The Clockwork Orange

«Nuestro sujeto se siente impulsado hacia el bien porque paradójicamente se siente impulsado hacia el mal. La intención de recurrir a la violencia aparece acompañada por hondos sentimientos de incomodidad física. Para aliviarlos, el sujeto tiene que pasar a una actitud diametralmente opuesta.»

La naranja mecánica cuenta la historia del nadsat-adolescente Alex y sus tres drugos-amigos en un mundo de crueldad y destrucción. Alex tiene —ha escrito Burgess—, «los principales atributos humanos; amor a la agresión, amor al lenguaje y amor a la belleza. Pero es joven y no ha entendido aún la verdadera importancia de la libertad, la que disfruta de un modo tan violento. En cierto sentido vive en el Edén, y sólo cuando cae (como en verdad le ocurre, desde una ventana) parece capaz de llegar a transformarse en un verdadero ser humano».


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En el monte de los olivos

     

El invierno, mal huésped, se ha asentado en mi casa; azuladas se han puesto mis manos del apretón de manos de su amistad.

     Yo honro a este mal huésped, pero me gusta dejarlo solo. Me gusta alejarme de él; ¡y si uno corre bien, consigue escaparse de él! Con pies calientes y pensamientos calientes corro yo hacia donde el viento está tranquilo, hacia el rincón soleado de mi monte de los olivos.

