Alucinaciones en torno a una mano muerta


Luis Buñuel

Un hombre está leyendo tranquilamente en su escritorio. Son alrededor de las once de la noche. Ante él, un grueso libro abierto.

En ese momento comienza a oírse de fondo una música sobrenatural.

Oímos, lejano, el canto de un gallo. Como un eco, se oye el mismo canto más cerca, pero con la banda sonora pasada al revés. Arde el fuego en la chimenea. Se oyen extraños ruidos. Uno de ellos despierta la atención y las temerosas sospechas del hombre: es como si una mano hubiera roto brutalmente las cuerdas de algún instrumento musical.

Son las once de la noche. Oímos el carillón de la torre de la iglesia desgranando las horas y, como reverberación de un eco, el mismo carillón, pero con el sonido al revés.

El hombre mira a su derecha. Ve el cordón del timbre de su habitación oscilar como movido por una mano. Decididamente alarmado, mira con miedo a su alrededor.

«Click, click, click.» (Sonido que recuerda el producido por el dedo medio al chasquear contra la base del pulgar).

«Click, click, click.»

Un libro cae del anaquel. Se desmoronan los troncos en la chimenea.

El hombre seca el sudor de su frente con un gran pañuelo, que coloca ante él, en la mesa, nerviosamente.

«Click, click, click.»

Esta vez el ruido llega desde la mesa, cerca del pañuelo. El hombre está muy asustado.

Ve como el pañuelo se mueve lentamente. Sus pliegues se mueven como los pétalos de una flor carnívora. (Esta toma y las siguientes con el pañuelo y la mano, al ralentí).

Súbitamente, la más inesperada y horrible cara aparece entre los pliegues del pañuelo, que envuelve el extraño rostro como un sudario.

El rostro no tiene frente, y entre los dos minúsculos e inhumanos ojos negros una nariz afilada y fofa sobresale encima de una boca sin dientes y solamente dotada de mandíbula inferior. Este rostro se convierte lenta e inesperadamente en una mano que empieza a deslizarse hacia el aterrorizado personaje. (Esta cara está formada por una mano cuyo dedo medio corazón hace de nariz, formando el pulgar la mandíbula inferior. Los ojos son dos puntos negros como dos perdigones.)

El hombre se levanta y retrocede, mientras la mano continúa deslizándose. (En todo momento ha de verse la mano deslizarse y no caminar, porque entonces podría ser asociada de inmediato con la representación de una rata común).

Cuando la mano alcanza el borde de la mesa, cae al suelo de plano, produciendo un ruido similar al de una palma abierta al golpear un montón de masa.

La mano permanece un momento inerte, atontada sobre el suelo.

El hombre empieza a reaccionar. Su miedo va trocándose en rabia, pero aún retrocede cuando la mano inicia de nuevo su avance. El hombre se rehace y rebusca en sus bolsillos como si intentase encontrar un arma. No tiene nada. Mira en torno suyo buscando algo con que aniquilar a su obstinado enemigo.

Cerca de él ve una pequeña estatua de bronce sobre un pesado podio de mármol. Rápidamente, aparta la estatua, levanta el podio en sus brazos con fuerza y lo deja caer con furiosa decisión sobre la atosigante mano. Queda casi destrozada. Dos o tres dedos sobresalen de la base del podio. Los ojos del hombre se abren sorprendidos.

El podio se desliza en dirección suya. La mano carga con él como un caracol su concha.

Aparta el podio a puntapiés a toda prisa e inclinándose coge la mano por el dedo corazón. Los otros dedos cuelgan lastimosamente, fofos e inarticulados como un guante.

El hombre se dirige a la ventana, la abre y arroja fuera la mano, pero apenas ha conseguido desembarazarse de ella cuando la mano regresa como empujada por un viento imaginario y se estrella contra su cara con la palma abierta, repitiendo el característico ruido de una mano que golpea la masa.

El hombre agarra otra vez la mano y la tira por la ventana, cerrándola de inmediato. Esta vez está seguro de haberse librado de ella.

Aún jadeante regresa hacia su escritorio, cuando de pronto su rostro se contrae con repulsión y horror. Con las manos en su pecho y los ojos desorbitados ve cómo los dedos de la mano salen lentamente de su camisa medio abierta y la mano emerge de su propio pecho.

Loco de rabia, coge con decisión el órgano mutilado y lo sujeta furiosamente con su mano izquierda mientras empuña una daga con la derecha.

Se dirige a la mesa y coloca la mano muerta sobre ella.

Las dos manos izquierdas, la viva y la muerta. El espectador desconoce cúal de las dos manos es la muerta.

Primer plano del hombre con el rostro enfurecido y alzando la mano derecha, en la que empuña la daga, mientras dirige una mirada de odio a las manos situadas sobre la mesa. Baja la daga. Hace descender el puñal.

