La muerte enamorada

Me preguntas hermano, si he amado; sí. Es una historia singular, terrible y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negarte nada, pero no referiría una historia semejante a otra persona menos experimentada que tú.

     Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma; pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí.

     Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando, al llegar el alba, me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.

Théophile Gautier, La muerte enamorada.



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La barba de Sócrates



 Platón nos narra en uno de sus  cuantiosos diálogos, que Crátilo —conocido filósofo del relativismo— mencionó la afeitada barba de Sócrates; a propósito de un debate que sostenía con el irónico, sobre lenguaje.


    De modo que que se ha mencionado algo que contradice a la experiencia, la barba de Sócrates, que carece de una propiedad llamada existencia. Alexius von Meinong sostenía que no se puede mencionar algo que no existe, ya que no tiene sentido. Postura similar que mantuvo el primer Wittgenstein.


    «Sócrates se afeito la barba», es una frase que no carece de sentido, por lo que la barba de Sócrates debe ser algo. Este ejemplo es característico en el lenguaje filosófico, particularmente cuando se pretende hacer metafísica.


    Para determinar el valor de verdad de la proposición  atómica (enunciado indicativo), el criterio a seguir no es un problema de análisis lógico, sino un problema de análisis sintético. Si lo que se afirma en una proposición atómica está conforme a los hechos, la proposición es verdadera, de lo contrario es falsa.



    Para la filosofía es preciso omitir estos juegos del lenguaje —muy característicos en los continentales— que se nos presentan como temas revolucionarios e importantes y, en última instancia, no son sino artificios literarios. Por lo tanto el único uso del lenguaje debe consistir en hacer constar hechos acerca de los objetos que están en el mundo. Cualquier intento de emplear el lenguaje para otro propósito, como pretenden hacer los juicios de valor o metafísicos, implica un esfuerzo incoherente por ir más allá de los límites del sentido.




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Ernest Hemingway como personaje inventado, Pedro Voltes



Y, ciertamente, él mismo fue el peor de los personajes fic­ticios que creó, según resume el crítico norteamericano Ed­mund Wilson y recoge Jeffrey Meyers en el libro que dedicó en 1985 al premio Nobel, según luego veremos. No fue, sin duda, el primero de los escritores norteamericanos que se lu­cran de exhibir un perfil romancesco y accidentado, como si fuera un desdoro que un hombre de letras hubiera pasado la mayor parte de sus años entre libros. Semejante tendencia tie­ne parangón no menos curioso con la afición a escribir por lo menos un libro que tienen los hombres de acción norteameri­canos, sean generales, banqueros, deportistas o fabricantes.

     Sobre ese telón de fondo, el señor Hemingway (1899-1961) determinó que a él no le ganaría nadie en revestirse de connotaciones novelescas, y que la mejor publicidad que po­día proporcionar a sus escritos estribaba en sugerir que no contenían ni la décima parte de las trapisondas que podría re­flejar con solo repasar someramente sus recuerdos. Presumió sobre todo de dos excelencias: la de su historial épico y la de su conocimiento profundo y reposado de las cosas auténticas: el vino, el amor, los toros, el boxeo, la pesca, la caza, y así. En realidad, ni pegó un tiro en ninguna guerra ni sus vivencias fueron más notables que las de otros muchos hijos de vecino que no las han voceado por dinero.

     Tuvo Hemingway la enorme suerte de que le hirieran, en el curso de la Primera Guerra Mundial. A los diecinueve años de edad, se había apuntado como voluntario en la Cruz Roja para ver mundo y le habían enviado a las cercanías del frente de Italia. En la campaña del Piave, le hirió de cierta gravedad una granada de mortero mientras estaba repartiendo golosi­nas entre los soldados. Convaleció en Milán y el Gobierno ita­liano le dio una condecoración. El resto de los actos de guerra en Italia que él se atribuía son mentira. El profesor Kenneth Lynn tuvo la paciente severidad de irlos revisando en un libro que escribió sobre él en 1987 y llegó a la conclusión de que ni fue el primer norteamericano herido en Italia, ni llevó a cues­tas a un soldado italiano herido para ponerlo a salvo, ni reci­bió otras heridas de bala, ni se alistó en ningún regimiento, ni tomó parte en batalla alguna, ni vivió ninguna otra de las ex­periencias que él se adjudicaba.

