El gato bajo la lluvia


Hernest Hemingway


Sólo dos americanos había en aquel hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar.

Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.

La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio.

–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.

–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.

–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!

El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.

–No te mojes –le advirtió.

La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.

–Il piove –expresó la americana.

El dueño del hotel le resultaba simpático.

–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.

Se quedó detrás

Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.

Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.

–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.

Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.

–Ha perduto qualque cosa, signora?

–Había un gato aquí –contestó la americana.

–¿Un gato?

–Sí il gatto.

– ¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír– ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?

–Sí; se había refugiado en el banco –y después–: ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito.

Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.

–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.

–Me lo imagino –dijo la extranjera.

Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Il padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.

– ¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.

–Se fue.

– ¿Y dónde puede haberse ido? –preguntó él, abandonando la lectura.

La mujer se sentó en la cama.

– ¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba. No debe resultar agradable ser un pobre gatito bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo.

Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.

– ¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.

George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rasurada como la de un muchacho.

–A mí me gusta como está.

– ¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.

George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.

– ¡Caramba! Si estás muy bonita – dijo.

La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.

–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.

– ¿Sí? –dijo George.

–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

– ¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.

Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.

–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.

George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza.

 Alguien llamó a la puerta.

–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro.

En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato color carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.


–Con permiso –dijo la muchacha– il padrone me encargó que trajera esto para la signora.



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Carta de Oscar Wilde a Robert Ross



Prisión de Su Majestad, Reading

[Noviembre de 1896]

En cuanto a mí, querido Robbie, tengo poco que decirte para alegrarte. La negativa a condonar la sentencia ha sido como el golpe de una espada de plomo. Me ciega un movido sentimiento de dolor. Me había alimentado de la Verdad y ahora la Angustia, hambrienta, se cierne sobre como desfallecida y necesitada de su propio alimento. Hay, sin embargo, elementos más propicios en el aire de esta prisión de los que había antes: se me ha mostrado simpatía, y ya no me siento completamente aislado de influencias humanizadoras, algo que antes era una fuente de terror y preocupación. Y leo a Dante y hago extractos y tomo notas por el simple gusto de usar pluma y papel. Y parece como si estuviera mejor en muchos sentidos. Y voy a dedicarme a estudiar alemán; de hecho, éste parece el lugar apropiado para tal estudio. Hay una espina con todo –tan dolorosa como la de san Pablo, aunque distinta–, que tengo que sacarme de la carne en esta carta. Ha sido provocada por un mensaje que escribiste en un trozo de papel para que yo lo viera. Creo que si guardara el secreto crecería en mi cabeza (como las alimañas crecen en la oscuridad) y se harían un sitio entre los pensamientos terribles que me corroen…ya que el pensamiento no es, para quienes esperan solos, encadenados y en el silencio, “esa cosa viviente y atada”, como Platón imaginó, sino una cosa muerta que cría algo horrible, como el lodo que muestra monstruos a la luna.

Me refiero por supuesto, a lo que dijiste sobre perder las simpatías de otros, o el riesgo de que eso suceda, por culpa de la profunda amargura de los sentimientos que expresé sobre lord Alfred Douglas, y creo que mi carta se enseñó, a diversas personas, con la parte referida a él suprimida por medio de unas tijeras. Pues bien, no me gusta que mis cartas vayan enseñándose como curiosidades: me parece de mal gusto: te escribo con total libertad y eres uno de mis más queridos amigos, ahora y siempre; y con pocas excepciones, la simpatía de los demás me afecta; su pérdida muy poco. Ningún hombre en mi posición puede caer en la ciénaga de la vida sin que sus inferiores sientan gran piedad; y sé que si las obras duran demasiado, los espectadores se cansan. Mi tragedia ha durado demasiado: su clímax ha terminado: su final es mezquino; y tengo la seguridad de que cuando llegue de verdad el final retornaré a un mundo que no me quiere, como visitante no deseado; un revenant, como lo llaman en francés, como una persona con el rostro gris tras un largo encierro, y contorsionado por el dolor. Por horribles que sean los muertos cuando salen de sus tumbas, los vivos que salen de tumbas son aún más horribles.

