La literatura y el mal



Siempre tengo esta certidumbre: la humanidad no está hecha de seres aislados, sino de comunicación entre estos seres; jamás nos entregamos, ni siquiera a nosotros mismos, más que a través de una red de comunicaciones con los otros, nos sumergimos en la comunicación, nos reducimos a esta comunicación incesante de la que, hasta el fondo de la soledad, sentimos la ausencia, como sugestión de posibilidades múltiples, como la espera de un instante en el que se resuelve esa ausencia en un grito que los otros escuchan. La existencia humana no está en nosotros, en esos nudos en los que periódicamente se anuda, lenguaje hecho grito, espasmo cruel, risa enloquecida, de donde el asentimiento nace de una conciencia al fin compartida de impenetrabilidad de nosotros mismos y del mundo.

Georges Bataille, "La literatura y el mal".


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El libro del desasosiego


Pedí tan poco a la vida y ese mismo poco la vida me lo negó. Un haz de parte del sol, un campo próximo, un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el saber que existo, y no exigir nada de los otros ni ellos nada de mí. Esto mismo me fue negado, como quien niega la limosna no por falta de buena alma, sino por tener que desabrocharse la chaqueta.

     Escribo triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre yo he estado, solo como siempre estaré y, pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios. En estos momentos mi corazón late más alto por mi conciencia de él. Vivo más porque vivo mayor. Siento en mi persona una fuerza religiosa, una especie de oración, un símil de clamor. Pero mi reacción contra mi desciende desde mi inteligencia... me veo en el cuarto piso de la rua dos douradores, me ayudo con sueño; miro, sobre el papel medio escrito, la vida sana sin belleza y el cigarro barato que apurándolo extiendo sobre el secante viejo.

     ¡Yo, aquí, en este cuarto piso, interpelando a la vida!, ¡diciendo lo que las almas sienten!, ¡haciendo prosa como los genios y los célebres! ¡Yo, aquí, así...!

Fernando Pessoa, "El libro del desasosiego".



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La insoportable levedad del ser


El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. ¿Pero qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida, es un boceto para nada; un borrador sin cuadro.

     [...] Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.

Milan Kundera, "La insoportable levedad del ser'.

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La muerte enamorada

Me preguntas hermano, si he amado; sí. Es una historia singular, terrible y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negarte nada, pero no referiría una historia semejante a otra persona menos experimentada que tú.

     Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma; pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí.

     Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando, al llegar el alba, me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.

Théophile Gautier, La muerte enamorada.



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La barba de Sócrates



 Platón nos narra en uno de sus  cuantiosos diálogos, que Crátilo —conocido filósofo del relativismo— mencionó la afeitada barba de Sócrates; a propósito de un debate que sostenía con el irónico, sobre lenguaje.


    De modo que que se ha mencionado algo que contradice a la experiencia, la barba de Sócrates, que carece de una propiedad llamada existencia. Alexius von Meinong sostenía que no se puede mencionar algo que no existe, ya que no tiene sentido. Postura similar que mantuvo el primer Wittgenstein.


    «Sócrates se afeito la barba», es una frase que no carece de sentido, por lo que la barba de Sócrates debe ser algo. Este ejemplo es característico en el lenguaje filosófico, particularmente cuando se pretende hacer metafísica.


    Para determinar el valor de verdad de la proposición  atómica (enunciado indicativo), el criterio a seguir no es un problema de análisis lógico, sino un problema de análisis sintético. Si lo que se afirma en una proposición atómica está conforme a los hechos, la proposición es verdadera, de lo contrario es falsa.



    Para la filosofía es preciso omitir estos juegos del lenguaje —muy característicos en los continentales— que se nos presentan como temas revolucionarios e importantes y, en última instancia, no son sino artificios literarios. Por lo tanto el único uso del lenguaje debe consistir en hacer constar hechos acerca de los objetos que están en el mundo. Cualquier intento de emplear el lenguaje para otro propósito, como pretenden hacer los juicios de valor o metafísicos, implica un esfuerzo incoherente por ir más allá de los límites del sentido.