     Acaso sea su novela más famosa Por quién doblan las cam­panas, que dio a conocer en 1940, pretendiendo describir una guerrilla de republicanos españoles que durante la guerra de 1936-1939 actúa detrás de las líneas enemigas. Un idealista norteamericano se suma a tales esfuerzos, introduciendo una nota de eficacia técnica y ayudando a sugerir la tesis básica de la novela: que el pueblo español fue utilizado y defraudado tanto por las naciones capitalistas y las fascistas como por el comunismo. Y por los literatos que medraron dando a su tra­gedia un falso colorido y un retumbo de aliño, podrían haber añadido.

     Hemingway había estado en España ya, en su época de jo­ven periodista, gestando su exitosa novela de 1926 Fiesta (The Sun also Rises,); y regresó durante la guerra para dedicar más horas a las barras de bar que a unas visitas esporádicas a los frentes. Está viva mucha gente que se acuerda de la frescura de los escritores y periodistas extranjeros que se pasearon por ambos bandos de la España ensangrentada, con mucho cuida­do de no salpicarse. Sin preocuparse mucho por quién había ganado la guerra, como dice Andrés Trapiello, Hemingway si­guió luego viniendo a fotografiarse con Baroja y decirle, con sobrado fundamento, que era el anciano moribundo quien se merecía el Nobel de Literatura; visita melancólica de la que se distrajo yéndose a los Sanfermines, a los toros, y demás.

     Si los españoles podemos formar este frío concepto de su conexión con nosotros, en París son dueños de pensar tres cuartos de lo mismo al reparar las páginas que dedicó a sus submundos. En The Sun also Rises, además Hemingway dejó pistas de su llamativa afinidad con «un hombre que está apa­sionadamente enamorado de una mujer sexualmente agresiva, de nombre andrógino y peinado varonil; un hombre que tiene el problema, como una lesbiana, de que no puede penetrar el cuerpo de su amada con el suyo». Son palabras del citado profesor Lynn, el cual señala, para remachar la indicación, que en 1986 se publicó un manuscrito inacabado de Heming­way, The Garden of Eden, donde cultiva fantasías transexuales y da a entender un amplio margen de ambivalencia en la ma­teria, más lato de lo que cabe tolerar en un macho de su re­nombre.

     Un personaje de Hemingway, en Soldier’s Home, se dedi­caba a «decir mentiras sin importancia que consistían en atri­buirse cosas que otros hombres habían visto, hecho u oído», y el propio escritor defendía, ya poniéndose él mismo ante las candilejas, que «no es anormal que los mejores escritores sean unos embusteros…; una gran parte de su oficio consiste en mentir o inventar y mentirán cuando estén borrachos, o se mentirán a sí mismos o a los demás». Así, Hemingway no va­ciló en decir o hacer decir que, en España, escribía crónicas solo para disimular que en realidad ejercía altas funciones militares en el campo republicano. Dentro de la misma mito­manía, anota Jeffrey Meyers que Hemingway había pretendi­do haberse dedicado a tocar el violonchelo durante un año que estuvo expulsado de la escuela, que se escapó de casa en su niñez, que boxeó y se dañó un ojo en un combate, que se implicó en los quehaceres de una banda de gángsters; que tuvo un romance con Mata Han, entre otros muchos de la misma especie fantasiosa; que reseñó batallas vividas por él en Anatolia entre griegos y turcos, que tenía una amante en Sicilia y una rótula de aluminio, qué sé yo.


     El 2 de julio de 1961 se suicidó en su casa de Ketchum, en Idaho.


