Teatro Cartesiano


David Hume, en cierta ocasión inquirió: «Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo.»

     El filósofo estadounidense Daniel Dannett, llamó a este proceso el «Teatro Cartesiano», es decir, una especie de quimera en la cual, en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

      El cerebro no es un órgano pasivo, receptor de información, sino que el acto de la percepción es un proceso activo en el que el cerebro tiene «mucho que decir». Si tomamos el ejemplo de la visión, lo que constatamos es que cuando miramos a un árbol, por ejemplo, la luz que se refleja en sus hojas son radiaciones electro-magnéticas que inciden sobre los fotorreceptores de la retina del ojo produciendo una cascada de reacciones químicas que se traducen en impulsos nerviosos que, tras un recorrido, llegan a la corteza visual donde estos impulsos se integran y procesan. En la corteza los datos sufren un proceso complicado que detecta la forma, los patrones, los colores y el movimiento; luego el cerebro lo integra para formar un todo coherente. De pronto aparece la imagen de un árbol en nuestra mente, lo que supone un auténtico misterio. Esa imagen la genera nuestra mente. En esta descripción se habla de una realidad que la mente no crea, y que se encuentra fuera de ella, es decir; las ondas electromagnéticas. Éstas son transformadas en impulsos nerviosos mediante las reacciones químicas que se desencadenan en los órganos sensoriales al incidir en ellos. Estos impulsos nerviosos tampoco son generados por la mente, sino por el contrario, son concebidos como los datos a partir de los cuales la mente crea, en su interior —y de acuerdo con sus propios criterios de interpretación—, una imagen, una representación de la realidad.
     Asimismo se afirma que sólo conocemos nuestras propias creaciones. Pero no se repara en que la concepción de la realidad como ondas electromagnéticas es una teoría, es decir, una imagen científica de nuestra mente; una creación tanto o más artificial que los sonidos, los colores, los sabores, etcétera. Por lo tanto, lo que es presentado como una simple descripción, una «constatación» del proceso de la percepción, en realidad es el producto de correlacionar dos imágenes, dos «puntos de vista», el científico y el introspectivo, otorgando inexplicablemente al primero el valor de realidad y al segundo el de apariencia. Tal yuxtaposición presupone lo que se pretende demostrar: que la mente carece de realidad; la cual explica el carácter repentino y misterioso de la aparición de la imagen mental, así como la naturaleza ambigua de la mente.


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Tractatus (Aforismos)


Los siete aforismos principales contenidos en el Tractatus son los siguientes:

1. El mundo es todo lo que acaece.

2. Lo que acaece, el hecho, es la existencia de estados de cosas.

3. La representación lógica de los hechos es el pensamiento.

4. El pensamiento es la proposición con sentido.

5. La proposición es una función veritativa de proposiciones elementales (la proposición elemental es una función veritativa de sí misma).

6. La forma general de la proposición es: [¬p,¬X, N ¬(X)]. Esta es la forma general de la proposición.

7. Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar.

El componente nuclear y originario es el análisis de la proposición o del lenguaje (3-6) y la aplicación de sus resultados al análisis,  a su vez, de los lenguajes científicos: lógico, matemático, científico-natural (6.1-6.4), con un intermedio en el que expresa su idea de la función de la filosofía dentro de este sistema (4.11-4.12), idea que especificará metodológicamente al final del libro (6.53).

     El análisis lógico que se ha hecho del lenguaje (proposición), de su ámbito de sentido (ciencia) y de la propia actividad crítico-lingüística o lógico-analítica (filosofía) aboca a una consideración del polo metafísico u ontológico del lenguaje: el mundo. Se trata por consiguiente, de analizar —lógicamente también— el mundo y el intermediario epistemológico entre lenguaje y mundo: la figura (2.1-3), con un inciso —epistemológico también— sobre el pensamiento (3-3.1).

     Se cuenta así, con un componente lógico y otro metafísico-espistemológico, junto con una caracterización general del quehacer filosófico. Discursivamente Witt se nos presenta en cuatro formas, siendo éstas: la Metafísica, Epistemología, Lógica y la Teoría de la Ciencia.

Link de descarga: http://goo.gl/KBenlz


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La "Ley de los tres estadios" de Comte


Auguste Comte sostuvo que la sociedad era como un organismo, el cual se regía por unas leyes que gobernaban las instituciones humanas, parecidas a aquellas que regulaban la naturaleza. Por lo que formuló un sistema de leyes que formarían las bases para la reorganización de la sociedad -Comte juzgó esta secuencia de estadios como indicación de que la sociedad estaba progresando hacía un futuro mejor-.

