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Aflicción

Me encuentro desolado, yermo y abatido. Miro hacia abajo: un color profundo, azul oscuro. Mi cuerpo estaba inmerso en sus propios pensamientos. Lindo modo de morir, pensé, viendo el mar azul. Comenzó a llover, el agua estaba fría, pero no lo suficiente para traerme de vuelta. La lluvia terminó para ceder su paso a un silencio extrañamente tranquilizador. Encendía un cigarrillo mientras pensaba en el repentino óbito de una querida amiga. Bocanada tras bocanada, su recuerdo me abrazaba con desoladora tristeza. Mi existencia era pesarosa; la displicencia, abulia y apatía embullian mi ser. Mi mirada brumosa contemplaba el vaivén del mar ennegrecido, el color se adueñaba de todo; figuras geométricas atacaban mi imaginación, para posteriormente ceder su paso a esa sensación de malestar generalizado, era el comienzo de un mareo que aguraba patológico.

Deliberación, bocanada larga, un trago, otro pensamiento vacío; cada pérfida reflexión se repite una y otra vez, mi juicio actual es simple masturbación mental; encuentro una notoria diferencia entre el mundo teórico de la meditación barata y la vida real... la desapacible y repelente vida real, que incluye la codicia, el odio, la corrupción y la muerte. Me despierto embriagado de dolor, ojeroso, con el cuerpo doliente y el alma abatida; hastiado y confuso celebro la fruición por beber.

    

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Antífona para Sofía


Camino por la ciudad donde las ánimas sin apelativo me tararean el tuyo, conciertos silenciosos en los que canto tu nombre para olvidar el mío, camino bajo el cielo estrellado que me recuerda el color de tu alma, viviría mil vidas y en mil realidades y eso no cambiaría nada, porque de esas mil realidades siempre volvería para extinguirme entre tus manos.

Te espero como se espera a la muerte deseando la vida, te espero como se espera al amanecer cuando es de noche, tengo frío por la noche cuando no estás, por la noche tengo frío cuando el amor no ha muerto porque las cosas infinitas no pueden morir. Desde que tu alma enaltecida se erigió desde lo alto, los ángeles nunca han sido más hermosos. Y aquí me tienes sentado a tus pies, déjame sólo hacer sublime mi vida sencilla, como un laúd de fresno, para que tú la llenes de música.


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Ética v Estética


Eso que suelen llamar «ética» poco puede hacer en materia de entretenimiento frente a la estética. Esto es, principalmente, porque sabemos a priori cómo deben ser las personas decentes: su disposición deontológica se conduce por máximas, es decir; por preceptos que entendemos antes de conocerlos a ellos. Por el contrario, los bellacos resultan heterogéneos en su contravención e incluso fascinantes. Conocemos tan solo unas pocas maneras de portarnos bien, mientras que las de portarse mal son incontables, de aquí resulta que la ética sea estéticamente soporífera, mientras que la estética sea moralmente sospechosa. Como bien señala Iris Murdoch:

     «El artista no puede representar ni encomiar lo bueno, sino únicamente lo demoníaco, lo fantástico y lo extremo; mientras que la verdad es tranquila, sobria y límitada; el arte es sofistería, en el mejor de los casos una imitación irónica cuya falsa “veracidad” es un astuto enemigo de la virtud».


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El chiste que Tyrion nunca termina de contar



Tyrion entra a un burdel con un panal de miel y un burro. La Madame le pregunta:

—¿Qué podemos hacer por ti?

—Necesito una mujer para fornicar, porque la mía me ha dejado.

—¿Por qué te ha dejado? ¿Y cuál es el motivo de traer ese burro y aquel panal de miel?

—Mi mujer encontró al Genio de la botella, y este le concedió tres deseos: el primero consistio en tener una casa apta para una reina, así que le entregó el maldito panal.

La figura apergaminada de mi mujer le valió de cierta fama en Casterly Rock; su mayor anhelo residía en tener el mejor culo de todo Westeros, así que el Genio la gratificó con este estúpido burro.

—¿Y qué hay del último deseo?

—El incipiente pero acelerado apetito sexual que sentía mi mujer produjo el tercer y funesto deseo. Ella le exigió al Genio que mi pene colgase más allá de mi rodilla.

—Bueno, eso no es tan malo, ¿cierto?

—«¡No es tan malo!», dices. Yo solía medir 69 pulgadas.




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Índice de Libertad Económica



Existe una relación directa entre los países con mayor libertad económica y un Índice de Desarrollo Humano (IDH) alto. Heritage Foundation creó en 1995 el Índice de Libertad Económica (ILE), con el objetivo de registrar el desarrollo en las economías de mercado. La definición que nos proporcionan es la siguiente:

    «El derecho fundamental de todo ser humano de controlar su propio trabajo y propiedad. En una sociedad económicamente libre, los individuos son libres de trabajar, producir, consumir e invertir en todo lo que quieran.»

    Habría que añadir, acaso, la ausencia de coerción y restricción gubernamental. La metodología utilizada se basa en diez categorías distintas, a las cuales se les asigna una calificación entre 0 y 100, donde los valores más altos indican mayores niveles de libertad. Las diez categorías son las siguientes:


    •El Estado de derecho:


    1. Los derechos de propiedad
    2. Ausencia de corrupción

    •El Gobierno limitado:


    3. El gasto del gobierno
    4. Libertad fiscal

    •La eficiencia de los reguladores:


    5. Libertad de los negocios
    6. Libertad laboral
    7. Libertad monetaria

    •La apertura de los mercados:


    8. Libertad de comercio
    9. Libertad de inversión
  10. Libertad financiera

    Pdf: https://goo.gl/rRP3yI
Index: https://goo.gl/mv8SLK



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¿Qué tan posmoderno eres?



