Tractatus logico-philosophicus (Prólogo)


Posiblemente sólo entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos  parecidos. No es, pues, un manual. Su objetivo quedaría alcanzado si procurara deleite a quien, comprendiéndolo, lo leyera. El libro trata los problemas filosóficos y muestra —según creo— que el planteamiento de estos problemas descansa en la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Cabría acaso resumir el sentido entero del libro en las palabras: lo que si quiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar. El libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar, sino la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de este límite (tendríamos, en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable).

    Así pues, el límite sólo podrá ser trazado en el lenguaje, y lo que reside más allá del límite será simplemente absurdo.

    En qué medida coincida mi empeño con el de otros filósofos es cosa que no quiero juzgar. Lo que aquí he escrito, ciertamente, no aspira en particular a novedad alguna; razón por la que, igualmente, no aduzco fuentes: me es indiferente si lo que he pensado ha sido o no pensado antes por otro.

    Quiero mencionar simplemente que debo a las grandes obras de Frege y a los trabajos de mi amigo Bertrand Russell buena parte de la incitación a mis pensamientos.

    Si este trabajo tiene algún valor, lo tiene en un doble sentido. Primero, por venir expresados en él pensamientos, y este valor será tanto más grande cuanto mejor expresados estén dichos pensamientos. Cuanto más se haya dado en el clavo. En este punto soy consciente de haber quedado muy por debajo de lo posible. Sencillamente porque para consumar la tarea mi fuerza es demasiado escasa. Otros vendrán, espero, que lo hagan mejor.

    La «verdad» de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Y, si no me equivoco en ello, el valor de este trabajo se cifra, en segundo lugar, en haber mostrado cuán poco se ha hecho con haber resuelto estos problemas.

L. W.
Viena, 1918


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Kitsch, amor y letras



Hace no mucho tiempo mantenía un agradable y estéril debate sobre surrealismo y metafísica con André Breton y Jonathan Barnes. Nos encontrábamos en el Bar La Ópera, donde Pancho Villa disparó en la época revolucionaria. Acontecimiento que aplaudía Breton con particular alegría. En un momento de lucidez, muy frecuente en él, sentenció:

    «Un filósofo a quien yo no entienda es un cerdo».

    Barnes añadió:

    «Los astrónomos no debaten con los astrólogos»

    Los tres celebramos y vitoreamos la verdad tras esas palabras. Después de todo —señalé—, los filósofos que monopolizan la palabra y se valen de una retórica oscura y opaca no necesariamente «saben más», sino que hablan más; tienen la desgraciada costumbre de ladrar estupideces sin tregua. Cada pérfida reflexión filosófica que gruñen se repite una y otra vez; encuentro una notoria diferencia entre el mundo teórico de la filosofía barata y la vida real. La desapacible y repelente vida real; que incluye la codicia, el odio, la corrupción y la muerte. Hastiado y confuso celebro la fruición por beber. ¡Salud!

    —¡SALUD!

    —¡SALUD!

    Discutimos por horas temas más importantes que aquejan a la sociedad: partidos políticos, los músicos de jazz, libre mercado, los clubes de fútbol, la juventud sin valores y, principalmente, las mujeres. Después de todo, no existe algo tan potencialmente peligroso, como un hombre enamorado de una mujer; si esto sucede, únicamente puede hacer tres cosas: amarla, sufrir por ella, o convertirla en literatura.

    La infancia de Barnes transcurrió sin mayores contratiempos en el pequeño pueblo de Much Wenlock, Inglaterra. Fue en esta breve pero entrañable etapa, en la que adquirió el gusto por la historia y la filosofía. Su abuela Margaret solía contarle viejas historias que alimentaban su imaginación. Ese día, mientras los tres discutíamos sobre los peligros del amor, Barnes recordó un viejo relato que le contó su difunta abuela:

    En el lejano año de 1355, el que sería conocido como el rey Pedro I de Portugal, se enamoró de Inés; hermosa dama de compañía de su esposa, Constanza. Finalmente se casaron en secreto. Para evitar que la hermosa muchacha fuese coronada, el padre de Pedro ordenó asesinarla, la orden fue ejecutada limpiamente y la bella Inés abandonó el mundo de los mortales. Pedro se entero de la afrenta, por lo que se levanto en armas y le declaro la guerra a su padre; el monarca de Portugal, Alfonso IV. La batalla duró cuarenta días con sus noches, Pedro salió victorioso y,  finalmente, se convirtió en monarca de Portugal. Una vez instaurado en el poder, Pedro I coronó al cadáver de su difunta amante; fue ataviado con vestimentas reales, sentado en el trono y nombrado «Reina de Portugal». Durante el mandato del monarca los nobles del reino fueron obligados a brindarle homenaje a Inés, como señal de fidelidad y vasallaje.

