Χάος



En su «Crítica de la razón pura», el alevoso e imperativo alemán, Immanuel Kant, se hace algunas preguntas cuya paráfrasis vale la pena hacer:

     ¿Y si no hubiese semejante cosa, como el universo? ¿Y si únicamente hubiera objetos, innumerables objetos que se suceden los unos a los otros; se juntan y se separan, tienen comienzo y tienen fin, pero no hubiese un gran Cosa, formada por todas las cosas? ¿Por qué sentimos la necesidad de creer en tal cosa —supercosa-universo— como un todo universal?

     Como observó Russell; si bien el humano tiene madre, eso no autoriza suponer que la humanidad —toda— esté igualmente obligada, a tener madre. El clásico problema de la «antinomia de la modalidad». A este respecto el poeta Pessoa aventura una explicación digna de tenerse en cuenta:

     «La materia está constituida por 'objetos', cosas... La conciencia no lo está. Únicamente el 'conjunto' —por así decirlo— de la conciencia es 'real', en la materia el conjunto no es real, 'no hay conjunto'; hay partes, objetos solamente. La idea de que hay un Universo, un 'conjunto' de la materia, es una aplicación a la materia de lo característico de la conciencia.»

     El clásico problema de los conjuntos llevado a la praxis. Como es natural, cada quien se considera «uno», un sujeto, seguramente por eso necesitamos unificar nuestra experiencia de la realidad en objetos y, a todos los objetos, en un único gran objeto. La negación del universo como objeto único está intimamente unido a la filosofía materialista, a lo que Lucrecio en su «De Rerum Natura» destaca dos postulados, a saber; primero, no existe un Universo sino una infinita pluralidad de mundos, objetos y/o cosas que nunca se pueden concebir o considerar bajo el concepto de unidad; segundo, todos los objetos o cosas que percibimos están compuestas por partes y antes o después se descompondrán en partes. A éstas partes últimas, imperceptibles de lo real, el materialista clásico les llama «átomos».

     ¿El universo acaso, tiene cierto orden o designio? Si aceptamos la noción «fuerte» del universo como objeto único del que todo forma parte. O bien, la noción «ligera», concibiendolo como un conjunto de cosas y objetos que no se pueden considerar bajo el concepto de unidad. Resulta dificil si no imposible, preguntarse si existe en él, algún tipo de orden que nuestra razón pueda comprender. Según algunos relatos griegos, contados por Hesiodo en su «Teogonía», el origen de todos los dioses, así como los mortales, se encuentra en una divinidad primigenia llamada «Caos», el Abismo, el gran Bostezo, lo sin forma y por siempre ininteligible desde pautas ordenadas. A lo que el sabio Heráclito responde:

     «Tal como un revoltijo de desperdicios arrojados al azar es el orden más hermoso, así también el cosmos».



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Mimesis


En su «República» Platón nos dice cómo debería ser una polis organizada de acuerdo con la más recta justicia, nos comenta que si a su ciudad ideal llegase un poeta dramático, sería prontamente guiado con firmeza cortés, a la frontera y devuelto sin más trámite a su casa. A lo largo de las páginas de la citada obra, Platón nos da a entender que a otros artistas se les reservaría un trato similar, comenzando con ciertos arquitectos de tendencias «modernas». En «Las leyes» por ejemplo,  no sólo se preconiza la censura de obras de arte con motivos políticos, incluso se dan normas con un detalle íntegro para aplicarlas de forma más eficaz. Sobra recordar que cuando Platón habla de poetas y otros artistas no se refiere a gente mediocre movida por ciertos intereses comerciales —como los que abundan hoy día— sino a grandes talentos como Homero, Sófocles, Esquilo, Fidias, Policleto, etcétera, es decir; a los creadores que construyeron, lo que con la perspectiva de los siglos nos parece, un momento cumbre artístico de la humanidad.