Primer plano de las dos manos izquierdas. El puñal atraviesa una de ellas. Alarido de dolor. Una de las manos ha quedado clavada contra la mesa por la daga. La otra comienza a deslizarse. El hombre ha atravesado su propia mano.

Con decisión, extrae la daga y detiene la mano deslizante con un simple golpe de puñal, clavando por fin la mano muerta sobre la mesa.



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Psicología experimental — Razonamiento



Una preocupación fundamental que impera en muchos psicólogos ha sido la naturaleza del pensamiento humano. En general éste no se presta a los métodos experimentales de la psicología, ya que resulta complicado controlarlos experimentalmente. Algunos pensamientos empero han demostrado ser sensible a programas experimentales —el razonamiento, concretamente—. Ello se debe a que muchos problemas de razonamiento pueden formularse según una estructura E-R: el experimentador plantea el problema (estímulo) y el sujeto tiene que llegar a una conclusión (respuesta).  Innumerables cuestiones pueden formularse de manera engañosa, lo que permite variaciones abiertas, de modo que el experimentador puede ejercer un control sustancial. El problema de las cuatro cartas de Wason, es un ejemplo de esto.

     La estructura experimental que necesita la psicología de investigación metódica y sistemática se consigue con mayor facilidad cuando los sujetos son capaces de recibir instrucciones y pueden funcionar en situaciones sencillas. Gran parte de la psicología social, que implica interacciones complejas entre personas, es más difícil de estudiar  experimentalmente, debido a la menor flexibilidad de los sujetos, como sucede en las poblaciones  infantil y clínica. La psicología experimental ha recibido críticas por ser demasiado restrictiva, ya que la observación de seres humanos y animales no humanos, no abarca un espectro suficientemente amplio de ambientes; es decir, se plantean dudas sobre su validez ecológica. En otras palabras, podemos considerar sus técnicas  demasiado alejadas de la experiencia cotidiana.

Las cuatro cartas de Wason


Hay cuatro cartas: cada una tiene una letra en una cara y un número en la otra. Las cuatro cartas se encuentran colocadas sobre una mesa, de modo que sólo es visible un lado de cada una. El experimentador dice al sujeto que aplique la siguiente regla: «Si una carta tiene una A en un lado, debe tener un número par en la otra cara». Las cuatro cartas visibles son A, B, 2 y 7. ¿Qué cartas debería levantar el sujeto para comprobar si ha cumplido la regla? El sujeto sólo puede levantar dos cartas.

     La respuesta es la carta que muestra la A y el 7; la carta «B» es irrelevante porque no hay predicción para B; las carta «2» es irrelevante ya que podría tener una A o una B, sin romper la regla; la carta «7» es crucial, ya que si se encuentra A en el otro lado, se rompe la regla. Este problema —en apariencia sencillo— se ha demostrado difícil incluso a las mentes más brillantes, y también es preciso señalar que es sensible al contexto: si se vuelve a formular la regla en términos más cotidianos —«si ha bebido más de una cerveza, no debe conducir un auto»—, y se marcan las cartas «conducir», «no conducir», «no más de una cerveza» el problema resulta particularmente más sencillo. El por qué no se sabe del todo, pero lo atribuyo a la capacidad de pensamiento abstracto, cosa que se le complica  a más de uno, concretamente en los números. También es preciso señalar un estudio realizado por Almor y Sloman donde se relacionado el problema, concretamente a la representación en la memoria y la selección de la misma, donde el problema no es precisamente de razonamiento, sino, por el contrario, del procesamiento de lenguaje, de la memoria y de interpretación.



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Teoría de juegos — Los indios americanos



La teoría de juegos es el estudio de los problemas (o juegos) en los que los «jugadores» poseen ciertos objetivos específicos y se comportan de un modo determinado, a fin de alcanzar dichos objetivos. Las acciones del conjunto de jugadores determinan el modo de jugar de cada uno de ellos y la solución de un juego suele requerir que el jugador analice las acciones que son del interés  de los otros participantes. Esta teoría la ilustraré con el siguiente ejemplo:


     Un jefe indio americano tiene cinco prisioneros, A, B, C, D y E, por lo que idea una prueba para decidir quién de ellos queda libre. El jefe indio coloca plumas rojas detrás de las cabezas de A y B, y plumas  blancas en las cabezas de los demás prisioneros. Tras hacer esto les dice que al menos hay una pluma roja y que el resto son blancas. Los prisioneros se ven una vez al día, pero no pueden comunicarse entre ellos. El conflicto consiste en que si adivinan el color de su pluma quedan libres, pero si se equivocan serán ejecutados. La pregunta es cuánto tiempo tardará A en adivinar el color de su pluma.