     Allí me río de mi severo huésped, y hasta le estoy agradecido porque me expulsa de casa las moscas y hace callar muchos pequeños ruidos.
     Él no soporta, en efecto, que se ponga a cantar un solo mosquito, y mucho menos dos; incluso a la calleja la deja tan solitaria que la luna tiene miedo de penetrar en ella por la noche.
     Es un huésped duro, pero yo lo honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego.
     ¡Es preferible dar un poco diente con diente que adorar ídolos! así lo quiere mi modo de ser. Y soy especialmente hostil a todos los ardorosos, humeantes y enmohecidos ídolos del fuego.
     A quien yo amo, lo amo mejor en el invierno que en el verano; y ahora me burlo de mis enemigos, y lo hago más cordialmente desde que el invierno se ha asentado en mi casa.
     Cordialmente en verdad, incluso cuando me arrastro a la cama: allí continúa riendo y gallardeando mi encogida felicidad; incluso mis sueños embusteros se ríen.
     ¿Yo uno que se arrastra? Jamás me he arrastrado en mi vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por ello estoy contento incluso en la cama de invierno.
     Una cama sencilla me calienta más que una cama rica, pues estoy celoso de mi pobreza.
     Y en invierno es cuando ella más fiel me es.
     Con una maldad comienzo cada día, con un baño frío me burlo del invierno: eso hace gruñir a mi severo amigo de casa. También me gusta hacerle cosquillas con una velita de cera: para que permita por fin que el cielo salga de un crepúsculo ceniciento.
     Especialmente maligno soy, ciertamente, por la mañana: a una hora temprana, cuando el cubo rechina en el pozo y los caballos relinchan por las grises callejas: aguardo impaciente a que acabe de levantarse el cielo luminoso, el cielo invernal de barbas de nieve, el anciano de blanca cabeza, ¡el cielo invernal, callado, que a menudo guarda en secreto incluso su sol! ¿Acaso de él he aprendido yo el prolongado y luminoso callar? ¿O lo ha aprendido él de mí? ¿O acaso cada uno de nosotros lo ha inventado por sí solo? El origen de todas las cosas buenas es de mil formas diferentes, todas las cosas buenas y petulantes saltan de placer a la existencia: ¡cómo iban a hacerlo tan sólo una sola vez! Una cosa buena y petulante es también el largo silencio y el mirar, lo mismo que el cielo invernal, desde un rostro luminoso de ojos redondos: como él, guardar en secreto el propio sol y la propia indómita voluntad solar: ¡en verdad, ese arte y esa invernal petulancia los he aprendido bien! Mi maldad y mi arte más queridos están en que mi silencio haya aprendido a no delatarse por el callar.
     Haciendo ruido con palabras y con dados consigo yo engañar a mis solemnes guardianes: a todos esos severos espías deben escabullírseles mi voluntad y mi finalidad.
     Para que nadie hunda su mirada en mi fondo y en mi voluntad última, para ello me he inventado el prolongado y luminoso callar.
     Así he encontrado a más de una persona inteligente: se cubría el rostro con velos y enturbiaba su agua para que nadie pudiera verla a través de aquéllos y hacia abajo de ésta.
     Pero cabalmente a él acudían hombres desconfiados y cascanueces aún más inteligentes: ¡cabalmente a él le pescaban su pez más escondido! Pero los luminosos, los bravos, los transparentes ésos son para mí los más inteligentes de todos los que callan: su fondo es tan profundo que ni siquiera el agua más clara lo traiciona. ¡Tú silencioso cielo invernal de barbas de nieve, tú cabeza blanca de redondos ojos por encima de mí! ¡Oh tú símbolo celeste de mi alma y de su petulancia! ¿Y no tengo que esconderme, como alguien que ha tragado oro, para que no me abran con un cuchillo el alma? ¿No tengo que llevar zancos, para que no vean mis largas piernas, todos esos envidiosos y apenados que me rodean? Esas almas sahumadas, caldeadas, consumidas, verdinosas, amargadas ¡cómo podría su envidia soportar mi felicidad! Por ello les enseño tan sólo el hielo y el invierno sobre mis cumbres ¡y no que mi montaña se ciñe también en torno a sí todos los cinturones del sol! Ellos oyen silbar tan sólo mis tempestades invernales: y no que yo navego también por mares cálidos, como lo hacen los anhelosos, graves, ardientes vientos del sur.
     Ellos continúan sintiendo lástima de mis reveses y de mis azares: pero mi palabra dice: «¡Dejad venir a mí el azar: es inocente, como un niño pequeño!».
     ¡Cómo podrían ellos soportar mi felicidad si yo no colocara en torno a ella reveses, y miserias invernales, y gorras de oso blanco, y velos de cielo nevoso! ¡si yo no tuviera lástima aun de su compasión: de la compasión de esos envidiosos y apenados! ¡si yo mismo no suspirase y temblase de frío ante ellos, y no me dejase envolver pacientemente en su misericordia! Ésta es la sabia petulancia y la sabia benevolencia de mi alma, el no ocultar su invierno ni sus tempestades de frío; tampoco oculta sus sabañones.
     La soledad de uno es la huida propia del enfermo; la soledad de otro, la huida de los enfermos.
     ¡Que me oigan crujir y sollozar, a causa del frío del invierno, todos esos pobres y bizcos bribones que me rodean! Con tales suspiros y crujidos huyo incluso de sus cuartos caldeados.
     Que me compadezcan y sollocen conmigo a causa de mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento él nos helará incluso a nosotros!», así se lamentan.
     Entretanto yo corro con pies calientes de un lado para otro en mi monte de los olivos: en el rincón soleado de mi monte de los olivos yo canto y me burlo de toda compasión.

Así cantó Zaratustra

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Carta de despedida del Che a Fidel

"Año de la Agricultura"

Habana

Fidel:

Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos.
     Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.
     Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo que ya es mío.
     Hago formal renuncia de mis cargos en la Dirección del Partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos.
     Haciendo un recuento de mi vida pasada creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario. 
     Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario.
     He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la Crisis del Caribe.
     Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.
     Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.
     Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes; luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.
     Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo al que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra Revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano, y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea. Que no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.
     Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.

Hasta la victoria siempre, ¡Patria o Muerte!
Te abraza con todo fervor revolucionario,


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Los diez mandamientos de Russell


1. No estés absolutamente seguro de nada.

2. No creas conveniente actuar ocultando pruebas,
pues las pruebas terminan por salir a la luz.

3. Nunca intentes oponerte al raciocino, pues seguramente
lo conseguirás.

4. Cuando encuentres oposición, aunque provenga de
tu esposo o de tus hijos, trata de superarla por medio
de la razón y no de la autoridad, pues una victoria
que dependa de la autoridad es irreal e ilusoria.