El posmodernismo es una realidad fatídica y seduce incluso a las mentes mas rigurosas. Descubre qué tan posmo eres, con este breve cuestionario.





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El debate es estéril y anecdótico


Recuerdo con particular melancolía aquellas tardes cálidas de otoño; mientras contemplaba los árboles semidesnudos un vientecillo anodino golpeó mi rostro y lo comprendí, fue una revelación de buten:

    los debates son estériles, sea en la academia, el mejor café de la ciudad o el foro más respetable de la red social menos respetable. A causa de esta revelación sobrenatural comprendí el absurdo que significa el encuentro intelectual y la confrontación, la indubitable verdad detrás de estas lineas son el principal motivo que me llevan a no abordar los temas con la seriedad que esperan debería adoptar, a diferencia de los espíritus más rigurosos que celebran —con justificada razón— las publicaciones que invitan a la reflexión e, incluso a la catarsis, yo las encuentro anecdóticas. Confieso empero que, en extrañas ocasiones, me encuentro con algo digno de exultación.


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Rene Descartes



Todo el sistema de Descartes se construye sobre el principio inconmovible del «cogito ergo sum». Piedra angular de esta construcción es la idea de Dios. Existe un ser del cual —aunque exterior a nosotros—, precisa afirmar su existencia con la seguridad de las ideas «claras» y «distintas»: Dios.

     Dos argumentos de la existencia de Dios da Descartes. El primero lo toma de San Anselmo. El segundo, de la limitación de los hombres como seres finitos, para poseer por sí mismos la idea de lo infinito (argumento claramente falaz). De nada —dice Descartes—, no puede provenir nada. En base a eso Descartes deduce (falazmente): «la causa no puede contener menos realidad o perfección que el efecto». Descartes encontraba en el mismo, la idea de Dios como la de un ser infinitamente perfecto, pero como Descartes era finito e imperfecto, no podría haber producido dicha idea de Dios. «Dios mismo ha sembrado en el hombre la idea de lo Infinito».

     De la ontología cartesiana conocemos conceptos como sustancia, atributo y modo. Sustancia para Descartes es aquello que de tal manera existe, que no necesita otra cosa para su existencia. Descartes admite que sólo Dios es sustancia, stricto sensu. En sentido más amplio llama sustancia a todo lo que —únicamente— necesita de la cooperación divina para su existencia; sin la fuerza creadora y conservadora de la divinidad, las sustancias finitas no existirían o se reducirían a la nada. La sustancia es conocida por sus propiedades, la propiedad fundamental que expresa la «esencia» del objeto y que puede concebirse por sí sola (sin presuposición de otras propiedades), se llama «atributo».

     Descartes distingue entre Dios, como sustancia infinita —res infinita—, y dos clases de sustancia finitas; espíritu y cuerpo. El atributo del espíritu es el pensar —res cogitans—. En eso se manifiesta su esencia; nunca está por lo tanto, sin pensar. El atributo del cuerpo es la extensión —res extensa—, debido a que sin ella no es posible cuerpo alguno.

     Descartes entiende por «modos» o «accidentes» aquellas propiedades de las sustancias que presuponen la existencia de atributos. El sentir, el querer, el anhelar, el imaginar, el juzgar, son «modos del pensamiento» (es decir, modificaciones de la conciencia). La figura, la posición, los movimientos (del espacio) son, por el contrario, «modos de la extensión».

     La filosofía de Descartes parte de un enfoque en primera persona por una sencilla razón, a saber; defender el dualismo, argumento de gran significación en la filosofía cartesiana debido a que desde tal perspectiva, puede tener un conocimiento total e infalible de los contenidos mentales. El «je pense, donc je sois», es para Descartes únicamente el punto metódico de partida, en base a ello, plantea todo su sistema.

     Permanece cierto en toda duda que yo pienso, que soy una cosa pensante («une chose qui pense») —dice Descartes—. Esto no lo adquiere por medio de un silogismo, sino por la «luz natural» de su razón, por una «representación clara y distinta» («perception claire et distincte»). Todo esto da lugar a la famosa «duda metódica»:

     Advertí luego, que queriendo yo pensar que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: 'yo pienso, luego soy', era tan firme y segura que los más audaces argumentos de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando [...]

     Indubitablemente dicho argumento es falaz. Recordemos que el principal argumento cartesiano a favor del dualismo gira en torno al postulado de que la mente es una sustancia cuya propiedad esencial es el pensamiento —res cogitans—, mientras que el cuerpo es una sustancia cuya propiedad esencial es ocupar un espacio —res extensa—. Descartes escribió que tenía una concepción clara del cuerpo y la mente como sustancias distintas, y que Dios puede hacer realidad todo aquello que se puede concebir con claridad, de lo que se deduce; el cuerpo y la mente son distintos.