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Bhagavad Gita



El gran poema épico, el Mahabharata, nos cuenta en su sexto libro conocido como Bhagavad Gita (El Canto del Señor), una de las enseñanzas más polémicas y extendidas del hinduismo:

     Cuando la guerra de Kurukshetra comenzó, Arjuna le declaró a Krishna: «Por favor, coloca mi cuadriga entre las dos formaciones de batalla de modo que pueda ver a los que están sedientos de guerra.» Arjuna avanza en su carro de guerra hacia las tropas enemigas, está dispuesto a exterminar a cuantos enemigos pueda. Arjuna empero, distingue en el campo de batalla a varios amigos y familiares, aquellos mortales que Arjuna siempre había estimado. Arjuna, oprimido por la pesadumbre, se planteó la posibilidad de abandonar el combate, ante lo cual declaró « Mi cuerpo tiembla, mi boca está reseca, mis miembros flaquean, mis cabellos se erizan. El arco se me escurre de la mano y mi mente se tambalea. Me cuesta incluso permanecer en pie. Krishna, yo no busco la victoria sobre mis presentes enemigos. No busco reino ni comodidad. Déjalos atacar. No lanzaré mi arma contra ellos, ¡siquiera por la suprema soberanía de los tres mundos, y mucho menos de la tierra!». Ante la declaración de Arjuna, el auriga que conduce su carro de combate revela su identidad; es el gran dios Krishna, aleccionándole sobre su deber: « ¡No te rindas a la flaqueza! Tu corazón ha sido siempre un perfecto extraño del temor. Esta es una batalla divina, por tanto no temas dar muerte a otros, ni ser matado. La realidad que abarca el universo es la Vida inmortal. El cuerpo es perecedero. El alma, lo real en el hombre. El alma no mata ni es matada. Más allá del nacimiento y la muerte, constante y eterna, está el alma. El conocedor de esta verdad ni extermina ni es exterminado.»

     En este relato Krishna le enseña a Arjuna (al hinduismo) que el temor de asesinar —o ser asesinado— es injustificado; en este mundo de apariencias contradictorias y engañosas, lo verdaderamente significativo — Brahmā— no puede ser destruido por la acción humana. A cada humano le atañe actuar como lo que es —en el caso de Arjuna, como guerrero peleando en la batalla de Kurukshetra—. Así, nos encontramos con una de las enseñanzas fundamentales del hinduismo, es decir; el desapego: « Sólo a la acción tienes derecho, y nunca a sus frutos; no dejes que los frutos de la acción sean tu motivo; ni tampoco albergues en ti ningún apego a la inacción […] realiza siempre los trabajos que hay que hacer sin apego, porque el hombre alcanza lo más alto mediante el trabajo sin apego». La doctrina consiste en regirnos como si no lo hiciéramos, en actuar sin que nuestro talante se perturbe por el deseo, el amor, el odio, la esperanza o el temor.

     Octavio Paz, gran conocedor de la doctrina hindú, en su libro Vislumbres de la India, nos dice lo siguiente, a propósito del poema Bhagavad Gita: «El desprendimiento de Arjuna, es un acto íntimo, una renuncia a sí mismo y a sus apetitos, un acto de heroísmo espiritual y que, sin embargo, no revela amor al prójimo. Arjuna no salva a nadie excepto a sí mismo, lo menos que se puede decir es que Krishna predica un desinterés sin filantropía.»




Descarga: Bhagavad Gita

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La vida en común (extracto)


«El niño busca captar la mirada de su madre no solamente para que ésta acuda a alimentarlo o reconfortarlo, sino porque esa mirada en sí misma le aporta un complemento indispensable: le confirma en su existencia: [...] Como si supiesen la importancia de ese momento —aunque no sea así—, el padre o la madre y el hijo, pueden contemplarse durante un periodo sempiterno a los ojos; esta acción sería completamente excepcional en la edad adulta, cuando una mirada mutua de más de diez segundos no puede significar más que dos cosas: que las dos personas se van a batir o, por el contrario, harán el amor.»


La vida en común, Tzvetan Todorov

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50 frases de Gray



  
  1. 1.       A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

    2.      Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas.

    3.      Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras que no la ame.

    4.      No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.

    5.      La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse.

    6.      No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea.

    7.      Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.

    8.      Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.

    9.      Uno debería estar siempre enamorado. Por eso jamás deberíamos casarnos.

    10.  Cínico: un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada.

    11.  La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.

    12.  Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir.

    13.  La única manera en que un hombre debe comportarse con una mujer es: haciendo el amor con ella, si es bonita, o con otra, si es fea.

    14.  Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan.

    15.  Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.

    16.  Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.

    17.  Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.

    18.  Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas.

    19.  Haría cualquier cosa por recuperar la juventud... excepto hacer ejercicio, madrugar, o ser un miembro útil de la comunidad.