    El breve relato de Barnes confirmó nuestras sospechas sobre los peligros del amor y me recordó una vieja historia que leí en el periódico local:

    En el año de 1927, Carl von Cosel, médico destacado de cincuenta años de edad, abandonó su ciudad natal en Dresde, Alemania, para hacer una nueva vida en Key West, Florida. Una vez instalado, comenzó a trabajar en el Hospital de la Marina de los Estados Unidos como radiólogo y patólogo. La vida le sonrió, después de todo, Cosel fue dotado de gran inteligencia y extraordinario talante; instalo un pequeño taller en su casa donde construyó numerosos inventos y equipo militar al que afectuosamente llamaba «Condesa Elaine». Todo marchaba espléndidamente hasta que, en abril de 1930, una paciente cambiaría su vida.

    Maria Elena Milagro de Hoyos, una bella joven cubana de veintiún años de edad que había sido diagnosticada con tuberculosis. Cosel quedó totalmente enamorado de la joven, se obsesiono e intento todo tipo de tratamientos para salvarle la vida; desde pociones alquímicas hasta descargas eléctricas. Elena murió trece meses después, contaba con veintidós años de edad. Devastado por la muerte de su amada, el médico se ofreció a pagar el funeral y construyó un mausoleo diseñado por él mismo, con un ataúd lleno de sustancias metálicas tales como formaldehído para preservar el buen estado del cadáver.

    Durante las siguientes noches el médico comenzó a visitar el sarcófago de Elena, este gastaba las horas «conversando» con su difunta musa. Cosel mantuvo esta actividad por doce semanas hasta que, finalmente, el médico logró escuchar la voz de su amada. Elena le pidió ser retirada de la prisión en la que se encontraba. A partir de ese momento la obsesión por resucitar a Elena hizo que Cosel cometiera locuras de inverosímil concepción: el médico fijó los huesos del cuerpo con ganchos de alambre y cuerdas de piano, llenó de trapos mojados con sustancias alquímicas los órganos ya deshidratados de Elena. Reparó su piel con cera, seda y yeso, sustituyendo sus ojos por unos de vidrio para así recrear el hermoso rostro de su amada. Días después Cosel celebró una ceremonia de matrimonio. Mantuvo esta relación por siete años, hasta que fue descubierto por las autoridades y despojado del objeto de su deseo.

    —Otro caso menos evidente pero no por ello menos cuestionable —señaló Breton— es el de un profesor de filosofía y su joven y vulnerable alumna. En este particular el objeto amado no era una mujer, sino un hombre —la mujer que decide entregar su corazón a un hombre —intervino Barnes— busca un compañero leal, mantiene la relación bajo el signo del respeto y la paridad personales.

    —Razón te daría, querido amigo —masculló Breton, con evidente malestar facial—, pero esta relación no fue mantenida bajo el signo del respeto y la paridad personales porque, como escribe Dostoievski, para nosotros cuentan sólo las personas que amamos, mientras que las que nos aman es como si no existieran:

    «Tú serás quien eres. Y lo mismo seré yo», le escribía Heinrich Blücher a Hannah Arendt poco antes de casarse con ella. Blücher la amaba, pero ella tenía la desgracia de amar a Heidegger y probablemente no fue el genuino y libre amor como el que demostraba esa carta de Blücher escrita en septiembre de 1936. Heidegger, uno de los maestros más importantes de la filosofía del siglo XX, empezaba a seducir a la alumna de diecinueve años elogiando su inteligencia y su alma, ofreciéndose como un guía paterno para ayudarla a permanecer fiel a sí misma, asegurando comprender las inefables inquietudes de su juventud y pidiéndole que comprendiera la tremenda soledad de su vida ascéticamente sacrificada al estudio y a la conciencia.