De esto soy muy consciente. Cuando uno ha estado en una celda de prisión durante dieciocho meses, ve las cosas y la gente como son en realidad. Y verlo le convierte a uno en piedra. No creas que le culparía a él de mis vicios. Él tuvo tan poco que ver con eso como yo con los suyos. La naturaleza fue en este tema madrasta para ambos. Le culpo por no apreciar al hombre al que arruinó. Un millonario analfabeto le habría sido más conveniente. Mientras mi mesa estuviera roja de vino y rosas, ¿qué le importaba? Mi genio, mi vida como artista, mi trabajo y la tranquilidad que necesitaba para ello, no eran nada para él cuando se comparaban con su gusto, incontenido y bajo, por una vida de derroche y vulgaridad; su avaricia, sus escenas violentas y continuas; su egoísmo sin imaginación. Una y otra vez intenté, durante aquellos dos fatigosos años perdidos escapar, pero siempre me retuvo con él, sobre todo con amenazas de causarse daño. Pero cuando su padre vio en mí un modo de irritar a su hijo, y el hijo vio en mí la oportunidad de llevar a su padre a la ruina, y yo quedé entre dos personas deseosas de insana notoriedad, a quienes nada importaba, salvo su propio odio mutuo, cada uno empujándome por su parte, uno con tarjetas públicas y amenazas, el otro con escenas privada, o mejor dicho, semipúblicas y amenazas en cartas, pullas, comentarios sarcásticos… admito que perdí la cabeza. Le dejé hacer todo lo que le pareció. Estaba ciego, era incapaz de juicio. Di un paso fatal. Y ahora… aquí estoy en un banco de mi celda en prisión. En toda tragedia hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía. No pienses que no reconozco mi culpa. Me maldigo día y noche por consentirle que dominase mi vida. Si estas paredes tuvieran eco, se oiría en ella gritar “Idiota” eternamente. Estoy totalmente avergonzado de mi amistad con él. Pues a los hombres se les puede juzgar por sus amistades. Es una de las pruebas que define a un hombre. Y mi vergonzosa degradación me parece más mortificante por mi amistad con Alfred Douglas… cincuenta veces más… de lo que lo es, por ejemplo, por mi relación con Charley Parker, de quien puedes leer la historia en mi juicio. El primero es para mí fuente diaria de humillación mental. En el segundo no pienso nunca. No me molesta. Carece de importancia… De hecho, toda mi tragedia a veces no me parece otra cosa que una caricatura grotesca. Pues, como resultado de haberme dejado empujar a la trampa que me había tendido Queensberry –la trampa en la que apostó públicamente en el Club Orleans que me haría caer– como resultado de eso, el padre pasará a la historia como uno de esos grandes padres de historias morales: el hijo como el niño Samuel: y yo en la más detestable ciénaga de Malebolge, entre Gilles de Retz y el Márques de Sade. En ciertos lugares a nadie, excepto a quienes están realmente locos, se les permite reír, y de hecho, aún en este caso va contra el reglamento: de no ser por eso, me reiría de todo esto… Por lo demás, no permitas que Alfred Douglas imagine que le atribuyo motivos poco dignos. Lo cierto es que no ha tenido motivos en su vida. Los motivos son intelectuales. Lo que él tiene son pasiones. Y tales pasiones son Dioses Falsos que necesitan víctimas a cualquier precio, y en este caso han tenido una coronada de laurel. Por su parte no puede sino sentir cierto remordimiento. Pero que él de verdad se dé cuenta de lo que ha hecho sería una carga demasiado pesada que no podría soportar. Pero a veces debe de pensar en ello. Así que en tu carta cuéntame cómo vive, cuáles son sus ocupaciones, su modo de vida.

Y así en mi carta me he sacado la espina. Aquella línea garrapateada por ti me escocía intensamente. Ahora solo pienso en que tienes que ponerte bueno otra vez, y escribir por fin la maravillosa historia del pequeño restaurante con un extraño plato de pescado que se sirve a los clientes silenciosos. Por favor, recuérdame, con mi agradecimiento, a tu querida madre, y también a Aleck. La dorada Esfinge, supongo, está tan espléndida como siempre. Y envíales de mi parte todo lo que en mis pensamientos y sentimientos es bueno, y a la dama de Wimbledon, todas las reverencias y recuerdos que pueda aceptar, su alma es un santuario para quienes están heridos y un refugio para quienes sufren. No enseñes esta carta a nadie más, ni discutas lo que he escrito en tu respuesta. Háblame del mundo de sombras que tanto amé. Y de su vida y su alma háblame también. Siento curiosidad por quien me envenenó, y en mi dolor hay piedad.

Oscar


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Alucinaciones en torno a una mano muerta


Luis Buñuel

Un hombre está leyendo tranquilamente en su escritorio. Son alrededor de las once de la noche. Ante él, un grueso libro abierto.