     Con este argumento Descartes cae en la famosa falacia del hombre enmascarado; el hecho de que se pueda dudar de la existencia del cuerpo pero no de la mente, no implica que sean entidades distintas. El argumento cartesiano se da en los siguientes términos:

    1. Estoy seguro de que tengo una mente.

    2. No estoy seguro de que tenga un cuerpo.

    3. Por lo tanto, mi mente es distinta de mi cuerpo.

    Puede advertirse, con indubitable claridad, que este argumento es una falacia si lo comparamos con el siguiente:

    1. Sé quién es mi padre.

    2. No se quién es este hombre enmascarado.

    3. Por lo tanto, este hombre enmascarado no es mi padre.

Sin mencionar que desde un punto de vista objetivo, no se puede realizar afirmaciones válidas acerca de las propiedades esenciales de la materia; el dualismo cartesiano crea demasiados problemas, uno de ellos es la cuestión de las otras mentes (la mía la de vosotros, etcétera), planteada primeramente por Berkeley. Si el cuerpo y la mente son entidades lógicamente separadas, no puede haber ninguna prueba desde premisas físicas, que el resto de seres humanos posea una mente; si se parte de la perspectiva cartesiana, la única cosa del mundo que tiene una mente consciente es él, Descartes.

     Otro de los problemas que nos planteamos es que el dualismo cartesiano deja un elemento de misterio en la relación de la mente con la materia. Los acontecimientos mentales (por ejemplo el dolor) son causa de acontecimientos físicos, pero también son causados por dichos acontecimientos físicos (por ejemplo cortarse con un cuchillo). Por lo tanto, los científicos no sólo deben referirse a los objetos físicos, como los átomos y los electrones, sino también a los acontecimientos mentales, como el dolor y los razonamientos. Sin embargo, parece que no hay necesidad de hacerlo, ya que todo hecho físico puede ser justificado a partir de otros hechos físicos, sin recurrir a los conceptos mentales. De modo que, o bien los hechos mentales no son causalmente activos —perspectiva conocida como «epifenomenalismo— o tienen tanto aspectos físicos como mentales, algo que contradice la afirmación de Descartes.




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Sophos





Entre los colegas filósofos es frecuente tropezar con un nutrido grupo con alma de poeta, es decir; confunden la creación literaria con el rigor filosófico. Excesivos ejemplos de este padecimiento lo encontramos de Descartes a Kant; de Hegel a Sartre y, de Foucault a Žižek.

    Una filósofa contemporánea —no muy brillante— nos dice lo siguiente:

    «El discernimiento filosófico es la fuente por excelencia de toda transformación profunda. Solo se transforma lo que se comprende con radicalidad, es decir, aquello en lo que se detiene la luz de la conciencia plena.»

    Quiero suponer que si el Sócrates platónico estuviese con vida, le preguntaría a la brillante Mónica Cavallé, ¿qué es esa «transformación profunda» de la que te jactas conocer? ¿A qué te refieres con «la luz de la conciencia plena»? ¿Cuál es el método para llegar a un discernimiento filosófico fiable? Esto si antes no pregunta «qué es el discernimiento filosófico» y, sobre sus atributos y propiedades; lo mismo valdría para «la compresión radical» que Cavallé menciona tan descuidadamente. Ejemplos de este género sobran, como podremos ver a continuación:

    «El acontecimiento es precisamente aquello que no puede ser creado, lo que nos sorprende.»

    Esto lo menciona Žižek a en su libro «Acontecimiento», en donde nos expone la idea del «acontecer», del «advenimiento». Žižek empero, nunca explica qué es el acontecer. El esloveno —indubitablemente—, es un poeta.

    Al intentar comprender el significado de una palabra; no debemos preguntarnos qué significa sino cómo se usa, y sacarla de ese juego de lenguaje es abusar del mismo. Algunos planteamientos —como los de Hegel o Heidegger— intentan forzar el lenguaje más allá de sus límites; ya que la respuesta no proviene del hecho de formular preguntas respecto a problemas filosóficos, sino de advertir que se había errado al plantearlos. El valor de verdad de una proposición no es un problema de análisis lógico sino un problema de experiencia; en consecuencia, sólo tienen sentido las proposiciones verificables, sea o no posible su verificación actual.

    A continuación expongo temas de interés que deberían ocupar —no delimitar— el quehacer filosófico.¹


1. Las ciencias formales


Lógica y matemáticas. Con frecuencia se hace referencia a la lógica y a las matemáticas como (ejemplos de) ciencia. ¿En qué sentido son (estas disciplinas) ciencias? ¿Cómo podemos conocer las verdades lógicas y matemáticas? ¿A qué verdad apelan? ¿Cuál es la relación entre las matemáticas y la ciencia empírica?


2. La descripición científica


    ¿Qué es lo que constituye una descripción científica adecuada? ¿Cuál es la lógica de la formación de los conceptos que intervienen en dicha descripción?

3. La explicación científica


    ¿Qué es lo que se quiere decir cuando se afirma que la ciencia explica? ¿Qué es una explicación científica? ¿En qué consiste? ¿Existen otro tipo de explicaciones? En caso afirmativo, ¿cómo están relacionados estos tipos de explicación con la explicación científica?

4. Predicción


    Se afirma que la ciencia predice. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo se relacionan la predicción y la explicación? ¿Cuál es la relación entre estas dos últimas y la prueba científica?

5. Causalidad y leyes


    La ciencia explica por medio de leyes. ¿Qué son las leyes científicas? ¿Cómo ayudan a explicar? Excesivas leyes son conocidas como leyes causales. ¿Hay leyes que no sean causales? En caso afirmativo, ¿qué son estas?