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La Caída, Albert Camus


El alcohol y las mujeres me procuraron, fuerza es confesarlo, el único consuelo del que yo era digno. Le confío este secreto, querido amigo, no tema hacer uso de él. Verá entonces cómo el verdadero libertinaje es liberador, porque no crea ninguna obligación. En el libertinaje uno no posee sino a su propia persona. Es, pues, la ocupación preferida de los grandes enamorados de sí mismos. El libertinaje es una selva virgen, sin futuro ni pasado y, sobre todo, sin promesas ni sanciones inmediatas. Los lugares en que se lo practica están separados del mundo; al entrar en ellos uno deja afuera el temor y la esperanza. La conversación no es allí obligatoria. Lo que uno va a buscar, puede obtenerse sin palabras y, a menudo, sin dinero. Ah, déjeme usted, se lo ruego, rendir un homenaje particular a aquellas mujeres desconocidas y olvidadas, que me ayudaron entonces. Aun hoy, con el recuerdo que guardo de ellas se mezcla algo que se parece al respeto.

     En todo caso, hice uso sin medida de esta liberación. Hasta llegaron a verme en un hotel consagrado a lo que la gente llama pecado, viviendo simultáneamente con una prostituta madura y una joven de la mejor sociedad. Con la primera representaba el papel de caballero andante, y a la segunda la puse en condiciones de conocer algunas realidades. Desgraciadamente, la prostituta tenía un temperamento muy burgués; consintió por fin en escribir sus recuerdos para un periódico confesional, muy abierto a las ideas modernas. Por su parte, la muchacha se casó para satisfacer sus instintos desatados y dar un empleo a sus notables dotes. No estoy menos orgulloso de que en aquella época una corporación masculina, con demasiada frecuencia calumniada, me haya acogido como a un igual. Se lo diré al pasar: bien sabe usted que aun hombres muy inteligentes cifran su gloria en poder vaciar una botella más que su vecino. Por fin yo había podido encontrar la paz y la libertad en esa dichosa disipación. Pero así y todo hube de encontrar un obstáculo en mí mismo. Fue mi hígado y luego una fatiga tan terrible que todavía hoy no me ha abandonado. Uno juega a ser inmortal y, al cabo de algunas semanas, no sabe siquiera si podrá arrastrarse hasta el día siguiente.



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La pesadilla de Stalin, Bertrand Russell


Stalin, tras copiosos tragos de vodka mezclado con pimienta roja, se había dormido en su silla. Molotov, Malenkov y Beria, poniéndose un dedo en los labios, alejaban a inoportunos criados, que podían interferir el reposo del gran hombre. Mientras lo velaban, Stalin tuvo un sueño, que consistió en lo que sigue:

     La tercera guerra mundial había sido librada y perdida, y él se hallaba cautivo en manos de los aliados occidentales. Mas éstos, habiendo comprobado que el proceso de Núremberg provocó una reacción de simpatía hacia los nazis, decidieron en esta ocasión adoptar un plan diferente: Stalin fue puesto en manos de un comité de cuáqueros eminentes, los cuales pretendían que hasta él, por el solo poder del amor, podía ser conducido al arrepentimiento y a una vida de honrado ciudadano.

     Se convino en que, hasta tanto el trabajo espiritual se hubiese completado, las ventanas de la habitación de Stalin deberían enrejarse, no fuese que sucumbiese a la tentación de un acto impremeditado, y desde luego le sería prohibido todo acceso de cuchillos, por temor a que pudiese, en un rapto de desesperación, atacar a los que estaban empeñados en su regeneración. Estaba confortablemente alojado en dos habitaciones de una vieja casa de campo, pero las puertas estaban cerradas, excepto una hora cada día, durante la cual salía para dar un breve paseo en compañía de cuatro atléticos cuáqueros. En este momento era requerido para admirar las bellezas de la naturaleza y deleitarse con el canto de la alondra. Durante el resto del día le estaba permitido leer y escribir, pero no podía leer literatura alguna considerada como inflamable. Se le proveía de la Biblia, El progreso del peregrino y La cabaña del tío Tom, y en ocasiones, y como obsequio especial, se le autorizaban las novelas de Charlotte M. Yonge. Tenía prohibido el tabaco, el alcohol y la pimienta roja. Podía tomar cacao a cualquier hora del día o de la noche, tanto más cuanto que sus guardianes eran proveedores de ese inocente brebaje. Con moderación, se le permitían el café y el té, pero no en tal cantidad u hora que pudiese perturbar una saludable noche de reposo.