En ese momento comienza a oírse de fondo una música sobrenatural.

Oímos, lejano, el canto de un gallo. Como un eco, se oye el mismo canto más cerca, pero con la banda sonora pasada al revés. Arde el fuego en la chimenea. Se oyen extraños ruidos. Uno de ellos despierta la atención y las temerosas sospechas del hombre: es como si una mano hubiera roto brutalmente las cuerdas de algún instrumento musical.

Son las once de la noche. Oímos el carillón de la torre de la iglesia desgranando las horas y, como reverberación de un eco, el mismo carillón, pero con el sonido al revés.

El hombre mira a su derecha. Ve el cordón del timbre de su habitación oscilar como movido por una mano. Decididamente alarmado, mira con miedo a su alrededor.

«Click, click, click.» (Sonido que recuerda el producido por el dedo medio al chasquear contra la base del pulgar).

«Click, click, click.»

Un libro cae del anaquel. Se desmoronan los troncos en la chimenea.

El hombre seca el sudor de su frente con un gran pañuelo, que coloca ante él, en la mesa, nerviosamente.

«Click, click, click.»

Esta vez el ruido llega desde la mesa, cerca del pañuelo. El hombre está muy asustado.

Ve como el pañuelo se mueve lentamente. Sus pliegues se mueven como los pétalos de una flor carnívora. (Esta toma y las siguientes con el pañuelo y la mano, al ralentí).

Súbitamente, la más inesperada y horrible cara aparece entre los pliegues del pañuelo, que envuelve el extraño rostro como un sudario.

El rostro no tiene frente, y entre los dos minúsculos e inhumanos ojos negros una nariz afilada y fofa sobresale encima de una boca sin dientes y solamente dotada de mandíbula inferior. Este rostro se convierte lenta e inesperadamente en una mano que empieza a deslizarse hacia el aterrorizado personaje. (Esta cara está formada por una mano cuyo dedo medio corazón hace de nariz, formando el pulgar la mandíbula inferior. Los ojos son dos puntos negros como dos perdigones.)

El hombre se levanta y retrocede, mientras la mano continúa deslizándose. (En todo momento ha de verse la mano deslizarse y no caminar, porque entonces podría ser asociada de inmediato con la representación de una rata común).

Cuando la mano alcanza el borde de la mesa, cae al suelo de plano, produciendo un ruido similar al de una palma abierta al golpear un montón de masa.

La mano permanece un momento inerte, atontada sobre el suelo.

El hombre empieza a reaccionar. Su miedo va trocándose en rabia, pero aún retrocede cuando la mano inicia de nuevo su avance. El hombre se rehace y rebusca en sus bolsillos como si intentase encontrar un arma. No tiene nada. Mira en torno suyo buscando algo con que aniquilar a su obstinado enemigo.

Cerca de él ve una pequeña estatua de bronce sobre un pesado podio de mármol. Rápidamente, aparta la estatua, levanta el podio en sus brazos con fuerza y lo deja caer con furiosa decisión sobre la atosigante mano. Queda casi destrozada. Dos o tres dedos sobresalen de la base del podio. Los ojos del hombre se abren sorprendidos.

El podio se desliza en dirección suya. La mano carga con él como un caracol su concha.

Aparta el podio a puntapiés a toda prisa e inclinándose coge la mano por el dedo corazón. Los otros dedos cuelgan lastimosamente, fofos e inarticulados como un guante.

El hombre se dirige a la ventana, la abre y arroja fuera la mano, pero apenas ha conseguido desembarazarse de ella cuando la mano regresa como empujada por un viento imaginario y se estrella contra su cara con la palma abierta, repitiendo el característico ruido de una mano que golpea la masa.

El hombre agarra otra vez la mano y la tira por la ventana, cerrándola de inmediato. Esta vez está seguro de haberse librado de ella.

Aún jadeante regresa hacia su escritorio, cuando de pronto su rostro se contrae con repulsión y horror. Con las manos en su pecho y los ojos desorbitados ve cómo los dedos de la mano salen lentamente de su camisa medio abierta y la mano emerge de su propio pecho.

Loco de rabia, coge con decisión el órgano mutilado y lo sujeta furiosamente con su mano izquierda mientras empuña una daga con la derecha.

Se dirige a la mesa y coloca la mano muerta sobre ella.

Las dos manos izquierdas, la viva y la muerta. El espectador desconoce cúal de las dos manos es la muerta.