5. No respetes la autoridad de los demás, pues siempre
se encuentran autoridades enfrentadas.

6. No utilices la fuerza para suprimir las ideas que crees perniciosas, pues si lo haces, ellas te suprimirán a ti.

7. No temas ser extravagante en tus ideas, pues todas la ideas ahora aceptadas fueron en su día extravagantes.

8. Disfruta más con la discrepancia inteligente que con la conformidad pasiva, pues si valoras la inteligencia como debieras, aquélla significa un acuerdo más profundo
que ésta.

9. Muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando tratas de ocultarla.

10. No sientas envidia de la felicidad de los que viven en el paraíso de los necios, pues sólo un necio pensará que eso es la felicidad.

Bertrand Russell

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El significado y uso de un Mándala


Alexander Berzin, diciembre de 2009

Mándalas sobre la base de los empoderamientos que son conferidos


Discos simbólicos de los mándalas

La práctica tántrica incluye visualizaciones de varios discos redondos de mándalas simbólicos. Los más comunes son discos de mándalas del sol y la luna que representan, respectivamente, el entendimiento de la vacuidad y del objetivo de la bodichita de alcanzar la iluminación para poder ayudar de la mejor manera a todos los demás.

Los cinco elementos externos y corporales (tierra, agua, fuego, viento y espacio) son comúnmente representados por discos de mándalas simbólicos con las formas y los colores usados convencionalmente en el budismo. Por ejemplo, un disco de mándala amarillo y cuadrado representa al elemento tierra.

En el sistema kalachakra, los discos redondos simbólicos de los mándalas de los cuatro cuerpos celestiales involucrados en eclipses, la luna, el sol, Rahu y Kalagni (los nodos norte y sur de la luna), representan a cuatro gotas de energía sutil dentro del cuerpo sutil. Éstas son las gotas de energía del estado de vigilia, del estado de sueño, del estado de sueño profundo, y del cuarto estado cúspide.

Palacios mándala

La mayoría de los sistemas de figuras búdicas incluyen un palacio mándala, a menudo llamados palacios inconmensurablemente magníficos (gzhal-yaskhang), en el cual residen las figuras búdicas del sistema. La estructura de los palacios emula a los antiguos palacios indios, aunque los techos sugieren una influencia china. Los palacios son cuadrados, generalmente con dos pisos, aunque a veces cuentan con más, y tienen portales que conducen a pasillos de entrada a cada lado y un arco al final de cada portal. Los muros tienen múltiples capas de grosor y rematan con molduras y otros rasgos complejos de estructuras ornamentales enjoyadas.

Cada rasgo arquitectónico representa un aspecto particular del camino a la iluminación. Por ejemplo, en referencia al mándala de Vajrabairava, los cuatro lados del palacio representan las cuatro verdades nobles, los cinco colores del piso y de las capas de los muros representan los cinco tipos de conciencia profunda, etcétera.


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Sobre Metafísica: De las antinomias


Cuando la razón se eleva especulativamente en la serie de condiciones silogísticas hasta lo incondicionado, cae en afirmaciones antitéticas como se puede exhibir al intentarlo acerca de la idea de  mundo a título de unidad absoluta de todos los fenómenos.
     Kant llama a estas afirmaciones antinomias de la razón, y cosmología racional, a la disciplina que las construye. Las antinomias son conflictos de la razón consigo misma superarlas significa el despertar del sueño dogmático, que, al margen de toda crítica, cree en un saber absoluto.

     La exposición y elucidación de la antinomias, la antitética, como la llama Kant, se ofrece en cuatro grupos, a tenor de las cuatro clases de categorías, así como hice en los paralogismos. Las que afectan a la cantidad y cualidad del mundo, se llaman antinomias matemáticas; dinámicas, a las que tienen que ver con su relación y modalidad.