     Cada mañana y cada tarde, por espacio de una hora, los graves hombres a cuyo cuidado había sido confiado le explicaban los principios de la caridad cristiana y la felicidad que aún podía alcanzar si se aviniese a reconocer su sabiduría. La tarea de razonar con él correspondió especialmente a los tres hombres a quienes se consideró más sabios entre todos aquellos que confiaban en hacerle ver la luz. Éstos eran el señor Tobías Toogood, el señor Samuel Swete y el señor Wilbraham Weldon.

     Stalin había conocido a estos hombres en los días de su esplendor. No mucho antes del estallido de la tercera guerra mundial se trasladaron a Moscú para interceder ante él y llevarle al convencimiento del error de sus métodos. Le hablaron de la benevolencia universal y del amor cristiano. Se habían expresado en términos inspirados sobre los goces de la mansedumbre, y habían tratado de persuadirle de que hay más felicidad en ser amado que en ser temido. Por un instante había escuchado, con una paciencia producida por el asombro, tras el cual exclamó, dirigiéndose a ellos con violencia:

     —¿Qué conocen ustedes, caballeros, de las alegrías de la vida? ¡Qué poco conocen ustedes del enervante placer de dominar a una nación entera por el terror, sabiendo que casi todos desean tu muerte y ninguno es capaz de perpetrarla, y que tus enemigos de todo el mundo están embarcados en vanos intentos de adivinar tus pensamientos secretos, sabiendo que tu poder sobrevivirá al exterminio, no sólo de tus enemigos, sino, a la vez, de tus amigos! No, señores; el tipo de vida que me ofrecen no tiene atractivo para mí. Márchense y continúen su sórdida búsqueda del beneficio, adornada con pretensiones de piedad, pero déjenme con mi más heroico concepto de la vida.

     Los cuáqueros, chasqueados momentáneamente, regresaron a sus hogares, dispuestos a esperar una oportunidad mejor. Caído ahora Stalin, y en su poder, confiaron en encontrarle más razonable ahora. Aunque parezca extraordinario, aquel se manifestó igualmente intratable. Ellos eran hombres que habían adquirido considerable experiencia en el trato de la delincuencia juvenil, desenmarañando los complejos de los jóvenes y llevándolos, por medio de la persuasión, a la creencia de que la honestidad es la mejor y más útil práctica.

     —Señor Stalin —dijo el señor Tobías Toogood—, esperamos que ahora advierta usted la insensatez del camino a que estuvo adscrito hasta este momento. Pasaré por alto la ruina que ha atraído usted sobre el mundo, pues me manifestaría que esto le deja indiferente, mas considere lo que usted ha atraído sobre su propia vida. Ha caído usted desde su alta posición a la condición de humilde prisionero, debiendo la comodidad de que goza al hecho de que sus guardianes no aceptan sus principios. Los goces altivos de que nos habló en ocasión de nuestra visita, en los días de su grandeza, no puede ya procurárselos por más tiempo. Pero si usted consiguiese salvar la barrera del orgullo, si pudiera arrepentirse, si pudiera aprender a encontrar la felicidad de los demás, podría subsistir para usted algún móvil, alguna satisfacción tolerable durante el resto de sus días.

     En este punto de la charla, Stalin se puso en pie de un salto y exclamó:

     —El infierno le lleve, lacrimoso hipócrita. No entiendo nada de cuanto dice, excepto que ustedes están arriba y yo me encuentro en su poder, y han inventado un procedimiento para insultar mi infortunio, más aflictivo y humillante aún que cualquiera de los imaginados por mí durante las purgas.