Primer plano del hombre con el rostro enfurecido y alzando la mano derecha, en la que empuña la daga, mientras dirige una mirada de odio a las manos situadas sobre la mesa. Baja la daga. Hace descender el puñal.

Primer plano de las dos manos izquierdas. El puñal atraviesa una de ellas. Alarido de dolor. Una de las manos ha quedado clavada contra la mesa por la daga. La otra comienza a deslizarse. El hombre ha atravesado su propia mano.

Con decisión, extrae la daga y detiene la mano deslizante con un simple golpe de puñal, clavando por fin la mano muerta sobre la mesa.



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Psicología experimental — Razonamiento



Una preocupación fundamental que impera en muchos psicólogos ha sido la naturaleza del pensamiento humano. En general éste no se presta a los métodos experimentales de la psicología, ya que resulta complicado controlarlos experimentalmente. Algunos pensamientos empero han demostrado ser sensible a programas experimentales —el razonamiento, concretamente—. Ello se debe a que muchos problemas de razonamiento pueden formularse según una estructura E-R: el experimentador plantea el problema (estímulo) y el sujeto tiene que llegar a una conclusión (respuesta).  Innumerables cuestiones pueden formularse de manera engañosa, lo que permite variaciones abiertas, de modo que el experimentador puede ejercer un control sustancial. El problema de las cuatro cartas de Wason, es un ejemplo de esto.

     La estructura experimental que necesita la psicología de investigación metódica y sistemática se consigue con mayor facilidad cuando los sujetos son capaces de recibir instrucciones y pueden funcionar en situaciones sencillas. Gran parte de la psicología social, que implica interacciones complejas entre personas, es más difícil de estudiar  experimentalmente, debido a la menor flexibilidad de los sujetos, como sucede en las poblaciones  infantil y clínica. La psicología experimental ha recibido críticas por ser demasiado restrictiva, ya que la observación de seres humanos y animales no humanos, no abarca un espectro suficientemente amplio de ambientes; es decir, se plantean dudas sobre su validez ecológica. En otras palabras, podemos considerar sus técnicas  demasiado alejadas de la experiencia cotidiana.

Las cuatro cartas de Wason


Hay cuatro cartas: cada una tiene una letra en una cara y un número en la otra. Las cuatro cartas se encuentran colocadas sobre una mesa, de modo que sólo es visible un lado de cada una. El experimentador dice al sujeto que aplique la siguiente regla: «Si una carta tiene una A en un lado, debe tener un número par en la otra cara». Las cuatro cartas visibles son A, B, 2 y 7. ¿Qué cartas debería levantar el sujeto para comprobar si ha cumplido la regla? El sujeto sólo puede levantar dos cartas.

     La respuesta es la carta que muestra la A y el 7; la carta «B» es irrelevante porque no hay predicción para B; las carta «2» es irrelevante ya que podría tener una A o una B, sin romper la regla; la carta «7» es crucial, ya que si se encuentra A en el otro lado, se rompe la regla. Este problema —en apariencia sencillo— se ha demostrado difícil incluso a las mentes más brillantes, y también es preciso señalar que es sensible al contexto: si se vuelve a formular la regla en términos más cotidianos —«si ha bebido más de una cerveza, no debe conducir un auto»—, y se marcan las cartas «conducir», «no conducir», «no más de una cerveza» el problema resulta particularmente más sencillo. El por qué no se sabe del todo, pero lo atribuyo a la capacidad de pensamiento abstracto, cosa que se le complica  a más de uno, concretamente en los números. También es preciso señalar un estudio realizado por Almor y Sloman donde se relacionado el problema, concretamente a la representación en la memoria y la selección de la misma, donde el problema no es precisamente de razonamiento, sino, por el contrario, del procesamiento de lenguaje, de la memoria y de interpretación.



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Teoría de juegos — Los indios americanos



La teoría de juegos es el estudio de los problemas (o juegos) en los que los «jugadores» poseen ciertos objetivos específicos y se comportan de un modo determinado, a fin de alcanzar dichos objetivos. Las acciones del conjunto de jugadores determinan el modo de jugar de cada uno de ellos y la solución de un juego suele requerir que el jugador analice las acciones que son del interés  de los otros participantes. Esta teoría la ilustraré con el siguiente ejemplo:


     Un jefe indio americano tiene cinco prisioneros, A, B, C, D y E, por lo que idea una prueba para decidir quién de ellos queda libre. El jefe indio coloca plumas rojas detrás de las cabezas de A y B, y plumas  blancas en las cabezas de los demás prisioneros. Tras hacer esto les dice que al menos hay una pluma roja y que el resto son blancas. Los prisioneros se ven una vez al día, pero no pueden comunicarse entre ellos. El conflicto consiste en que si adivinan el color de su pluma quedan libres, pero si se equivocan serán ejecutados. La pregunta es cuánto tiempo tardará A en adivinar el color de su pluma.



