por ejemplo, que los constructores de las pirámides egipcias trataban ángulos rectos formando triángulos de lados iguales a 3, 4 y 5 unidades de longitud[1]. Las medidas se llevaban a cabo con cuerdas provistas de nudos a distancias regulares por los agrimensores[2].

    La forma más sencilla para demostrar el teorema de Pitágoras consiste en construir un gran cuadrado con otro menor dentro de él, de tal forma que los vértices de este toquen los lados del primero. Así quedan formados cuatro triángulos rectángulos (v. ilustr.). Si la hipotenusa de los triángulos rectángulos es igual a c y los catetos son iguales a a y b, el lado del cuadrado mayor es igual a a + b y del cuadrado menor igual a c. El área del cuadrado mayor es igual al área del cuadrado menor más la suma de las áreas de los cuatro triángulos rectángulos. Así:

    (a + b)² = c² + 4(1/2 ab).

    Por lo tanto:

    a² + b² + 2ab = c² + 2ab
    a² + b² = c².

    También es válido el recíproco del teorema de Pitágoras, según el cual si a² + b² = c², donde c es la longitud del lado mayor de un triángulo y a y b son las longitudes de sus otros dos lados, entonces el triángulo es rectángulo.

    Existen diversas ternas de números {a, b, c}  que satisfacen la relación a² + b² = c². La más simple es {3, 4, 5}; otras son {5, 12, 13}, {8, 15, 17} y {7, 24, 25}. Si {a, b, c} es una de tales termas, entonces también lo es {ka, kb, kc}, donde k es un entero positivo cualquiera[3].


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[1] El ángulo recto se formaba entre los lados de longitudes iguales a 3 y 4, ya que 3² + 4² = 5².

[2] En la antigüedad los agrimensores eran conocidos como «tendedores de cuerdas», eran el equivalente al topógrafo actual; destinados a la delimitación de superficies y a la medición de áreas.

[3] Esta última terna puede representarse por un triángulo rectángulo cuyos lados son iguales a k veces los lados a, b, c del triángulo original y cuyos ángulos son iguales a los de este.



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Conversión a decimal


Cualquier número escrito en una base distinta de diez puede ser convertido a la forma decimal expresándolo como suma de potencias de la base. Por ejemplo, el número binario 11001111 es igual a:

(1 x 27) + (1 x 26) + (0 x 25) + (0 x 24) +
(1 x 23) + (1 x 22) +
(1 x 21) + (1 x 20)

esto es:

(1 x 128) + (1 x 64) + (0 x 32) +
(0 x 16) + (1 x 8) + (1 x 4) + (1 x 2) +
(1 x 1)

así  queda 128 + 64 + 0 + 0 + 8 + 4 + 2 + 1 = 207 en el sistema decimal.

El número hexadecimal (en base 16) 1A9D (en decimal,  A es 10 y D es 13) se expresa como:

(1 x 163) + (10 x 162) + (9 x 161) +
(13 x 160) = (1 x 4096) + (10 x 256) +
(9 x 1) + (13 x 1) = 4096 + 2560 + 144 + 13 =
6813 en la forma decimal.

El proceso opuesto, la conversión de la forma decimal a cualquier otra base, se realiza descomponiendo el número en grupos apropiados; factorización.



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Teoría de probabilidades


La teoría de probabilidades se ocupa de la ocurrencia o no ocurrencia de sucesos. Son sucesos, por ejemplo, acertar «cara» lanzando una moneda al aire, sacar al azar un rey de una baraja o que comience a llover a las doce en punto. El conjunto de todos los sucesos posibles es el espacio de probabilidad. Por ejemplo, los espacios de probabilidad de los ejemplos anteriores son: {Caras, Cruces}, {2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, J, Q, K, A} y {Nublado, Soleado,  Lluvioso}.

    la probabilidad P(A) de que un suceso A se produzca en una determinada ocasión es un número comprendido entre 0 y 1. La expresión P(A) = 1 significa que A debe ocurrir necesariamente; P(A) = 0 indica que A no puede ocurrir. Si A es el hecho de acertar «cara» con una moneda, ergo P(A) = 1/2 significa que se debe acertar «cara» en la mitad de los lanzamientos. Si P(A) se hace mayor, aumenta también la posibilidad de que ocurra A.

    Si Ā es el suceso que consiste en la no ocurrencia de A, la probabilidad de que no ocurra A es P(Ā). Las dos probabilidades,  A y Ā, son mutuamente excluyentes (no pueden ocurrir si mismo tiempo) y exhaustivas (debe ocurrir una u otra). Por lo tanto,

    P(A) + P(Ā) = 1, es decir
    P(Ā) = 1 — P(A).