     —¡Oh, señor Stalin! —dijo el señor Swete—, ¿cómo puede usted ser tan injusto y desatento? ¿No es capaz de apreciar que no tenemos sino las más benévolas intenciones hacia usted? ¿No puede ver que deseamos salvar su alma, y que deploramos la violencia y el odio que usted promovió, tanto entre sus enemigos como entre sus amigos? No tenemos ningún deseo de humillarle, y si tan sólo pudiera usted apreciar la grandeza terrenal al nivel de lo que en verdad vale, vería usted que es una escapatoria a la humillación lo que le estamos ofreciendo.

     —Realmente, esto es demasiado —dijo Stalin—. Cuando yo era niño, soportaba charlas semejantes en mi seminario de Georgia; pero ésta no es precisamente la clase de charlas que un adulto pueda oír con paciencia. Desearía creer en el infierno para poder deleitarme en el futuro con el placer de contemplar vuestra flaccidez desintegrándose entre ardientes llamas.

     —¡Oh, por favor, mi querido señor Stalin! —dijo el señor Weldon—, le ruego que no se excite, pues es tan sólo en la serenidad donde podrá usted aprender a ver la sabiduría de lo que estamos tratando de evidenciarle.

     Antes de que Stalin pudiese replicar, el señor Toogood intervino nuevamente:

     —Doy por seguro, señor Stalin, que un hombre de su gran inteligencia no puede permanecer eternamente cegado a la verdad, pero en este momento está usted sobreexcitado y sugiero que una sedante taza de cacao podría convenirle más que el nocivo y enervante té que ha estado usted bebiendo.

     Con esto, Stalin no pudo contenerse por más tiempo. Tomó la tetera y la arrojó contra la cabeza del señor Toogood. El abrasador líquido le chorreó por la cara, pero el señor Toogood se limitó a decir:

     —Bueno, bueno, señor Stalin, esto no es un argumento.

     En el paroxismo del furor, Stalin se despertó. El furor continuó obrando durante un momento, y halló salida hacia Molotov, Malenkov y Beria, que temblaron y se pusieron pálidos. Pero al despejarse los nublados del sueño, su ira se evaporó, y encontró satisfacción en un buen trago de vodka mezclado con pimienta roja.



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La espiral


La mayoría de la gente se enferma por no saber decir lo que ve o lo que piensa. Dicen que no hay nada más difícil que definir con palabras una espiral: es preciso, dicen, hacer en el aire, con la mano, sin literatura, el gesto, ascendentemente enrollado en orden con que esa figura abstracta de los muelles o de ciertas escaleras se manifiesta a los ojos. Pero, siempre que nos acordemos de que decir es renovar, definiremos sin dificultad una espiral: es un círculo que sube sin conseguir cerrarse nunca.

     La mayoría de la gente, lo sé bien, no osaría definir así porque supone que definir es decir lo que los demás quieren que se diga, y no lo que es preciso decir para definir. Lo diré mejor: una espiral es un círculo virtual que se desdobla subiendo sin realizarse nunca. Pero no, la definición es todavía abstracta. Buscaré lo concreto, y todo será visto: una espiral es una serpiente sin serpiente enroscada verticalmente en ninguna cosa.

     Toda la literatura consiste en un esfuerzo por tornar real a la vida. Como todos saben, la vida es absolutamente irreal en su realidad directa: los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos. Son intransmisibles todas las impresiones, salvo si las convertimos en literarias. Los niños son muy literarios porque dicen como sienten y no como debe sentir quien siente según otra persona. Un niño, al que una vez oí, dijo queriendo decir que estaba al borde del llanto, no «tengo ganas de llorar», que es lo que diría un adulto, es decir, un estúpido, sino esto: «Tengo ganas de lágrimas». Y esta frase, absolutamente literaria, hasta el punto de que resultaría afectada en un poeta célebre, si él la pudiese decir, alude decididamente a la presencia caliente de las lágrimas rompiendo en los párpados, conscientes de la amargura líquida. «¡Tengo ganas de lágrimas!» Aquel niño pequeño definió bien su espiral.