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Bhagavad Gita



El gran poema épico, el Mahabharata, nos cuenta en su sexto libro conocido como Bhagavad Gita (El Canto del Señor), una de las enseñanzas más polémicas y extendidas del hinduismo:

     Cuando la guerra de Kurukshetra comenzó, Arjuna le declaró a Krishna: «Por favor, coloca mi cuadriga entre las dos formaciones de batalla de modo que pueda ver a los que están sedientos de guerra.» Arjuna avanza en su carro de guerra hacia las tropas enemigas, está dispuesto a exterminar a cuantos enemigos pueda. Arjuna empero, distingue en el campo de batalla a varios amigos y familiares, aquellos mortales que Arjuna siempre había estimado. Arjuna, oprimido por la pesadumbre, se planteó la posibilidad de abandonar el combate, ante lo cual declaró « Mi cuerpo tiembla, mi boca está reseca, mis miembros flaquean, mis cabellos se erizan. El arco se me escurre de la mano y mi mente se tambalea. Me cuesta incluso permanecer en pie. Krishna, yo no busco la victoria sobre mis presentes enemigos. No busco reino ni comodidad. Déjalos atacar. No lanzaré mi arma contra ellos, ¡siquiera por la suprema soberanía de los tres mundos, y mucho menos de la tierra!». Ante la declaración de Arjuna, el auriga que conduce su carro de combate revela su identidad; es el gran dios Krishna, aleccionándole sobre su deber: « ¡No te rindas a la flaqueza! Tu corazón ha sido siempre un perfecto extraño del temor. Esta es una batalla divina, por tanto no temas dar muerte a otros, ni ser matado. La realidad que abarca el universo es la Vida inmortal. El cuerpo es perecedero. El alma, lo real en el hombre. El alma no mata ni es matada. Más allá del nacimiento y la muerte, constante y eterna, está el alma. El conocedor de esta verdad ni extermina ni es exterminado.»

     En este relato Krishna le enseña a Arjuna (al hinduismo) que el temor de asesinar —o ser asesinado— es injustificado; en este mundo de apariencias contradictorias y engañosas, lo verdaderamente significativo — Brahmā— no puede ser destruido por la acción humana. A cada humano le atañe actuar como lo que es —en el caso de Arjuna, como guerrero peleando en la batalla de Kurukshetra—. Así, nos encontramos con una de las enseñanzas fundamentales del hinduismo, es decir; el desapego: « Sólo a la acción tienes derecho, y nunca a sus frutos; no dejes que los frutos de la acción sean tu motivo; ni tampoco albergues en ti ningún apego a la inacción […] realiza siempre los trabajos que hay que hacer sin apego, porque el hombre alcanza lo más alto mediante el trabajo sin apego». La doctrina consiste en regirnos como si no lo hiciéramos, en actuar sin que nuestro talante se perturbe por el deseo, el amor, el odio, la esperanza o el temor.

     Octavio Paz, gran conocedor de la doctrina hindú, en su libro Vislumbres de la India, nos dice lo siguiente, a propósito del poema Bhagavad Gita: «El desprendimiento de Arjuna, es un acto íntimo, una renuncia a sí mismo y a sus apetitos, un acto de heroísmo espiritual y que, sin embargo, no revela amor al prójimo. Arjuna no salva a nadie excepto a sí mismo, lo menos que se puede decir es que Krishna predica un desinterés sin filantropía.»




Descarga: Bhagavad Gita

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La vida en común (extracto)


«El niño busca captar la mirada de su madre no solamente para que ésta acuda a alimentarlo o reconfortarlo, sino porque esa mirada en sí misma le aporta un complemento indispensable: le confirma en su existencia: [...] Como si supiesen la importancia de ese momento —aunque no sea así—, el padre o la madre y el hijo, pueden contemplarse durante un periodo sempiterno a los ojos; esta acción sería completamente excepcional en la edad adulta, cuando una mirada mutua de más de diez segundos no puede significar más que dos cosas: que las dos personas se van a batir o, por el contrario, harán el amor.»


La vida en común, Tzvetan Todorov

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