    Heidegger es un ejemplo de cómo se pueden simular —incluso con uno mismo— sentimientos aparentemente atormentados y bastante útiles para tiranizar a los demás, poniéndolos al servicio de la pretendida hipersensibilidad de uno; es así que inicia una penosa historia de amor. Tras una primera fase pasional, después transformada en una tierna amistad, la historia se prolongó a lo largo de toda la vida de ambos, con grandes vacíos e interrupciones ligadas a trágicos acontecimientos históricos como la llegada del nazismo, el exilio de la judía Hannah, la Segunda Guerra Mundial, la Alemania dividida y abochornada obligada a ajustar cuentas con su pasado y con los horrores del exterminio. Martin Heidegger y Hannah Arendt fueron y continúan siendo dos protagonistas del «terrible siglo Veinte», dos personalidades cuya grandeza y cuyo significado no pueden ser menoscabados por una relación sentimental en la que la única grandeza fue la valentía de Hannah Arendt y sobre todo la fidelidad de su afecto, que no logró borrar ni el tiempo ni los espantosos lutos y delitos acaecidos en aquella época. Es sobre Heidegger —por supuesto el más grande de los dos, una figura central en la historia de la civilización— sobre quien este avatar arroja una luz ora torva ora mezquina, entrelazándose a su compromiso con el nazismo.

    Las pruebas eran contundentes y los tres consentimos jamás enamorarnos, por más atractivo que nos pudiera parecer. Continuamos bebiendo hasta el amanecer y, finalmente, abandonamos «La Ópera». Nos despedimos con entusiasmo y nos dirigimos a la salida, jamás nos volvimos a ver. Después de todo no somos sino despojos expelidos en los márgenes delincuentes de esta ciudad asfixiada...


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Kripkenstein y el escepticismo (introducción)



En sus Investigaciones filosóficas —parágrafo 201— Wittgenstein nos dice:

     «Nuestra paradoja era esta: una regla no podría determinar ningún curso de acción porque todo curso de acción puede hacerse concordar con la regla...»

     Por su parte, Kripke plantea el problema de seguir una regla en el contexto de la paradoja previamente citada. Por lo que Witt termina afirmando —según Kripke— un escepticismo moderado. Lo que supondría una nueva forma de escepticismo filosófico:

     «La "paradoja" es probablemente el mayor problema en Las Investigaciones filosóficas. Inclusive alguien que cuestionara las conclusiones referentes al lenguaje privado y la filosofía de la mente, las matemáticas y la lógica que Wittgenstein extrae de su problema, bien podría considerar el problema mismo como una importante contribución a la filosofía. Puede considerársele como una nueva forma de escepticismo filosófico.» [1]

    La premisa escéptica se plantea mediante dos postulados:

     1. No es posible disponer de algún método, hecho o estado mental directamente accesible que permita justificar las pautas correctamente.

    2. Cualquier empleo que hagamos de la proposición S en T, [2] se puede concordar con el uso de S en T. [3] No hay modo alguno de asegurar la consistencia de la función lingüística en determinado periodo.

    Donde "S" es el nombre de una sensación y "T" un tiempo dado.

    S→T
    T→S
    S↔T

    El escepticismo no es irrebatible, sino manifiestamente absurdo, cuando quiere dudar allí donde no puede preguntarse. Porque solo puede existir duda donde existe una pregunta y una pregunta solo donde existe una respuesta.

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NOTAS
[1] KRIPKE, Saul. «Wittgenstein: Reglas y lenguaje privado», p.17.

[2] WITTGENSTEIN, Ludwig. Investigaciones filosóficas, I, p. 202.

[3] KRIPKE, Saul. Wittgenstein: Reglas y lenguaje privado, pp. 11, 17 y 20.



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Psicoanálisis, un timo


El curioso caso de la adicción a las teorías y prácticas freudianas que sufría la mayoría de los psiquiatras, psicólogos y filósofos se ha terminado. Muchos de ellos ya han descubierto que el psicoanálisis como método de tratamiento simplemente no funciona y no es superior a la falta de tratamiento. Las teorías freudianas se han sometido a pruebas experimentales y se han encontrado muchas deficiencias; la gran mayoría de los estudios han dado resultados negativos y aquellos que han obtenido resultados positivos están sujetos a fuertes críticas. Se ha encontrado que las propias explicaciones de Freud sobre sus esfuerzos terapéuticos y la historia de su vida son poco fiables, poco seguras y carentes de verdad.