    En determinadas clases de sucesos, la probabilidad puede equipararse al cociente entre el número de casos en que el suceso se produce (casos favorables) y el número de posibilidades (casos posibles). Por ejemplo, hay una sola manera de sacar un 4 lanzando un dado común, los resultados posibles empero, son seis (1, 2, 3, 4, 5, 6). La probabilidad de sacar un 4, por lo tanto, es igual a 1/6. De ahí que la probabilidad de no sacar un 4 sea igual a 5/6. Es preciso advertir que en esta idea está implícito que todos los sucesos del espacio de probabilidades tienen la misma probabilidad. Pero no siempre es así y olvidarlo lleva a conclusiones falsas. Por ejemplo, el tiempo de mañana puede ser nublado, soleado o lluvioso (tres posibilidades) la probabilidad empero, de que mañana haga sol no es necesariamente igual a 1/3 porque los tres sucesos no son equiprobables.


Sucesos independientes.



Se dice que dos sucesos A y B son independientes si la ocurrencia de uno de ellos no influye en la ocurrencia del otro. Si se lanzan dos monedas al aire, por poner un ejemplo, el resultado de la segunda no influirá en el de la primera. En teoría de probabilidades es útil recurrir a la notación de la teoría de conjuntos. Dados dos sucesos A y B, su intersección A Π B es el suceso consistente en la ocurrencia de ambos a la vez. Por ejemplo, si A consiste en sacar un trébol de una baraja de naipes y B consiste en sacar un rey, A Π B consiste en sacar el rey de tréboles. Si A y B son sucesos independientes:

    P(A Π B) = P(A)P(B)

    Por ejemplo, si A consiste en acertar «cara» con una moneda, B en acertar también «cara» con una moneda distinta, entonces P(A) = 1/2 y P(B) = 1/2. La probabilidad de acertar dos «caras» es igual a (1/2) × (1/2) = 1/4.

    Este resultado puede confirmarse considerando todos los resultados posibles, que en este caso son cuatro: ++, +-, -+ y -- (+ = cara, - = cruz). Hay un solo caso que corresponde a la ocurrencia de dos caras (++), por lo que la probabilidad es igual a 1/4.

    Es frecuente cometer la falacia de considerar independientes sucesos que no lo son. Si se lanza repetidas veces una moneda, al final de suficientes lanzamientos se obtendrá un 50% de «caras» y un 50% de «cruces». Es común suponer que si han salido siete «caras» seguidas aumenta la probabilidad de que salga «cruz» en el lanzamiento siguiente. Esto claramente es falso; la probabilidad de que salga «cruz» sigue siendo igual a 1/2 . Todos Los sucesos son independientes. Este problema no deberia confundirse con el de hallar la probabilidad de sacar siete caras seguidas desde el comienzo. La probabilidad de este suceso es igual a 1/2 × 1/2 × 1/2 × 1/2 × 1/2 × 1/2 × 1/2 = 1/128.


Sucesos no independientes.



Si dos sucesos A y B no son independientes, la probabilidad de que ocurra uno de ellos  depende de la probabilidad de que ocurra el otro. La probabilidad de que ocurra B si ocurre A se representa por P(B/A). Es la probabilidad condicional. Consideremos por ejemplo, la probabilidad de sacar un trébol de una baraja de naipes. La probabilidad de que la primera carta sacada sea un trébol es igual a 1/4 (hay 52 cartas y 13 tréboles, por lo que P(A) = 13/52 = 1/4). Después de sacar el primer trébol quedaran en la baraja 51 cartas, de las que 12 serán tréboles. La probabilidad de volver a sacar un trébol por lo tanto, es igual a 12/51 = 4/17. La probabilidad de sacar dos tréboles será:

    P(A Π B) = P(A) × P(B) =
    1/4 × 4/17 = 4/68 = 1/17.


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Números irracionales y reducción al absurdo


Los números irracionales son los que no pueden expresarse como cociente de enteros. Según Platón, los griegos descubrieron que √2 era irracional a través de un argumento que recurría a los conceptos de par e impar. El argumento es el siguiente:

    Si √2 no es irracional puede escribirse en la forma p/q, donde p y q son enteros y p/q es una fracción irreducible. En consecuencia, (p/q)² = 2 y p² = 2q², por lo que p² debe ser par (dado que es el producto de 2 por un entero) y p debe ser par. Si p es par,  entonces q debe ser impar (ya que de lo contrario p/q no sería  irreducible). Pero si p es par,  puede sustituirse por 2r, donde r es un entero. Entonces p² = 4r² = 2q² de ahí  se sigue que  q² = 2r². Esto significa  que q también es par. Por lo tanto,  el supuesto inicial en el que √2 es racional lleva lógicamente a la conclusión de que un entero (q) es a la vez par e impar. Como esto no puede ser verdad, el supuesto inicial es falso y √2 debe ser irracional.

    Esta demostración es un gran ejemplo de una forma de razonamiento matemático; a saber, reducción al absurdo, en la que se demuestra un enunciado suponiendo que no es verdadero y demostrando que este supuesto lleva a una contradicción. El carácter irracional de √2 fue una sorpresa considerable  para los griegos, quienes ya sabian por el teorema de Pitágoras que √2 es el cociente entre la diagonal y el lado de un cuadrado. Ello significaba que la diagonal y el lado eran inconmensurables, esto es,  que no había  ninguna escala de medida, por precisa que fuese, que pudiera medir ambos exactamente.



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