     ¡Decir! ¡Saber decir! ¡Saber existir por medio de la voz escrita y la imagen intelectual! Todo esto es cuanto la vida vale: lo demás es hombres y mujeres, amores supuestos y vanidades falsas, subterfugios de la digestión y del olvido, gentes que se agitan, como bichos cuando se levanta una piedra, bajo el gran pedrusco abstracto del cielo azul sin sentido.


Fernando Pessoa


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Ateo gracias a Dios, Luis Buñuel



La casualidad es la gran maestra de todas las cosas. La necesidad viene luego. No tiene la misma pureza. Si entre todas mis películas siento una especial ternura hacia El fantasma de la libertad, es, quizá, porque abordaba este difícil tema.

     El guión ideal, en el que a menudo he soñado, arrancaría de un punto de partida anodino, banal. Por ejemplo: un mendigo atraviesa una calle. Ve una mano que asoma por la portezuela abierta de un lujoso automóvil y que arroja al suelo la mitad de un habano. El mendigo se detiene bruscamente para recoger el cigarro. Otro automóvil le arrolla y le mata.

     A partir de este accidente, se puede formular una serie indefinida de preguntas. ¿Por qué se han encontrado el mendigo y el cigarro? ¿Qué hacía el mendigo a esta hora en la calle? ¿Por qué el hombre que fumaba el cigarro lo ha tirado en ese momento? Cada respuesta dada a estas preguntas originará, a su vez, otras preguntas, progresivamente más numerosas. Nos hallaremos ante encrucijadas cada vez más complejas, que conducirán a otras encrucijadas, a laberintos fantásticos en los que habremos de elegir nuestro camino. Así, siguiendo causas aparentes, que no son, en realidad, sino una serie, una profusión ilimitada de casualidades, podríamos irnos remontando cada vez más lejos en el tiempo, vertiginosamente, sin pausa, a través de la Historia, a través de todas las civilizaciones, hasta los protozoarios originales.

     Encuentro un magnífico ejemplo de esta casualidad histórica en un libro claro y denso que, para mí, representa la quintaesencia de una cierta cultura francesa, Poncio Pilatos, de Roger Caillois. Poncio Pilatos, nos cuenta Caillois, tiene todas las razones para lavarse las manos y dejar condenar a Cristo. Es el consejo de su asesor político, que teme disturbios en Judea. Es también el ruego de Judas, para que se cumplan los designios de Dios. Es incluso la opinión de Marduk, el profeta caldeo, que imagina la larga sucesión de acontecimientos que seguirán a la muerte del Mesías, acontecimientos que existen ya, puesto que él los ve y es profeta.

     A todos los argumentos, Pilatos solamente puede oponer su honradez, su deseo de justicia. Tras una noche de insomnio, toma su decisión y libera a Cristo. Éste es acogido con alegría por sus discípulos. Prosigue su vida y su enseñanza y muere a edad avanzada, considerado como un hombre muy santo. Durante uno o dos siglos, se sucederán los peregrinos ante su tumba. Luego, se le olvidará.

     Y, naturalmente, la historia del mundo será completamente distinta. Este libro me ha hecho fantasear durante mucho tiempo. Sé muy bien todo lo que se me puede decir sobre el determinismo histórico o sobre la voluntad omnipotente de Dios, que empujaron a Pilatos a lavarse las manos. Sin embargo, podía no lavárselas, rechazando la jofaina y el agua, cambiaba todo el curso de los tiempos.

     La casualidad quiso que se lavara las manos. Como Caillois, yo no veo ninguna necesidad en este gesto.

     Claro que, si bien nuestro nacimiento es totalmente casual, debido al encuentro fortuito de un óvulo y un espermatozoide (¿por qué precisamente éste entre millones?), el papel del azar se difumina cuando se edifican las sociedades humanas, cuando el feto y, luego, el niño se encuentran sometidos a estas leyes. Y así es para todas las especies. Las leyes, las costumbres, las condiciones históricas y sociales de una cierta evolución, de un cierto progreso, todo lo que pretende contribuir a la creación, al avance, a la estabilidad de una civilización a la que pertenecemos por la suerte o la desgracia de nuestro nacimiento, todo eso se presenta como una lucha cotidiana y tenaz contra el azar. Nunca totalmente aniquilado, vivo y sorprendente, trata de acomodarse a la necesidad social.