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Ernest Hemingway como personaje inventado, Pedro Voltes



Y, ciertamente, él mismo fue el peor de los personajes fic­ticios que creó, según resume el crítico norteamericano Ed­mund Wilson y recoge Jeffrey Meyers en el libro que dedicó en 1985 al premio Nobel, según luego veremos. No fue, sin duda, el primero de los escritores norteamericanos que se lu­cran de exhibir un perfil romancesco y accidentado, como si fuera un desdoro que un hombre de letras hubiera pasado la mayor parte de sus años entre libros. Semejante tendencia tie­ne parangón no menos curioso con la afición a escribir por lo menos un libro que tienen los hombres de acción norteameri­canos, sean generales, banqueros, deportistas o fabricantes.

     Sobre ese telón de fondo, el señor Hemingway (1899-1961) determinó que a él no le ganaría nadie en revestirse de connotaciones novelescas, y que la mejor publicidad que po­día proporcionar a sus escritos estribaba en sugerir que no contenían ni la décima parte de las trapisondas que podría re­flejar con solo repasar someramente sus recuerdos. Presumió sobre todo de dos excelencias: la de su historial épico y la de su conocimiento profundo y reposado de las cosas auténticas: el vino, el amor, los toros, el boxeo, la pesca, la caza, y así. En realidad, ni pegó un tiro en ninguna guerra ni sus vivencias fueron más notables que las de otros muchos hijos de vecino que no las han voceado por dinero.

     Tuvo Hemingway la enorme suerte de que le hirieran, en el curso de la Primera Guerra Mundial. A los diecinueve años de edad, se había apuntado como voluntario en la Cruz Roja para ver mundo y le habían enviado a las cercanías del frente de Italia. En la campaña del Piave, le hirió de cierta gravedad una granada de mortero mientras estaba repartiendo golosi­nas entre los soldados. Convaleció en Milán y el Gobierno ita­liano le dio una condecoración. El resto de los actos de guerra en Italia que él se atribuía son mentira. El profesor Kenneth Lynn tuvo la paciente severidad de irlos revisando en un libro que escribió sobre él en 1987 y llegó a la conclusión de que ni fue el primer norteamericano herido en Italia, ni llevó a cues­tas a un soldado italiano herido para ponerlo a salvo, ni reci­bió otras heridas de bala, ni se alistó en ningún regimiento, ni tomó parte en batalla alguna, ni vivió ninguna otra de las ex­periencias que él se adjudicaba.

     Acaso sea su novela más famosa Por quién doblan las cam­panas, que dio a conocer en 1940, pretendiendo describir una guerrilla de republicanos españoles que durante la guerra de 1936-1939 actúa detrás de las líneas enemigas. Un idealista norteamericano se suma a tales esfuerzos, introduciendo una nota de eficacia técnica y ayudando a sugerir la tesis básica de la novela: que el pueblo español fue utilizado y defraudado tanto por las naciones capitalistas y las fascistas como por el comunismo. Y por los literatos que medraron dando a su tra­gedia un falso colorido y un retumbo de aliño, podrían haber añadido.

     Hemingway había estado en España ya, en su época de jo­ven periodista, gestando su exitosa novela de 1926 Fiesta (The Sun also Rises,); y regresó durante la guerra para dedicar más horas a las barras de bar que a unas visitas esporádicas a los frentes. Está viva mucha gente que se acuerda de la frescura de los escritores y periodistas extranjeros que se pasearon por ambos bandos de la España ensangrentada, con mucho cuida­do de no salpicarse. Sin preocuparse mucho por quién había ganado la guerra, como dice Andrés Trapiello, Hemingway si­guió luego viniendo a fotografiarse con Baroja y decirle, con sobrado fundamento, que era el anciano moribundo quien se merecía el Nobel de Literatura; visita melancólica de la que se distrajo yéndose a los Sanfermines, a los toros, y demás.