    Se está reconociendo cada vez más ampliamente que Freud hizo retroceder a la psicología y a la psiquiatría unos cincuenta años y evitó el desarrollo de teoría y métodos de tratamiento considerados científicos. Muy pocas veces en la historia de ciencia de un hombre, aclamado como un genio, ha hecho tanto daño a la disciplina en la que trabajó.

—Hans J. Eysenck

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Enlaces de utilidad sobre el tema:

http://www.funveca.org/revista/pedidos/product.php?id_product=428

http://www.ansiedadyvinculos.com.ar/porquefalla.htm

http://mail.fac.org.ar/pipermail/cardtran/2007-April/000907.html

http://www.lanacion.com.ar/738572-el-psicoanalisis-va-a-desaparecer-dice-mikkel-borch-jacobsen

https://goo.gl/rYTdZY



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Los hermanos Karamasov


Dios no les había dado hijos. Es decir, les dio uno que murió a edad temprana. Grigori adoraba a los niños y no se avergonzaba de demostrarlo. Cuando Adelaida Ivanovna huyó, Grigori recogió a Dmitri, que entonces tenía tres años, y durante un año lo cuidó como una madre, encargándose incluso de lavarlo y de peinarlo. Años después tomó a su cuidado a Iván y a Alexei, lo que le valió un bofetón, como he referido ya. Su propio hijo sólo le proporcionó la alegría de la espera durante el embarazo de Marta Ignatievna. Apenas vio al recién nacido, se sintió apenado y horrorizado, pues la criatura tenía seis dedos. Grigori guardó silencio hasta el día del bautizo. Para no decir nada, se fue al jardín, donde estuvo tres días cavando. Cuando llegó el momento del bautizo, algo había pasado por su imaginación. Entró en el pabellón donde se habían reunido el sacerdote, los invitados y Fiodor Pavlovitch, que era el padrino, y manifestó que en modo alguno debía bautizarse al niño. Lo dijo en voz baja, lentamente y mirando al sacerdote con expresión estúpida.

    —¿Por qué? ‑preguntó el religioso, entre asombrado y divertido.

    —Porque... es un dragón —balbuceó Grigori.

    —¿Cómo un dragón?

    Grigori estuvo unos momentos callado.

    —La naturaleza ha sufrido una confusión —murmuró vagamente pero con acento firme, para demostrar que no quería extenderse en explicaciones.

    Hubo risas y, naturalmente, el niño fue bautizado. Grigori oró con fervor junto a la pila bautismal, pero mantuvo su opinión acerca del recién nacido. Aunque no se opuso a nada, durante las dos semanas que vivió la enfermiza criatura, él apenas la miró: afectaba no verla y estaba siempre fuera de la casa. Pero cuando el niño murió a consecuencia de un afta, él mismo lo colocó en el ataúd y lo contempló con profunda angustia. Luego, cuando la fosa volvió a quedar llena de tierra, se arrodilló y se inclinó hasta el suelo. Jamás volvió a hablar del difunto, y Marta Ignatievna sólo lo nombraba cuando su marido estaba ausente.

    La mujer observó que, tras la muerte del niño, Grigori se interesaba por las cosas divinas. Leía Las argucias con frecuencia, solo y en silencio, después de ponerse sus grandes gafas de plata. Raras veces, en la Cuaresma a lo sumo, leía en voz alta. Tenía predilección por el libro de Job. Se procuró una recopilación de las homilías y los sermones del santo padre Isaac el Sirio y los leyó obstinadamente durante varios años. No logró comprenderlos, pero seguramente por esta razón los admiraba más. Últimamente prestó oído a la doctrina de los Kblysty y se informó a fondo sobre ella preguntando al vecindario. Le impresionó profundamente, pero no se decidió a adoptar la nueva fe. Como es natural, todas estas lecturas piadosas aumentaban la gravedad de su fisonomía.