Postulados


    1. Lo real es cognoscible.
    2. El mundo es exterior al sujeto cognoscente y tiene existencia por si mismo.
    3. Todo lo existente es material.
    4. Nuestro conocimiento de lo real no es perfecto.
    5. El conocimiento más fiable sobre lo real es el que se obtiene a través de la aplicación del método científico.
    6. El conocimiento científico es indirecto.
    7. Las teorías científicas pueden mejorarse..
    8. Todo lo existente es un sistema o componente de un sistema.
    9. Todo sistema posee propiedades generales que sus componentes no poseen.
    10. Todo sistema es independiente de otro sistema, pero esta independencia es una forma de imbricación con lo existente.

    Los postulados dfienden la tesis ontológica del realismo científico, también se advierte un guiño a la tesis gnoseológica de inteligibilidad; realismo ontológico porque se distingue entre «las cosas»; objetos concretos, materiales y los hechos que a ellos acaece; y los constructos —objetos conceptuales— que los representan, es decir, datos, modelos hipótesis, teorías, abstracciones, etcétera.

    Es importante señalar que la ciencia no prueba la existencia de lo real, sino que, por el contrario, lo da por supuesto. Nuestro conocimiento sobre lo real es incompleto porque se construye sobre modelos seleccionados de los hechos de interés, es decir, las variables que se tienen en cuenta para describir un determinado modelo son únicamente algunas posibilidades de las muchas que puede haber; obedecen a un paradigma y nuestras limitantes tecnológicas ciertamente son un impedimento —de momento— para mejorarlo. No se puede afirmar empero, que sea un conocimiento directo, es decir; una teoría científica se refiere de manera inmediata a un modelo idealizado de un sistema —cuyo comportamiento se pretende describir, explicar y predecir— y no a lo real en sí. Las teorías si bien no son perfectas, pueden mejorarse, es decir, hay proposiciones fácticas aproximadamente verdaderas y, toda aproximación a la verdad, es perfectible.

_____ 
¹Klemke, Hollinger & Kline (1980). Introductory Readings in the Philosophy of Science. Buffalo, N.Y.: Prometheus Books.



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Poe y Baudelaire




En cierta ocasión, Poe le pidió a Baudelaire que fuese su amigo, tanto se parecían entrambos. No sé qué pasó con la amistad de estos dos desdichados, si se concretó o no. Pero de una cosa estoy seguro: fueron dos almas gemelas, seguramente malditas por sus carencias de mercedes personales, algo perfectamente verificable en sus vidas.

    El entendimiento, el ingenio, la inteligencia y el talante no van, sin duda alguna, de la mano de la felicidad; y es perfectamente natural, es una de las formas de los tantos equilibrios que prodiga el universo.



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Alétheia



Acompañado de la insigne Beatriz, un joven Dante comienza uno de los relatos más fantásticos y a la vez, poco conocidos de la mitología universal. Como hidalgo tenemos a Boccaccio, gran amigo y protector de aquellos amantes florentinos. El breve pero insólito relato, tiene como protagonista a Midas; rey de Frigia, e hijo de Gordias:

     Durante un largo tiempo, más del que cualquier mortal haya vivido jamás, Midas tuvo un deseo imperioso en darle caza al Sabio Sileno, preceptor de Dioniso y mecenas del Bosque de cedros del fin del mundo; lugar que tiempo atrás fue gobernado por el Maligno Humbada, a quien derrotó el salvaje Enkidu.

     Midas Usufructó una lanza de uranio, forjada por Hefesto en Eusebe, la «ciudad piadosa». Tras atrapar a Sileno, Midas celebró un banquete en honor al demon. Para complacer al invitado de honor, el rey de Frigia hizo llenar la fuente principal con vino minoico; creado en los viñedos de Dioniso, con sangre de toro sagrado. Bebieron en copas de rhyta; la celebración duró nueve días y sus noches. Al décimo día, un Midas apesumbrado por las visiones que le producía la divina bebida minoica, comenzó a preguntarse sobre el significado de la vida y lo absurdo que resultaba su transitorio paso por el mundo de los mortales. Midas se contento con el poder que ostentaba, después de todo era el Rey de Frigia. Tras escudriñar en sus pensamientos, Sileno, con una mueca burlona, señaló:

     ¡Estirpe miserable de un día, hijo del azar y de la fatiga! ¿Por qué me obligas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no conocer?
Vivir en el desconocimiento de los propios males es lo menos penoso. Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti. Es imposible para hombres de tu talante, que les suceda lo mejor de las cosas; eres incapaz de compartir la naturaleza de lo que es mejor. Pero heme aquí, yo te lo digo, esto es lo mejor para todos los hombres y mujeres:

     ¡No nacer y, lo segundo después de esto es, una vez nacidos; morir tan rápido como se pueda!