1) Antinomia de la cantidad

TESIS
     El mundo tiene un comienzo en el tiempo, y se halla limitado en el espacio.
ANTITESIS
El mundo no tiene comienzo en el tiempo ni limite en el espacio.

     Ha de tener un comienzo, ya que en caso contrario, hasta el momento del tiempo que se elija, habría transcurrido —contando hacía atrás—, una serie infinita de estados sucesivos, y una serie infinita nunca puede terminarse; lo que es una flagrante contradicción. Por la misma razón, tiene que haber un límite en el espacio, ya que si el mundo fuese espacialmente ilimitado, el recuento de todas las cosas coexistentes conduciría también a la contradicción de una serie infinita completa.
     Por otra parte (la antítesis) no puede tener comienzo, ya que antes de éste habría debido existir un tiempo vacío, y en un tiempo vacío no puede surgir cosa alguna. Tampoco puede tener límites espaciales, ya que en dicho caso, debería estar limitado por el espacio vacío, es decir, estar en una relación determinada con algo que no es un objeto.

2) Antinomia de la cualidad (de su naturaleza íntima)

TESIS
Todo en el mundo es simple o compuesto de lo simple.
ANTITESIS
Nada en el mundo es simple o compuesto de lo simple.

     En caso de que las cosas no constaran de partículas simples no susceptibles de ulterior división, al suprimir toda composición no quedaría algo de que pudiera constar, y si, por el contrario, se supone se supone que constan de partes simples, éstas tienen que ocupar un espacio si han de formar algo extenso. Ahora bien: si ocupan un espacio ya no son simples.

3) Antinomia de la relación

TESIS
Hay en el mundo una causalidad según leyes de la libertad. Existe libertad en el mundo.
ANTITESIS
No hay ninguna libertad. Todo en el mundo ocurre según leyes naturales.

     La tesis dice que para explicar la totalidad del acaecer, es necesario suponer también la libertad, ya que según las leyes de la naturaleza, todo hecho tiene que explicarse procediendo de otro anterior y, en consecuencia, si —según las leyes naturales—, fuese la causalidad la única y, además de ella, no hubiese una espontaneidad que iniciar por sí misma una serie de causas naturales, nunca podría llegarse a un primer comienzo, y por ende, a una explicación suficiente de lo causado.
     Por otra parte, la antítesis: no existe libertad sino que todo sucede según leyes naturales, parece —por la vía silogística—, igualmente correcta. en efecto, para que hubiese causalidad libre se requeriría que su actividad no fuese en modo alguno consecuencia de sus estados anteriores, y semejante causalidad se opondría a la ley de causalidad, haciendo imposible la unidad de la experiencia.

4) Antinomia de la modalidad

TESIS
Pertenece al mundo como su causa un ser necesario.
ANTITESIS
No existe ningún ser necesario en el mundo.

     La demostración de la tesis es análoga a la prueba de la existencia de las causas libres. El mundo es una serie de efectos. Cada efecto, para producirse, supone una serie determinada de causas; por consiguiente, una causa primera, una existencia no contingente, sino necesaria.
     Respecto a la antítesis hay que argüir que todo origen es un momento del tiempo. Un origen absoluto sería, por consiguiente, un momento de duración momento precedente; lo que hay que rechazar, puesto que la idea de duración no tiene lazo de continuidad: es ininterrumpida. Luego, no hay ser necesario en el origen de las cosas.

     Todas estas tesis y antítesis parecen igualmente aceptables —según Kant—. ¿Por qué? Porque se ha puesto en práctica un uso especulativo de la razón, sin advertirlo, sucumbiendo a una equivocidad. La ilusión trascendental de tales argucias abstractas reside en que se afirman o niegan, conforme a principios que sólo regulan hechos de la experiencia, supuestos conocimientos que caen más allá de la experiencia posible, ello es, se trata únicamente de noúmenos, no de fenómenos. En otros términos, se confunde lo real con lo noumenal.