     Y ciertamente el viejo Platón no ha sido el único enamorado de la «verdadera belleza» que ha fustigado y menospreciado los logros de la belleza artística. Para el alevoso Kant, el prototipo de la verdadera belleza es el espectáculo de lo natural —la belleza «vaga» o «libre»— y mira con cierto desdén y desconfianza a los artistas, concediéndoles a lo más, alcanzar de vez en cuando esa «belleza adherente» o añadida de rango inferior. El propio Rousseau detestaba el teatro, que hubiese deseado ver erradicado de la república de Ginebra, incluso en ocasiones parece considerar todas las artes como una forma de decadencia de la que los ciudadanos con mayor salud democrática, harían bien en alejarse. Otro artista extraordinario en la novela, Tolstoi, escribió páginas cargadas de hiel contra Shakespeare —que por cierto detestaba Wittgenstein— considerándole representante de un tipo de arte que corrompe la rectitud moral y religiosa de sus víctimas. Incluso un gran esteta como lo es Santayana, señaló que «un genuino amante de lo bello podría no entrar jamás en un museo».

     A lo que cabe la pregunta: ¿A qué se debe este tipo de argumentos antiartísticos? No sólo los de Platón, Kant o Tolstoi, sino los nazis —que persiguieron obras de arte «degeneradas»—, los talibanes que prohíben en Afganistán la música y prácticamente todo el cine norteamericano o, los rusos, prohibiendo el arte relacionado con la comunidad LGTTB.

     Habría que aclarar que el viejo Platón desconfiaba de los artistas, por lo que nos previene contra ellos; estaba convencido de su fuerza, es decir; de su capacidad de seducción. El arte —contrario a lo que se podría creer— no es una trivial pérdida de tiempo, lo que al viejo Platón le preocupaba era esa «fuerza seductora» que tenían los artistas, los más peligrosos son los que se ocupan de describir sentimientos, pasiones y destinos humanos, es decir; los poetas o los dramaturgos —indubitablemente el viejo Platón, de vivir, incluiría en la lista a los periodistas, novelistas y cineastas— debido a que no hay algo que ejerza mayor seducción sobre los humanitos que la representación —por ficticia o caprichosa que sea— del comportamiento humano. Cualquier persona mínimamente adiestrada en el arte de la comprensión, puede descubrir los fallos y trampas de una argumentación teórica, un «buen artista» empero, puede hacer creíble e incluso admirable cualquier estilo de vida, incluso al más sofisticado de los espectadores. Por no hablar del vulgo...

     Y por qué precisamente los dramatizadores de la vida humana ejercen, por lo general, una influencia más bien perniciosa y no benéfica (?) Según el viejo Platón el arte suele aceptar acríticamente las apariencias en lugar de cuestionarlas. Es decir; porque el artista gusta —sobremanera— de esas apariencias que también fascinan al público en general, en lugar de valorar y promover las «verdades racionales» que las subyacen y desmienten, de las cuales sólo se ocupan los filósofos —éclat de rire—. Fantasear sobre cosas inverosímiles es más entretenido y facil que estudiar y descifrar las apariencias de lo real. Peor aún: como el artista o el poeta —hoy el periodista, el novelista, el cineasta, etcétera— lo que desea ante todo, es agradar a su clientela y causar placer a las masas, se centra con delectación en las biografías de los malvados «porque el hombre malo es múltiple, divertido y extremo, mientras que que el hombre bueno es tranquilo y siempre el mismo».

     Así que eso que llaman ética lleva las de perder en materia de diversión frente a la estética. Esto, porque sabemos a priori cómo deben ser las personitas decentes —su comportamiento se rige por «principios», es decir por normas que conocemos incluso antes de conocerlos a ellos—, en tanto que los malos resultan variados en su transgresión y hasta fascinantes. Sólo hay unas cuantas maneras de portarse bien, mientras que las de portarse mal son innumerables, de aquí proviene que la ética —la cual no hace sino recordar una y otra vez lo fundamental— sea estéticamente aburrida, mientras que la estética —que pretende ante todo la novedad y lo insólito— sea moralmente sospechosa. Como bien señala Iris Murdoch:

     El artista no puede representar ni encomiar lo bueno, sino únicamente lo demoníaco, lo fantástico y lo extremo; mientras que la verdad es tranquila, sobria y límitada; el arte es sofistería, en el mejor de los casos una imitación irónica cuya falsa 'veracidad' es un astuto enemigo de la virtud.