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Celeritas



La naturaleza de la luz ha sido motivo de controversia durante siglos. Newton en su Óptica, propuso la hipótesis de que la luz estaba formada por partículas emitidas por los cuerpos luminosos. Es la conocida teoría corpuscular de la luz, que logro explicar algunas de sus propiedades, como la reflexión. Otras empero, como las interferencias y la polarización, no tenían cabida en el modelo. Estos fenómenos dieron origen a la teoría ondulatoria, creada por Agustin Fresnel y Thomas Young. Posteriormente, la teoría ondulatoria recibió un método matemático preciso por parte de Clerk Maxwell, quien probó que las ondas luminosas eran una forma de radiación electromagnética. Albert Einstein por su parte, demostró la necesidad de volver a una forma de teoría corpuscular, de naturaleza cuántica, para explicar el efecto fotoeléctrico. En la teoría de Einstein, los corpúsculos de Newton se convierten en cuantos individuales de energía llamados fotones. Actualmente la teoría electromagnética ondulatoria y la teoría cuántica de los fotones son necesarias para explicar todas las propiedades de la luz. Esta concepción, que supones una «dualidad onda-partícula», fue llamada complementariedad por Niels Bohr.

EL ESPECTRO VISIBLE


La prueba experimental de la existencia de las ondas electromagnéticas la dio en 1887 el físico alamán Heinrich Hertz. Como los distintos tipos de onda, las ondas electromagnéticas pueden caracterizarse por su longitud de onda. La luz consiste en aquellas ondas electromagnéticas a las que es sensible el ojo humano. El correspondiente intervalo de longitudes de onda es el espectro visible. Cuando una luz perteneciente al espectro visible incide sobre el ojo humano, se produce una sensación de color cuya naturaleza depende de la longitud de onda de la luz incidente.

     El espectro visible abarca desde el rojo, con una longitud de onda máxima (unos 740 nanómetros), hasta el violeta, con una longitud de onda mínima (unos 425 nanómetros). Si bien los colores varían de un extremo al otro del espectro, es habitual dividir la región en siete colores, los conocidos colores espectrales. La mezcla de esos colores en la luz solar da origen a la luz blanca. Sobra recordar que el espectro visible es tan sólo una pequeña parte del espectro electromagnético total.

LA VELOCIDAD DE LA LUZ


La velocidad de la luz, representada por c, es la velocidad a la que se propagan ésta y otras radiaciones electromagnéticas. Su valor en el vacío es de 2,99792458 x 108 metros por segundo. La velocidad de la luz en el vacío es una constante física que o depende ni del movimiento de la fuente ni del movimiento del observador. Esta notable propiedad de la luz es un postulado básico de la teoría especial de la relatividad,

     Es importante advertir que la velocidad de la luz en un medio material es menor que la velocidad de la luz en el vacío. Ello es consecuencia de la interacción entre la luz y los electrones del medio. En un determinado medio, la velocidad de la luz depende de su frecuencia; cuanto mayor es ésta, menor es aquélla. El cociente entre la velocidad de la luz en un medio y la velocidad de la luz en otro medio es el índice de refracción relativo, que se representa por n. El cociente entre la velocidad de la luz en el vacío y la velocidad de la luz en un medio material es el índice de refracción absoluto de dicho medio. Como la velocidad de la luz en un material depende de la frecuencia de la misma, también depende de ésta el índice de refracción absoluto.

     Por lo tanto, para definir el índice de refracción absoluto es necesario especificar una cierta longitud de onda. Suele elegirse a tal efecto la luz amarilla de 589,93nm emitida en la transición de un electrón entre dos niveles de energía del átomo de sodio. Cuando no hay ambigüedad, en vez de «índice de refracción absoluto», se habla simplemente de «índice de refracción».

     Un aspecto interesante de esto es que según la teoría de la relatividad, la velocidad de la luz en el vacío es la máxima velocidad alcanzable en el universo. No obstante, en un medio material es posible alcanzar velocidades que superan la velocidad de la luz en dicho medio. Cuando es más rápida que la velocidad de la luz en el medio por el que se mueve, una partícula eléctricamente cargada y muy energética emite radiación electromagnética —generalmente en forma de luz azul—. Esta radiación recibe el nombre de Radiación de Cherenkov en honor a su descubridor, el físico ruso Pável Alexéievich Cherenkov.


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Psicología experimental — Razonamiento



Una preocupación fundamental que impera en muchos psicólogos ha sido la naturaleza del pensamiento humano. En general éste no se presta a los métodos experimentales de la psicología, ya que resulta complicado controlarlos experimentalmente. Algunos pensamientos empero han demostrado ser sensible a programas experimentales —el razonamiento, concretamente—. Ello se debe a que muchos problemas de razonamiento pueden formularse según una estructura E-R: el experimentador plantea el problema (estímulo) y el sujeto tiene que llegar a una conclusión (respuesta).  Innumerables cuestiones pueden formularse de manera engañosa, lo que permite variaciones abiertas, de modo que el experimentador puede ejercer un control sustancial. El problema de las cuatro cartas de Wason, es un ejemplo de esto.

     La estructura experimental que necesita la psicología de investigación metódica y sistemática se consigue con mayor facilidad cuando los sujetos son capaces de recibir instrucciones y pueden funcionar en situaciones sencillas. Gran parte de la psicología social, que implica interacciones complejas entre personas, es más difícil de estudiar  experimentalmente, debido a la menor flexibilidad de los sujetos, como sucede en las poblaciones  infantil y clínica. La psicología experimental ha recibido críticas por ser demasiado restrictiva, ya que la observación de seres humanos y animales no humanos, no abarca un espectro suficientemente amplio de ambientes; es decir, se plantean dudas sobre su validez ecológica. En otras palabras, podemos considerar sus técnicas  demasiado alejadas de la experiencia cotidiana.