    Tal vez era un hombre inclinado al misticismo. Como hecho expresamente, la llegada al mundo y la muerte de su hijo de seis dedos coincidieron con otro hecho sobremanera insólito a inesperado que dejó en él «un recuerdo imborrable», según su propia expresión. La noche que siguió al entierro del niño, Marta Ignatievna se despertó y creyó oír el llanto de un recién nacido. Tuvo miedo y despertó a su marido. Grigori prestó atención y dijo que más bien parecían «gemidos de mujer». Se levantó y se vistió. Era una tibia noche de mayo. Salió al pórtico y advirtió que los gemidos llegaban del jardín. Pero por la noche el jardín estaba cerrado con llave por el lado del patio y sólo se podía entrar en él por allí, ya que estaba rodeado por una alta y sólida empalizada. Grigori volvió a la casa, encendió una linterna, cogió la llave y, sin hacer caso del terror histérico de su mujer, seguro de que su hijo le llamaba, pasó en silencio al jardín. Una vez allí se dio cuenta de que los lamentos partían del invernadero que había no lejos de la entrada. Abrió la puerta y quedó atónito ante el espectáculo que se ofrecía a su vista: una idiota del pueblo que vagaba por las calles y a la que todo el mundo conocía por el sobrenombre de Isabel Smerdiachtchaia acababa de dar a luz en el invernadero y se moría al lado de su hijo. La mujer no dijo nada, por la sencilla razón de que no sabía hablar... Pero todo esto requiere una explicación.

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Fiódor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov: Primera Parte: Libro III



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El secreto de los heterónimos, Bernanrdo Soares



—Toda buena conversación debe ser un monólogo de dos… Debemos, al final, no poder tener la seguridad de si hemos conversado realmente con alguien o si hemos imaginado totalmente la conversación… Las mejores y más íntimas conversaciones, y sobre todo las menos moralmente instintivas, son aquellas que los novelistas mantienen entre dos personajes de sus novelas… Por ejemplo…

—¡Por el amor de Dios! Seguro que no iba a citarme un ejemplo… Eso sólo se hace en las gramáticas; no sé si recuerda que hasta nunca los leemos.

—¿Ha leído alguna vez una gramática?

—Yo, nunca. Siempre he tenido una aversión profunda a saber cómo se dicen las cosas… Mi única simpatía, en las gramáticas, era para las excepciones y para los pleonasmos… Escapar a las reglas y decir cosas inútiles resume bien la actitud esencialmente moderna. ¿No es así como se dice?

—Absolutamente… Lo más antipático que hay en las gramáticas (¿ya se ha fijado en la deliciosa imposibilidad de que estemos hablando de este asunto?), lo más antipático que hay en las gramáticas es el verbo, los verbos… Son las palabras que dan sentido a las frases… Una frase decente debe poder tener siempre varios sentidos… ¡Los verbos! Un amigo mío que se suicidó —cada vez que mantengo una conversación un poco larga suicido a un amigo— había tratado de dedicar toda su vida a destruir los verbos…

—¿Por qué se suicidó?

—Espere, todavía no lo sé… Pretendía descubrir y fijar la manera de no completar las frases sin parecer hacerlo. Solía decirme que buscaba el microbio de la significación… Se suicidó, claro está, porque un día se dio cuenta de la responsabilidad enorme que iba a echarse encima. La importancia del problema acabó con su cerebro… Un revólver…

—Ah, no… Eso de ninguna manera… ¿No ve que no podía ser un revólver?… Un hombre de esos nunca se pega un tiro en la cabeza… Usted se entiende poco con los amigos que nunca ha tenido… Es un defecto grande, ¿sabe?… Mi mejor amiga: una chica deliciosa que yo he inventado.

—¿Se llevan bien?

—Hasta donde es posible… Pero esa chica, no se imagina…

Las dos criaturas que estaban a la mesa de té no mantuvieron con seguridad esta conversación. Pero estaban tan arregladas y bien vestidas que era una pena que no hablasen así…



Fotografía, «TWINS», por Veronika Bures.

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El debate es estéril y anecdótico


Recuerdo con particular melancolía aquellas tardes cálidas de otoño; mientras contemplaba los árboles semidesnudos un vientecillo anodino golpeó mi rostro y lo comprendí, fue una revelación de buten:

    los debates son estériles, sea en la academia, el mejor café de la ciudad o el foro más respetable de la red social menos respetable. A causa de esta revelación sobrenatural comprendí el absurdo que significa el encuentro intelectual y la confrontación, la indubitable verdad detrás de estas lineas son el principal motivo que me llevan a no abordar los temas con la seriedad que esperan debería adoptar, a diferencia de los espíritus más rigurosos que celebran —con justificada razón— las publicaciones que invitan a la reflexión e, incluso a la catarsis, yo las encuentro anecdóticas. Confieso empero que, en extrañas ocasiones, me encuentro con algo digno de exultación.


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