     Pero yo creo que, en estas leyes necesarias, que nos permiten vivir juntos, es preciso abstenerse de ver una necesidad fundamental, primordial. Me parece, en realidad, que no era necesario que este mundo existiese, que no era necesario que nosotros estuviésemos aquí, viviendo y muriendo. Puesto que no somos sino hijos del azar, la Tierra y el Universo hubieran podido continuar sin nosotros, hasta la consumación de los siglos. Imagen inimaginable la de un Universo vacío e infinito, teóricamente inútil, que ninguna inteligencia podría concebir, que existiría solo, caos permanente, abismo inexplicablemente privado de vida. Quizás otros mundos, cegados a nuestro conocimiento, prosiguen así su curso inconcebible. Tendencia al caos, que sentimos a veces muy profundamente en nosotros mismos.

     Algunos sueñan en un universo infinito, otros nos lo presentan como finito en el espacio y en el tiempo. Heme aquí entre dos misterios tan impenetrables el uno como el otro. Por una parte, la imagen de un universo infinito es inconcebible. Por otra, la idea de un universo finito, que dejará algún día de existir, me sumerge en una nada impensable que me fascina y me horroriza. Voy de una a otra. No sé.

     Imaginemos que el azar no existe y que toda la historia del mundo, hecha bruscamente lógica y comprensible, pudiera resolverse en unas cuantas fórmulas matemáticas. En tal caso, sería necesario creer en Dios, suponer como inevitable la existencia activa de un gran relojero, de un supremo ser organizador.

     Pero Dios, que lo puede todo, ¿no habría podido crear por capricho un mundo entregado al azar? No, nos responden los filósofos. El azar no puede ser una creación de Dios, porque es la negación de Dios. Estos dos términos son antinómicos. Se excluyen mutuamente.

     Carente de fe (y persuadido de que, como todas las cosas, la fe nace a menudo del azar), no veo cómo salir de este círculo. Por eso es por lo que no entro en él.

     La consecuencia que de ello extraigo, para mi propio uso, es muy sencilla: creer y no creer son la misma cosa. Si se me demostrara ahora mismo la luminosa existencia de Dios, ello no cambiaría estrictamente nada en mi comportamiento. Ya no puedo creer que Dios me vigila sin cesar, que se ocupa de mi salud, de mis deseos, de mis errores. No puedo creer, y en cualquier caso no acepto, que pueda castigarme para toda la eternidad.

     ¿Qué soy yo para él? Nada, una sombra de barro. Mi paso es tan rápido que no deja ninguna huella. Soy un pobre mortal, no cuento ni en el espacio ni en el tiempo. Dios no se ocupa de Si existe, es como si no existiese.

     Razonamiento que antaño resumí en esta fórmula: «Soy ateo, gracias a Dios.» Fórmula que sólo en apariencia es contradictoria.

     Junto al azar, su hermano el misterio. El ateísmo –por lo menos, el mío– conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio.

     Puesto que me niego a hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me parece más misteriosa que el misterio, no me queda sino vivir en una cierta tiniebla. Lo acepto. Ninguna explicación, ni aun la más simple, vale para todos. Entre los dos misterios, yo he elegido el mío, pues, al menos, preserva mi libertad moral.

     Se me dice: ¿Y la Ciencia? ¿No intenta, por otros caminos, reducir el misterio que nos rodea?

     Quizá. Pero la Ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas. Un personaje de La Vía láctea decía: «Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.» No hay tal. En lo que a mí concierne, es incluso totalmente imposible. Yo he elegido mi lugar, está en el misterio. Sólo me queda respetarlo.

     La manía de comprender y, por consiguiente, de empequeñecer, de mediocrizar —toda mi vida, me han atosigado con preguntas imbéciles: ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello?—, es una de las desdichas de nuestra naturaleza. Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia.

