Alétheia



Acompañado de la insigne Beatriz, un joven Dante comienza uno de los relatos más fantásticos y a la vez, poco conocidos de la mitología universal. Como hidalgo tenemos a Boccaccio, gran amigo y protector de aquellos amantes florentinos. El breve pero insólito relato, tiene como protagonista a Midas; rey de Frigia, e hijo de Gordias:

     Durante un largo tiempo, más del que cualquier mortal haya vivido jamás, Midas tuvo un deseo imperioso en darle caza al Sabio Sileno, preceptor de Dioniso y mecenas del Bosque de cedros del fin del mundo; lugar que tiempo atrás fue gobernado por el Maligno Humbada, a quien derrotó el salvaje Enkidu.

     Midas Usufructó una lanza de uranio, forjada por Hefesto en Eusebe, la «ciudad piadosa». Tras atrapar a Sileno, Midas celebró un banquete en honor al demon. Para complacer al invitado de honor, el rey de Frigia hizo llenar la fuente principal con vino minoico; creado en los viñedos de Dioniso, con sangre de toro sagrado. Bebieron en copas de rhyta; la celebración duró nueve días y sus noches. Al décimo día, un Midas apesumbrado por las visiones que le producía la divina bebida minoica, comenzó a preguntarse sobre el significado de la vida y lo absurdo que resultaba su transitorio paso por el mundo de los mortales. Midas se contento con el poder que ostentaba, después de todo era el Rey de Frigia. Tras escudriñar en sus pensamientos, Sileno, con una mueca burlona, señaló:

     ¡Estirpe miserable de un día, hijo del azar y de la fatiga! ¿Por qué me obligas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no conocer?
Vivir en el desconocimiento de los propios males es lo menos penoso. Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti. Es imposible para hombres de tu talante, que les suceda lo mejor de las cosas; eres incapaz de compartir la naturaleza de lo que es mejor. Pero heme aquí, yo te lo digo, esto es lo mejor para todos los hombres y mujeres:

     ¡No nacer y, lo segundo después de esto es, una vez nacidos; morir tan rápido como se pueda!



ENTRADAS SIMILARES

Romanticismo: Rousseau

El genuino romántico —ateniéndonos a las enseñanzas de Rousseau— busca la ficción y el aislamiento. Es un errante del inconsciente, un nómada con el deseo acuciante de una relación íntima con otro ser; «amor eterno y amistad perenne»: son sus lemas, el romántico empero, está condenado a la incomprensión en este mundo miserable de los hombres. Y, ciertamente, es un alivio a esta sed insatisfecha de persecución que, en el buen Rousseau , se convirtió en excentricidad y zozobra.

Rousseau, advierte Strachey, era poseedor de una cualidad que lo distanciaba de sus contemporáneos: era «moderno»; Rousseau pertenecía a otro mundo —a mi juicio, a un mundo mágico y peligroso que le cobró factura—. Lo cierto es que Juan Jacobo impregno en el espíritu aristócrata europeo, lo que posteriormente conoceríamos como romanticismo. No se trata de una vaga influencia, sino de un numen directo: los románticos, primero en Alemania, posteriormente en Inglaterra, y más tarde en Francia.

Desconfiado con respecto a toda clase de autoridades, se guardaba bien de atacar a la iglesia y su jerarquía. Y ciertamente se negaba al anticlericalismo de un Diderot, un D’Alembert, o un Voltaire. Insistía con frecuencia en la importancia del hecho religioso, del «instinto interior» que lleva al hombre en creer en «el canto que arrulla nuestras tristezas, nuestras esperanzas y nuestros sueños». De tal manera que gran parte de sus contemporáneos lo consideraban de ordinario, una especie de teólogo laico. De la misma suerte fue tratado por los filósofos, con Voltaire a la cabeza. Voltaire que se inventó a costa de aquel hostil execrado una serie de calificativos, entre los que «sombrío energúmeno, mamarracho ambulante, charlatán y salvaje» eran los más modosos.

Para entender con precisión el pensamiento del buen Rousseau, recomiendo leer sus «Confesiones».