     Para finalizar, Schiller solía decir que, la obra de arte más perfecta es la que cabe en el establecimiento de una verdadera libertad política, afirmación que indudablemente no hubiese contado con la aprobación del viejo Platón o, de los nazis o, de los rusos... El arte no preescribe lo que tenemos que hacer, sino que, por el contrario; nos agita, nos incita y, nos hace reflexionar para que, finalmente, hagamos lo que queremos hacer. Y a todo esto, Schiller le responde al viejo Platón:

     Hay que dar la razón a los que dicen que lo bello y el estado en que lo bello pone al espíritu son enteramente indiferentes con respecto al conocimiento y a la 'convicción moral'. Tienen razón, en efecto: la belleza no produce en absoluto un resultado particular, ni realiza algún fin, ni intelectual ni moral; no nos descubre una verdad, no nos ayuda a cumplir un deber; y, en una palabra, es igualmente incapaz de afirmar el carácter y de iluminar el intelecto. La cultura estética, deja en la más completa indeterminación el valor de un hombre o su dignidad, en cuanto que ésta sólo puede depender de él mismo; lo único que consigue la cultura estética es poner al hombre, 'por naturaleza', en situación de hacer por sí mismo lo que quiera, devolviéndole por completo la libertad de ser lo que deba ser.



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Alétheia



Acompañado de la insigne Beatriz, un joven Dante comienza uno de los relatos más fantásticos y a la vez, poco conocidos de la mitología universal. Como hidalgo tenemos a Boccaccio, gran amigo y protector de aquellos amantes florentinos. El breve pero insólito relato, tiene como protagonista a Midas; rey de Frigia, e hijo de Gordias:

     Durante un largo tiempo, más del que cualquier mortal haya vivido jamás, Midas tuvo un deseo imperioso en darle caza al Sabio Sileno, preceptor de Dioniso y mecenas del Bosque de cedros del fin del mundo; lugar que tiempo atrás fue gobernado por el Maligno Humbada, a quien derrotó el salvaje Enkidu.

     Midas Usufructó una lanza de uranio, forjada por Hefesto en Eusebe, la «ciudad piadosa». Tras atrapar a Sileno, Midas celebró un banquete en honor al demon. Para complacer al invitado de honor, el rey de Frigia hizo llenar la fuente principal con vino minoico; creado en los viñedos de Dioniso, con sangre de toro sagrado. Bebieron en copas de rhyta; la celebración duró nueve días y sus noches. Al décimo día, un Midas apesumbrado por las visiones que le producía la divina bebida minoica, comenzó a preguntarse sobre el significado de la vida y lo absurdo que resultaba su transitorio paso por el mundo de los mortales. Midas se contento con el poder que ostentaba, después de todo era el Rey de Frigia. Tras escudriñar en sus pensamientos, Sileno, con una mueca burlona, señaló:

     ¡Estirpe miserable de un día, hijo del azar y de la fatiga! ¿Por qué me obligas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no conocer?
Vivir en el desconocimiento de los propios males es lo menos penoso. Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti. Es imposible para hombres de tu talante, que les suceda lo mejor de las cosas; eres incapaz de compartir la naturaleza de lo que es mejor. Pero heme aquí, yo te lo digo, esto es lo mejor para todos los hombres y mujeres:

     ¡No nacer y, lo segundo después de esto es, una vez nacidos; morir tan rápido como se pueda!