     En alguna parte entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, libertad total del hombre. Esta libertad, como las otras, se la ha intentado reducir, borrar. A tal efecto, el cristianismo ha inventado el pecado de intención. Antaño, lo que yo imaginaba ser mi conciencia me prohibía ciertas imágenes: asesinar a mi hermano, acostarme con mi madre. Me decía: «¡Qué horror!», y rechazaba furiosamente estos pensamientos, desde mucho tiempo atrás malditos.

     Sólo hacia los sesenta o sesenta y cinco años de edad comprendí y acepté plenamente la inocencia de la imaginación. Necesité todo ese tiempo para admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí, que en manera alguna se trataba de lo que se llamaba «malos pensamientos», en manera alguna de un pecado, y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera.

     Desde entonces, lo acepto todo, me digo: «Bueno, me acuesto con mi madre, ¿y qué?», y casi al instante las imágenes del crimen o del incesto huyen de mí, expulsadas por mi indiferencia.

     La imaginación es nuestro primer privilegio. Inexplicable como el azar que la provoca. Durante toda mi vida me he esforzado por aceptar, sin intentar comprenderlas, las imágenes compulsivas que se me presentaban. Por ejemplo, en Sevilla, durante el rodaje de Ese oscuro objeto del deseo, al final de una escena y movido por una súbita inspiración, pedí bruscamente a Fernando Rey que cogiera un voluminoso saco de tramoyista que estaba sobre un banco y marchara con él a la espalda.

     Al mismo tiempo, percibía todo lo que de irracional había en este acto y lo temía un poco. Rodé, pues, dos versiones de la escena, con y sin el saco. Al día siguiente, durante la proyección, todo el equipo estaba de acuerdo —y yo también— en que la escena quedaba mejor con el saco. ¿Por qué? Imposible decirlo, so pena de caer en los estereotipos del psicoanálisis o de cualquier otra explicación.

     Psiquiatras y analistas de todas clases han escrito mucho sobre mis películas. Se los agradezco, pero nunca leo sus obras. No me interesa. Yo hablo en otro capítulo del psicoanálisis, terapéutica de clase. Y añado aquí que algunos analistas, desesperados, me han declarado «inanalizable», como si yo perteneciese a otra cultura, a otro tiempo, lo cual es posible, después de todo.

     A mi edad, dejo que hablen. Mi imaginación está siempre presente y me sostendrá en su inocencia inatacable hasta el fin de mis días. Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado. Estas antiguas tendencias se han acentuado en el transcurso de los años. Me retiro poco a poco. El año pasado calculé que en seis días, es decir, en 144 horas, no había tenido más que tres horas de conversación con mis amigos. El resto del tiempo, soledad, ensoñación, un vaso de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, un recuerdo que me sorprende, una imagen que me visita y, luego, una cosa lleva a la otra, y ya es de noche.

     Pido perdón si las páginas que preceden parecen confusas y pesadas. Estas reflexiones forman parte de una vida tanto como los detalles frívolos. No soy filósofo, ya que nunca he poseído capacidad de abstracción. Si algunos espíritus filosóficos, o que creen serlo, sonreían al leerme, bueno, me alegro de haberles hecho pasar un buen rato. Es un poco como si me encontrase de nuevo en el colegio de los Jesuitas de Zaragoza. El profesor señala con el dedo a un alumno y le dice: «¡Refúteme a Buñuel! » y es cuestión de dos minutos.


     Sólo espero haberme mostrado suficientemente claro. Un filósofo español, José Gaos, fallecido no hace mucho tiempo, escribía, como todos los filósofos, en una jerga inextricable. A alguien que se lo reprochaba, respondió un día: «¡Me tiene sin cuidado! La Filosofía es para los filósofos.» A lo cual, yo opondría la frase de André Breton: «Un filósofo a quien yo no entienda es un cerdo.» Comparto plenamente su opinión…, aunque a veces me cueste entender lo que dice Breton.


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