Las cuatro cartas de Wason


Hay cuatro cartas: cada una tiene una letra en una cara y un número en la otra. Las cuatro cartas se encuentran colocadas sobre una mesa, de modo que sólo es visible un lado de cada una. El experimentador dice al sujeto que aplique la siguiente regla: «Si una carta tiene una A en un lado, debe tener un número par en la otra cara». Las cuatro cartas visibles son A, B, 2 y 7. ¿Qué cartas debería levantar el sujeto para comprobar si ha cumplido la regla? El sujeto sólo puede levantar dos cartas.

     La respuesta es la carta que muestra la A y el 7; la carta «B» es irrelevante porque no hay predicción para B; las carta «2» es irrelevante ya que podría tener una A o una B, sin romper la regla; la carta «7» es crucial, ya que si se encuentra A en el otro lado, se rompe la regla. Este problema —en apariencia sencillo— se ha demostrado difícil incluso a las mentes más brillantes, y también es preciso señalar que es sensible al contexto: si se vuelve a formular la regla en términos más cotidianos —«si ha bebido más de una cerveza, no debe conducir un auto»—, y se marcan las cartas «conducir», «no conducir», «no más de una cerveza» el problema resulta particularmente más sencillo. El por qué no se sabe del todo, pero lo atribuyo a la capacidad de pensamiento abstracto, cosa que se le complica  a más de uno, concretamente en los números. También es preciso señalar un estudio realizado por Almor y Sloman donde se relacionado el problema, concretamente a la representación en la memoria y la selección de la misma, donde el problema no es precisamente de razonamiento, sino, por el contrario, del procesamiento de lenguaje, de la memoria y de interpretación.



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Yo mismo


En ocasiones creo «percibír» una entidad a la que llamo «yo», ésto tras atender a ciertas «impresiones» sucesivas que también percibo, es decir; los estímulos externos. Empero, ese sujeto personal que Descartes parece dar por descartado, no lo percibo nunca.

     Cuando penetro íntimamente en lo que Hume llamó «yo mismo», suelo encontrarme —al igual que Hume— con una u otra percepción concreta, como el frío o el calor, así como una u otra pasión concreta, como el placer y el dolor —maestros exigentes a los que estamos sometidos, decía el viejo Platón—. Pero nunca puedo percibír un «yo mismo», sin encontrarme siempre, con una percepción o pasión. Sin embargo ¿quién o qué realiza esta interesante comprobación? Sin duda no es la percepción o la pasión. Una cosa es notar que tengo frío o calor, o que siento placer o dolor y, otra es «darme cuenta» que lo estoy percibiendo.

     De ésto no se sigue que el «yo» sea una ilusión, acaso es una deficiencia del lenguaje. La proposición «yo», no es el nombre de algúna cosa concreta, cómo tampoco lo es el «aquí» o el «ahora». ¿Acaso creemos que hay un sitio fijo y determinado en el espacio, llamado «aquí»? o ¿Creemos que hay un «momento temporal» concreto e intersubjetivo llamado «ahora»? Cuando afirmo que «yo pienso, percibo, siento, existo», estoy afirmando que «se piensa, se percibe, se siente, se existe» en un lugar fijo y determinado —«aquí»—, y en un momento temporal, concreto e intersubjetivo —«ahora»—.

     El alevoso Kant podría afirmar que la proposición «yo pienso» puede acompañar a todas mis representaciones mentales, pero lo mismo podría decirse del «aquí» y el «ahora». Sabemos empero, que en física no hay tal cosa como un tiempo absoluto o un espacio absoluto y, sin embargo, algo estoy diciendo al hablar así; sería abusivo suponer que esas proposiciones descubren una entidad fija, estable y duradera, es decír; permanente e inmutable.

     Uno de los citados problemas se presenta cuando suponemos que a las proposiciones le debe corresponder algo en el mundo, sustantivo y tangible —aquí rompo relaciones con mi viejo amigo Witt—, cuando en la praxis no sucede así; muchas proposiciones no designan sino posiciones, relaciones o principios abstractos. Otro absurdo lingüístico consiste en considerar a los verbos (como el ser y existir) como nombres de «acciones» y buscar por lo tanto, el sujeto que las realiza. Si afirmo «yo existo», el verbo —infinitivo— existir se me representa como si señalase algún tipo de acción concreta, como ocurre cuando digo «yo paseo» o «yo como». Lo mismo sucede con el infinitivo «ser». Estos problemas son producto de nuestro lenguaje y, la filosofía acaso, tendría la obligación de aclarar estos galimatías antes de pretender establecer sistemas doctrinales.

     En conclusión, puedo afirmar que los problemas ontológicos son «indecibles»; se nos presentan al no advertir que, en primer lugar, se había errado al plantearlos. Con todo, esta afirmación no es inconcusa.


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A'Tuin



Hace no mucho tiempo se encontraba un sabio gurú indio dando una charla muy casual en Oxford sobre el universo. Aseguraba que el mundo está sostenido por un gran elefante que apoya sus patas sobre el lomo de una sabia y enorme tortuga. Una extrañada y curiosa señora le preguntó cómo se sostenía la tortuga; el sabio aclaró que se apoya sobre una ciclópea araña. La señora insistió, indagando sobre el sostén de la araña y el guru —algo cabreado— afirmó que se mantiene firme sobre una roca colosal. Como es de esperar, la señora volvió a cuetionar el sósten de la colosal roca y, el gurú exasperado, sabio y mosqueado repuso a gritos: «¡Señora, le aseguro que hay rocas 'hasta abajo'!» El problema no era que el gurú fuese un indio sabio, y la señora una inquisidora inglesa, sino que aquel hablaba el lenguaje del mito y ésta tenía auténtica e impertinente curiosidad filosófica.