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Romanticismo: Rousseau

El genuino romántico —ateniéndonos a las enseñanzas de Rousseau— busca la ficción y el aislamiento. Es un errante del inconsciente, un nómada con el deseo acuciante de una relación íntima con otro ser; «amor eterno y amistad perenne»: son sus lemas, el romántico empero, está condenado a la incomprensión en este mundo miserable de los hombres. Y, ciertamente, es un alivio a esta sed insatisfecha de persecución que, en el buen Rousseau , se convirtió en excentricidad y zozobra.

Rousseau, advierte Strachey, era poseedor de una cualidad que lo distanciaba de sus contemporáneos: era «moderno»; Rousseau pertenecía a otro mundo —a mi juicio, a un mundo mágico y peligroso que le cobró factura—. Lo cierto es que Juan Jacobo impregno en el espíritu aristócrata europeo, lo que posteriormente conoceríamos como romanticismo. No se trata de una vaga influencia, sino de un numen directo: los románticos, primero en Alemania, posteriormente en Inglaterra, y más tarde en Francia.

Desconfiado con respecto a toda clase de autoridades, se guardaba bien de atacar a la iglesia y su jerarquía. Y ciertamente se negaba al anticlericalismo de un Diderot, un D’Alembert, o un Voltaire. Insistía con frecuencia en la importancia del hecho religioso, del «instinto interior» que lleva al hombre en creer en «el canto que arrulla nuestras tristezas, nuestras esperanzas y nuestros sueños». De tal manera que gran parte de sus contemporáneos lo consideraban de ordinario, una especie de teólogo laico. De la misma suerte fue tratado por los filósofos, con Voltaire a la cabeza. Voltaire que se inventó a costa de aquel hostil execrado una serie de calificativos, entre los que «sombrío energúmeno, mamarracho ambulante, charlatán y salvaje» eran los más modosos.

Para entender con precisión el pensamiento del buen Rousseau, recomiendo leer sus «Confesiones».

Enlace de descarga:
http://goo.gl/ZuFfLc


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La literatura y el mal



Siempre tengo esta certidumbre: la humanidad no está hecha de seres aislados, sino de comunicación entre estos seres; jamás nos entregamos, ni siquiera a nosotros mismos, más que a través de una red de comunicaciones con los otros, nos sumergimos en la comunicación, nos reducimos a esta comunicación incesante de la que, hasta el fondo de la soledad, sentimos la ausencia, como sugestión de posibilidades múltiples, como la espera de un instante en el que se resuelve esa ausencia en un grito que los otros escuchan. La existencia humana no está en nosotros, en esos nudos en los que periódicamente se anuda, lenguaje hecho grito, espasmo cruel, risa enloquecida, de donde el asentimiento nace de una conciencia al fin compartida de impenetrabilidad de nosotros mismos y del mundo.

Georges Bataille, "La literatura y el mal".


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El libro del desasosiego


Pedí tan poco a la vida y ese mismo poco la vida me lo negó. Un haz de parte del sol, un campo próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta.

     Escribo triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré y, pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios. En estos momentos mi corazón late más alto por mi conciencia de él. Vivo más porque vivo mayor. Siento en mi persona una fuerza religiosa, una especie de oración, un símil de clamor. Pero mi reacción contra mi desciende desde mi inteligencia... me veo en el cuarto piso de la rua dos douradores, me ayudo con sueño; miro, sobre el papel medio escrito, la vida sana sin belleza y el cigarro barato que apurándolo extiendo sobre el secante viejo.

     ¡Yo, aquí, en este cuarto piso, interpelando a la vida!, ¡diciendo lo que las almas sienten!, ¡haciendo prosa como los genios y los célebres! ¡Yo, aquí, así...!

Fernando Pessoa, "El libro del desasosiego".



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La insoportable levedad del ser


El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. ¿Pero qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida, es un boceto para nada; un borrador sin cuadro.

     [...] Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

Milan Kundera, "La insoportable levedad del ser'.

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