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Sobre la mente II



La mayoría de los humanitos creemos —a no ser que estemos bajo coaccción, pasando por algún  trastorno psicológico o, padeciendo una patología cerebral— tener capacidad para la toma de decisiones, hacer elecciones libremente, etcétera. Es decir, que poseemos libre albedrío, que nuestro «yo» es el qué elige. A decir verdad no hay algo más alejado de la verdad —suponiendo que tal cosa exista— que dicha suposición, hasta ahora no he encontrado indicio alguno que afirme dicho argumento, por el contrario, todo indica que no lo hay, analizado desde la lógica, libros milenarios como el TAO, los sutras de la sabiduría trascendental (y si para vosotros eso es espiritismo junguiano), las neurociencias nos conducen exactamente hacia la misma dirección.
     Estamos tan familiarizados y satisfechos con la experiencia de nuestro yo —especialmente en occidente— que preguntarse si realmente ese yo existe parece como si fuese la pregunta de un retrasado mental. Empero, la neurociencia moderna se plantea esa cuestión precisamente, a saber que el yo —como ya decía la filosofía hindú hace más de tres mil años—, es «maya», palabra del sánscrito que significa engaño, ilusión o lo que no es.  En la filosofía védica se acuñó la palabra Ahamkara, palabra compuesta de Aham, que significa «yo» y kara que designa todo aquello que ha sido creado. Por lo tanto el yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto cognoscente de su entorno, haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.
     David Hume, en cierta ocasión inquirió: «Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo.»
     Como se puede observar, para Hume el yo no es más que un haz de percepciones. Veinticuatro siglos antes el Tathagata había llegado a la misma conclusión.
     El filósofo estadounidense Daniel Dannett, llamó a este proceso el «Teatro Cartesiano», es decir, una especie de quimera en la cual, en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

     El cerebro no es un órgano pasivo, receptor de información, sino que el acto de la percepción es un proceso activo en el que el cerebro tiene «mucho que decir». Si tomamos el ejemplo de la visión, lo que constatamos es que cuando miramos a un árbol, por ejemplo, la luz que se refleja en sus hojas son radiaciones electro-magnéticas que inciden sobre los fotorreceptores de la retina del ojo produciendo
una cascada de reacciones químicas que se traducen en impulsos nerviosos que, tras un recorrido, llegan a la corteza visual donde estos impulsos se integran y procesan. En la corteza los datos sufren un proceso complicado que detecta la forma, los patrones, los colores y el movimiento; luego el cerebro lo integra para formar un todo coherente. De pronto aparece la imagen de un árbol en nuestra mente, lo que supone un auténtico misterio. Esa imagen la genera nuestra mente. En esta descripción se habla de una realidad que la mente no crea, y que se encuentra fuera de ella, es decir; las ondas electromagnéticas. Éstas son transformadas en impulsos nerviosos mediante las reacciones químicas que se desencadenan en los órganos sensoriales al incidir en ellos. Estos impulsos nerviosos tampoco son generados por la mente, sino por el contrario, son concebidos como los datos a partir de los cuales la mente crea, en su interior —y de acuerdo con sus propios criterios de interpretación—, una imagen, una representación de la realidad.
     Asimismo se afirma que sólo conocemos nuestras propias creaciones. Pero no se repara en que la concepción de la realidad como ondas electromagnéticas es una teoría, es decir, una imagen científica de nuestra mente; una creación tanto o más artificial que los sonidos, los colores, los sabores, etcétera. Por lo tanto, lo que es presentado como una simple descripción, una «constatación» del proceso de la percepción, en realidad es el producto de correlacionar dos imágenes, dos «puntos de vista», el científico y el introspectivo, otorgando inexplicablemente al primero el valor de realidad y al segundo el de apariencia. Tal yuxtaposición presupone lo que se pretende demostrar: que la mente carece de realidad; la cual explica el carácter repentino y misterioso de la aparición de la imagen mental, así como la naturaleza ambigua de la mente.

     En el Sho-do-ka (El canto de la iluminación), escrito por el maestro Yoka-Daishi, se encuentra el siguiente aforismo: «Todas las cosas son transitorias y completamente vacías.»

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