Esta ley de los tres estadios, como Comte la llamó, describía la evolución social e intelectual de la humanidad en los siguientes términos:

•Un estadio teológico, en el que los seres vivos buscan una expicación divina para los acontecimientos.

•Un estadio metafísico, en el que las respuestas se buscan en la naturaleza.

•Un estadio positivo, en el que las leyes por descubrir son consideradas como principios orientadores.

Los términos que utilizó Comte para referirse a la conducta de la sociología, fueron la base de estudio de John Stuart Mill, sucesor de Bentham y máximo exponente del utilitarismo. Así como de Émile  Durkheim que más que ningún otro, utilizó exhaustivamente el método positivista.

Libros:

Curso de filosofía positiva: http://goo.gl/vJemNV
Discurso sobre el espíritu positivo: http://goo.gl/b4gfb3


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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán como una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te ensimismas
en el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos también nosotros
que eres la vida y eres la nada.

Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
resurgir un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados
Bajaremos al abismo silenciosos.

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Decálogo azoriniano


    I. Poner una cosa después de otra y no mirar a los lados.
   II. No entretenerse.
  III. Si un sustantivo necesita un adjetivo, no lo carguemos con dos.
  IV. El mayor enemigo del estilo es la lentitud.
   V. Nuestra mayor amiga es la elipsis.
  VI. Dos cualidades esenciales tienen los vocablos; una de ellas es el color.
 VII. La otra cualidad de los vocablos es el movimiento.
VIII. No generalices.
   IX. No concluyas
    X. Estos aforismos no son inconcusos.

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La Recepción


     La mirada infinita de Philobiblon no se apartaba de la Luna, cuyos haces de luz blanca, iluminaban la estancia; mientras aquel seguía esperando a su invitada especial, el Discernimiento atendió a la puerta, cediendo el paso a la Ideas, acompañadas de las Letras y las Palabras, tras ellas hicieron su aparición el Papel y la Pluma, formando una gran pareja.

     Inmediatamente apareció el Recuerdo, y de su brazo, cual novia amante, la Melancolía. La Reflexión, acompañada de la Meditación, hizo su aparición.

     Mientras el Discernimiento —vestido de etiqueta— hacía los preparativos para la presentación de la orquesta, Philobiblon, con el semblante descompuesto, se preguntaba sobre la  ausencia de la principal invitada. Al ver ésto se acercó —sonriendo comprensiva — la Razón, tras lo cual señaló:

     —Pero... si fue la primera en llegar.

     Al dudar de lo que escuchaba, Philobiblon corrió en busca de Sophia. La Razón no mentía, Sophia, en efecto, se encontraba en la estancia, pero Philobiblon no podía reconocerla. Sophia se encontraba sentada en el piso, acurrucada en un rincón con las manos entre las piernas, su mirada vacía y opaca parecía caminar sobre la nada; de cada uno de sus ojos brotaban lágrimas doradas, y casi al unisono y con rapidez, cedieron su paso a un inconsolable llanto. Sophia, cobijada por el Manto Dorado de la Sabiduría, declaró:

     «Vuestra Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza son superiores a lo que yo os puedo ofrecer, pero, si lo deseáis os abro las puertas del conocimiento, con la condición de que seáis vosotros los que me guíen por el sendero, hacía la Verdad.»


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Budeidad


Estado logrado por un Buda. Última meta de la práctica budista. El más elevado de los Diez Estados.

     El estado de iluminación se emplea, a menudo, como sinónimo de Budeidad. Se define la Budeidad como un estado de perfecta libertad, en el que se ha despertado a la eterna y última verdad, que es la realidad de todas las cosas. Lo caracterizan la sabiduría ilimitada y la misericordia infinita.

      Este estado, se manifiesta cuando uno desarrolla, a través de la invocación del daimoku (Nam Myoho Renge Kyo), la sabiduría para comprender la esencia de su propia vida, que palpita en perfecta armonía con el ritmo del universo y continúa existiendo desde el infinito pasado hasta el eterno futuro.

     La Budeidad es la condición ideal que uno experimenta en lo profundo de la vida, a medida que continúa actuando con benevolencia en el que hacer cotidiano. Se manifiesta en la vida diaria, en las acciones de un bodhisattva.


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