     Algo similar le sucedió a un inminente físico, quien  explicaba a unos periodistas —con la mejor voluntad divulgadora—, la teoría de la gran explosión como origen físico del universo. Impaciente, uno de ellos le interrumpió: «Vale, muy bien pero, ¿existe o no existe Dios?».

     El lector advertirá el flagrante error del periodista al confundir entre campos de conocimiento distintos; uno hablaba de ciencia el otro de mitología. Y esto sucede más veces de lo que me gustaría aceptar; Dios no es un principio físico, así como un principio físico no pertenece a la teología y ésta no pertenece a la mitología. En matemáticas por ejemplo, se exige exactitud, mientras que el rigor en el razonamiento es lo ùnico que se puede esperar de los asuntos éticos y políticos —según señaló Aristóteles en su Ética a Nicómaco—. Así, el filósofo debe advertír y saber diferenciar las distintas áreas de conocimiento, para no caer en flagrantes errores como la dama inglesa o el despistado periodista.



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El señor ascohumano y yo


Me encontraba hundido en el sofá de la biblioteca mientras sostenía una plática con un señor de flacura insultante, era muy elegante, pero tal vez demasiado consciente de serlo, hablaba sobre filosofía —mal— y mientras me martirizaba con sus infamias, tenía el descaro de exigir seriedad; silenciando así, la tonadilla del cazador furtivo proveniente de mis labios.

     Me dirigí a la cantina, cogí una botella de vino apócrifo y me dedique a la loable tarea de vaciar el líquido con velocidad pentatlónica. Tras escuchar Der Freischütz —dos botellas y tres cigarros después— y fingir interés en el señor ascohumano, llegue a una inexorable resolución:

     Indubitablemente los que monopolizan la palabra no necesariamente «saben más», sino que hablan más: tienen la desgraciada costumbre de ladrar estupideces sin tregua.



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Tiempo


El tiempo es una magnitud física cuya unidad básica en el sistema internacional (SI) es el segundo (s).

     •segundo (símbolo: s). Unidad SI de tiempo definida como la duración de 9 192 631 770 períodos de la radiación correspondiente a la transición entre dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio- 133.



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Teatro Cartesiano


David Hume, en cierta ocasión inquirió: «Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo.»

     El filósofo estadounidense Daniel Dannett, llamó a este proceso el «Teatro Cartesiano», es decir, una especie de quimera en la cual, en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

      El cerebro no es un órgano pasivo, receptor de información, sino que el acto de la percepción es un proceso activo en el que el cerebro tiene «mucho que decir». Si tomamos el ejemplo de la visión, lo que constatamos es que cuando miramos a un árbol, por ejemplo, la luz que se refleja en sus hojas son radiaciones electro-magnéticas que inciden sobre los fotorreceptores de la retina del ojo produciendo una cascada de reacciones químicas que se traducen en impulsos nerviosos que, tras un recorrido, llegan a la corteza visual donde estos impulsos se integran y procesan. En la corteza los datos sufren un proceso complicado que detecta la forma, los patrones, los colores y el movimiento; luego el cerebro lo integra para formar un todo coherente. De pronto aparece la imagen de un árbol en nuestra mente, lo que supone un auténtico misterio. Esa imagen la genera nuestra mente. En esta descripción se habla de una realidad que la mente no crea, y que se encuentra fuera de ella, es decir; las ondas electromagnéticas. Éstas son transformadas en impulsos nerviosos mediante las reacciones químicas que se desencadenan en los órganos sensoriales al incidir en ellos. Estos impulsos nerviosos tampoco son generados por la mente, sino por el contrario, son concebidos como los datos a partir de los cuales la mente crea, en su interior —y de acuerdo con sus propios criterios de interpretación—, una imagen, una representación de la realidad.
     Asimismo se afirma que sólo conocemos nuestras propias creaciones. Pero no se repara en que la concepción de la realidad como ondas electromagnéticas es una teoría, es decir, una imagen científica de nuestra mente; una creación tanto o más artificial que los sonidos, los colores, los sabores, etcétera. Por lo tanto, lo que es presentado como una simple descripción, una «constatación» del proceso de la percepción, en realidad es el producto de correlacionar dos imágenes, dos «puntos de vista», el científico y el introspectivo, otorgando inexplicablemente al primero el valor de realidad y al segundo el de apariencia. Tal yuxtaposición presupone lo que se pretende demostrar: que la mente carece de realidad; la cual explica el carácter repentino y misterioso de la aparición de la imagen mental, así como la naturaleza ambigua de la mente.


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La Recepción


     La mirada infinita de Philobiblon no se apartaba de la Luna, cuyos haces de luz blanca, iluminaban la estancia; mientras aquel seguía esperando a su invitada especial, el Discernimiento atendió a la puerta, cediendo el paso a la Ideas, acompañadas de las Letras y las Palabras, tras ellas hicieron su aparición el Papel y la Pluma, formando una gran pareja.

     Inmediatamente apareció el Recuerdo, y de su brazo, cual novia amante, la Melancolía. La Reflexión, acompañada de la Meditación, hizo su aparición.