Enlace de descarga:
http://goo.gl/ZuFfLc


ENTRADAS SIMILARES

La literatura y el mal



Siempre tengo esta certidumbre: la humanidad no está hecha de seres aislados, sino de comunicación entre estos seres; jamás nos entregamos, ni siquiera a nosotros mismos, más que a través de una red de comunicaciones con los otros, nos sumergimos en la comunicación, nos reducimos a esta comunicación incesante de la que, hasta el fondo de la soledad, sentimos la ausencia, como sugestión de posibilidades múltiples, como la espera de un instante en el que se resuelve esa ausencia en un grito que los otros escuchan. La existencia humana no está en nosotros, en esos nudos en los que periódicamente se anuda, lenguaje hecho grito, espasmo cruel, risa enloquecida, de donde el asentimiento nace de una conciencia al fin compartida de impenetrabilidad de nosotros mismos y del mundo.

Georges Bataille, "La literatura y el mal".


ENTRADAS SIMILARES

El libro del desasosiego


Pedí tan poco a la vida y ese mismo poco la vida me lo negó. Un haz de parte del sol, un campo próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta.

     Escribo triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré y, pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios. En estos momentos mi corazón late más alto por mi conciencia de él. Vivo más porque vivo mayor. Siento en mi persona una fuerza religiosa, una especie de oración, un símil de clamor. Pero mi reacción contra mi desciende desde mi inteligencia... me veo en el cuarto piso de la rua dos douradores, me ayudo con sueño; miro, sobre el papel medio escrito, la vida sana sin belleza y el cigarro barato que apurándolo extiendo sobre el secante viejo.

     ¡Yo, aquí, en este cuarto piso, interpelando a la vida!, ¡diciendo lo que las almas sienten!, ¡haciendo prosa como los genios y los célebres! ¡Yo, aquí, así...!

Fernando Pessoa, "El libro del desasosiego".



ENTRADAS SIMILARES

La insoportable levedad del ser


El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. ¿Pero qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida, es un boceto para nada; un borrador sin cuadro.

     [...] Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

Milan Kundera, "La insoportable levedad del ser'.

Descarga: https://goo.gl/tsH4PC


ENTRADAS SIMILARES

La muerte enamorada

Me preguntas hermano, si he amado; sí. Es una historia singular, terrible y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negarte nada, pero no referiría una historia semejante a otra persona menos experimentada que tú.

     Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma; pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí.

     Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando, al llegar el alba, me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.

Théophile Gautier, La muerte enamorada.



ENTRADAS SIMILARES

La barba de Sócrates



 Platón nos narra en uno de sus  cuantiosos diálogos, que Crátilo —conocido filósofo del relativismo— mencionó la afeitada barba de Sócrates; a propósito de un debate que sostenía con el irónico, sobre lenguaje.


    De modo que que se ha mencionado algo que contradice a la experiencia, la barba de Sócrates, que carece de una propiedad llamada existencia. Alexius von Meinong sostenía que no se puede mencionar algo que no existe, ya que no tiene sentido. Postura similar que mantuvo el primer Wittgenstein.


    «Sócrates se afeito la barba», es una frase que no carece de sentido, por lo que la barba de Sócrates debe ser algo. Este ejemplo es característico en el lenguaje filosófico, particularmente cuando se pretende hacer metafísica.


    Para determinar el valor de verdad de la proposición  atómica (enunciado indicativo), el criterio a seguir no es un problema de análisis lógico, sino un problema de análisis sintético. Si lo que se afirma en una proposición atómica está conforme a los hechos, la proposición es verdadera, de lo contrario es falsa.



    Para la filosofía es preciso omitir estos juegos del lenguaje —muy característicos en los continentales— que se nos presentan como temas revolucionarios e importantes y, en última instancia, no son sino artificios literarios. Por lo tanto el único uso del lenguaje debe consistir en hacer constar hechos acerca de los objetos que están en el mundo. Cualquier intento de emplear el lenguaje para otro propósito, como pretenden hacer los juicios de valor o metafísicos, implica un esfuerzo incoherente por ir más allá de los límites del sentido.




ENTRADAS SIMILARES