     Si los españoles podemos formar este frío concepto de su conexión con nosotros, en París son dueños de pensar tres cuartos de lo mismo al reparar las páginas que dedicó a sus submundos. En The Sun also Rises, además Hemingway dejó pistas de su llamativa afinidad con «un hombre que está apa­sionadamente enamorado de una mujer sexualmente agresiva, de nombre andrógino y peinado varonil; un hombre que tiene el problema, como una lesbiana, de que no puede penetrar el cuerpo de su amada con el suyo». Son palabras del citado profesor Lynn, el cual señala, para remachar la indicación, que en 1986 se publicó un manuscrito inacabado de Heming­way, The Garden of Eden, donde cultiva fantasías transexuales y da a entender un amplio margen de ambivalencia en la ma­teria, más lato de lo que cabe tolerar en un macho de su re­nombre.

     Un personaje de Hemingway, en Soldier’s Home, se dedi­caba a «decir mentiras sin importancia que consistían en atri­buirse cosas que otros hombres habían visto, hecho u oído», y el propio escritor defendía, ya poniéndose él mismo ante las candilejas, que «no es anormal que los mejores escritores sean unos embusteros…; una gran parte de su oficio consiste en mentir o inventar y mentirán cuando estén borrachos, o se mentirán a sí mismos o a los demás». Así, Hemingway no va­ciló en decir o hacer decir que, en España, escribía crónicas solo para disimular que en realidad ejercía altas funciones militares en el campo republicano. Dentro de la misma mito­manía, anota Jeffrey Meyers que Hemingway había pretendi­do haberse dedicado a tocar el violonchelo durante un año que estuvo expulsado de la escuela, que se escapó de casa en su niñez, que boxeó y se dañó un ojo en un combate, que se implicó en los quehaceres de una banda de gángsters; que tuvo un romance con Mata Han, entre otros muchos de la misma especie fantasiosa; que reseñó batallas vividas por él en Anatolia entre griegos y turcos, que tenía una amante en Sicilia y una rótula de aluminio, qué sé yo.


     El 2 de julio de 1961 se suicidó en su casa de Ketchum, en Idaho.


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La Caída, Albert Camus


El alcohol y las mujeres me procuraron, fuerza es confesarlo, el único consuelo del que yo era digno. Le confío este secreto, querido amigo, no tema hacer uso de él. Verá entonces cómo el verdadero libertinaje es liberador, porque no crea ninguna obligación. En el libertinaje uno no posee sino a su propia persona. Es, pues, la ocupación preferida de los grandes enamorados de sí mismos. El libertinaje es una selva virgen, sin futuro ni pasado y, sobre todo, sin promesas ni sanciones inmediatas. Los lugares en que se lo practica están separados del mundo; al entrar en ellos uno deja afuera el temor y la esperanza. La conversación no es allí obligatoria. Lo que uno va a buscar, puede obtenerse sin palabras y, a menudo, sin dinero. Ah, déjeme usted, se lo ruego, rendir un homenaje particular a aquellas mujeres desconocidas y olvidadas, que me ayudaron entonces. Aun hoy, con el recuerdo que guardo de ellas se mezcla algo que se parece al respeto.

     En todo caso, hice uso sin medida de esta liberación. Hasta llegaron a verme en un hotel consagrado a lo que la gente llama pecado, viviendo simultáneamente con una prostituta madura y una joven de la mejor sociedad. Con la primera representaba el papel de caballero andante, y a la segunda la puse en condiciones de conocer algunas realidades. Desgraciadamente, la prostituta tenía un temperamento muy burgués; consintió por fin en escribir sus recuerdos para un periódico confesional, muy abierto a las ideas modernas. Por su parte, la muchacha se casó para satisfacer sus instintos desatados y dar un empleo a sus notables dotes. No estoy menos orgulloso de que en aquella época una corporación masculina, con demasiada frecuencia calumniada, me haya acogido como a un igual. Se lo diré al pasar: bien sabe usted que aun hombres muy inteligentes cifran su gloria en poder vaciar una botella más que su vecino. Por fin yo había podido encontrar la paz y la libertad en esa dichosa disipación. Pero así y todo hube de encontrar un obstáculo en mí mismo. Fue mi hígado y luego una fatiga tan terrible que todavía hoy no me ha abandonado. Uno juega a ser inmortal y, al cabo de algunas semanas, no sabe siquiera si podrá arrastrarse hasta el día siguiente.



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