     Mientras el Discernimiento —vestido de etiqueta— hacía los preparativos para la presentación de la orquesta, Philobiblon, con el semblante descompuesto, se preguntaba sobre la  ausencia de la principal invitada. Al ver ésto se acercó —sonriendo comprensiva — la Razón, tras lo cual señaló:

     —Pero... si fue la primera en llegar.

     Al dudar de lo que escuchaba, Philobiblon corrió en busca de Sophia. La Razón no mentía, Sophia, en efecto, se encontraba en la estancia, pero Philobiblon no podía reconocerla. Sophia se encontraba sentada en el piso, acurrucada en un rincón con las manos entre las piernas, su mirada vacía y opaca parecía caminar sobre la nada; de cada uno de sus ojos brotaban lágrimas doradas, y casi al unisono y con rapidez, cedieron su paso a un inconsolable llanto. Sophia, cobijada por el Manto Dorado de la Sabiduría, declaró:

     «Vuestra Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza son superiores a lo que yo os puedo ofrecer, pero, si lo deseáis os abro las puertas del conocimiento, con la condición de que seáis vosotros los que me guíen por el sendero, hacía la Verdad.»


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Sobre la mente II



La mayoría de los humanitos creemos —a no ser que estemos bajo coaccción, pasando por algún  trastorno psicológico o, padeciendo una patología cerebral— tener capacidad para la toma de decisiones, hacer elecciones libremente, etcétera. Es decir, que poseemos libre albedrío, que nuestro «yo» es el qué elige. A decir verdad no hay algo más alejado de la verdad —suponiendo que tal cosa exista— que dicha suposición, hasta ahora no he encontrado indicio alguno que afirme dicho argumento, por el contrario, todo indica que no lo hay, analizado desde la lógica, libros milenarios como el TAO, los sutras de la sabiduría trascendental (y si para vosotros eso es espiritismo junguiano), las neurociencias nos conducen exactamente hacia la misma dirección.
     Estamos tan familiarizados y satisfechos con la experiencia de nuestro yo —especialmente en occidente— que preguntarse si realmente ese yo existe parece como si fuese la pregunta de un retrasado mental. Empero, la neurociencia moderna se plantea esa cuestión precisamente, a saber que el yo —como ya decía la filosofía hindú hace más de tres mil años—, es «maya», palabra del sánscrito que significa engaño, ilusión o lo que no es.  En la filosofía védica se acuñó la palabra Ahamkara, palabra compuesta de Aham, que significa «yo» y kara que designa todo aquello que ha sido creado. Por lo tanto el yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto cognoscente de su entorno, haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.
     David Hume, en cierta ocasión inquirió: «Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo.»
     Como se puede observar, para Hume el yo no es más que un haz de percepciones. Veinticuatro siglos antes el Tathagata había llegado a la misma conclusión.
     El filósofo estadounidense Daniel Dannett, llamó a este proceso el «Teatro Cartesiano», es decir, una especie de quimera en la cual, en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

     El cerebro no es un órgano pasivo, receptor de información, sino que el acto de la percepción es un proceso activo en el que el cerebro tiene «mucho que decir». Si tomamos el ejemplo de la visión, lo que constatamos es que cuando miramos a un árbol, por ejemplo, la luz que se refleja en sus hojas son radiaciones electro-magnéticas que inciden sobre los fotorreceptores de la retina del ojo produciendo
una cascada de reacciones químicas que se traducen en impulsos nerviosos que, tras un recorrido, llegan a la corteza visual donde estos impulsos se integran y procesan. En la corteza los datos sufren un proceso complicado que detecta la forma, los patrones, los colores y el movimiento; luego el cerebro lo integra para formar un todo coherente. De pronto aparece la imagen de un árbol en nuestra mente, lo que supone un auténtico misterio. Esa imagen la genera nuestra mente. En esta descripción se habla de una realidad que la mente no crea, y que se encuentra fuera de ella, es decir; las ondas electromagnéticas. Éstas son transformadas en impulsos nerviosos mediante las reacciones químicas que se desencadenan en los órganos sensoriales al incidir en ellos. Estos impulsos nerviosos tampoco son generados por la mente, sino por el contrario, son concebidos como los datos a partir de los cuales la mente crea, en su interior —y de acuerdo con sus propios criterios de interpretación—, una imagen, una representación de la realidad.
     Asimismo se afirma que sólo conocemos nuestras propias creaciones. Pero no se repara en que la concepción de la realidad como ondas electromagnéticas es una teoría, es decir, una imagen científica de nuestra mente; una creación tanto o más artificial que los sonidos, los colores, los sabores, etcétera. Por lo tanto, lo que es presentado como una simple descripción, una «constatación» del proceso de la percepción, en realidad es el producto de correlacionar dos imágenes, dos «puntos de vista», el científico y el introspectivo, otorgando inexplicablemente al primero el valor de realidad y al segundo el de apariencia. Tal yuxtaposición presupone lo que se pretende demostrar: que la mente carece de realidad; la cual explica el carácter repentino y misterioso de la aparición de la imagen mental, así como la naturaleza ambigua de la mente.

     En el Sho-do-ka (El canto de la iluminación), escrito por el maestro Yoka-Daishi, se encuentra el siguiente aforismo: «Todas las cosas son transitorias y completamente vacías.»

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