    20.  Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas no tienen tiempo, ¡están siempre tan ocupadas en estar celosas de los maridos de los demás...!

    21.  El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.

    22.  Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.

    23.  No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

    24.  La ambición es el último refugio del fracaso.

    25.  El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.

    26.  La educación es algo admirable, sin embargo, es bueno recordar, que nada que valga la pena se puede enseñar.

    27.  En el mundo común de los hechos, los malos no son castigados y los buenos recompensados. El éxito se lo llevan los fuertes y el fracaso los débiles.

    28.  Cómo tener confianza de una mujer que le dice a uno su verdadera edad. Una mujer capaz de decir esto es capaz de decirlo todo.

    29.  Escojo a mis amigos por su buena apariencia, a mis conocidos por su carácter y a mis enemigos por su razón.

    30.  La fuerza de las mujeres depende de que la psicología no puede explicarla. Los hombres pueden ser analizados; las mujeres sólo pueden ser amadas.

    31.  Cuando un hombre se casa por segunda vez, es porque adoraba a su primera mujer.

    32.  Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista.

    33.  Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima.

    34.  El cinismo consiste en ver las cosas como realmente son, y no como se quiere que sean.

    35.  No soy tan joven como para saberlo todo.

    36.  Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad.

    37.  La única diferencia que existe entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho es más duradero.

    38.  El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.

    39.  La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno es joven.

    40.  Los solteros ricos deberían pagar más impuestos. No es justo que unos sean más felices que otros.

    41.  La experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que damos a nuestros errores.

    42.  La realidad es que los éxitos se los llevan los fuertes y el fracaso los débiles, y eso es todo.

    43.  Los hombres casados son horriblemente aburridos cuando son buenos maridos, e insoportablemente presumidos cuando no lo son.

    44.  Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre siento que debo estar equivocado.

    45.  Como mala persona soy un completo desastre. Hay montones de gente que afirman que no he hecho nada malo en toda mi vida. Por supuesto sólo se atreven a decirlo a mis espaldas.

    46.  Mejor ser un cohete caído que no haber resplandecido nunca.

    47.  A mí dadme lo superfluo, que lo necesario todo el mundo puede tenerlo.

    48.  Es bastante difícil no ser injusto con lo que uno ama.

    49.  Los músicos son terriblemente irrazonables. Siempre quieren que uno sea totalmente mudo en el preciso momento que uno desea ser completamente sordo.

    50.  Cuando se está enamorado, comienza uno por engañarse a sí mismo y acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela.

Dorian Gray, by Oscar wilde

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Yo mismo


En ocasiones creo «percibír» una entidad a la que llamo «yo», ésto tras atender a ciertas «impresiones» sucesivas que también percibo, es decir; los estímulos externos. Empero, ese sujeto personal que Descartes parece dar por descartado, no lo percibo nunca.

     Cuando penetro íntimamente en lo que Hume llamó «yo mismo», suelo encontrarme —al igual que Hume— con una u otra percepción concreta, como el frío o el calor, así como una u otra pasión concreta, como el placer y el dolor —maestros exigentes a los que estamos sometidos, decía el viejo Platón—. Pero nunca puedo percibír un «yo mismo», sin encontrarme siempre, con una percepción o pasión. Sin embargo ¿quién o qué realiza esta interesante comprobación? Sin duda no es la percepción o la pasión. Una cosa es notar que tengo frío o calor, o que siento placer o dolor y, otra es «darme cuenta» que lo estoy percibiendo.

     De ésto no se sigue que el «yo» sea una ilusión, acaso es una deficiencia del lenguaje. La proposición «yo», no es el nombre de algúna cosa concreta, cómo tampoco lo es el «aquí» o el «ahora». ¿Acaso creemos que hay un sitio fijo y determinado en el espacio, llamado «aquí»? o ¿Creemos que hay un «momento temporal» concreto e intersubjetivo llamado «ahora»? Cuando afirmo que «yo pienso, percibo, siento, existo», estoy afirmando que «se piensa, se percibe, se siente, se existe» en un lugar fijo y determinado —«aquí»—, y en un momento temporal, concreto e intersubjetivo —«ahora»—.

     El alevoso Kant podría afirmar que la proposición «yo pienso» puede acompañar a todas mis representaciones mentales, pero lo mismo podría decirse del «aquí» y el «ahora». Sabemos empero, que en física no hay tal cosa como un tiempo absoluto o un espacio absoluto y, sin embargo, algo estoy diciendo al hablar así; sería abusivo suponer que esas proposiciones descubren una entidad fija, estable y duradera, es decír; permanente e inmutable.

     Uno de los citados problemas se presenta cuando suponemos que a las proposiciones le debe corresponder algo en el mundo, sustantivo y tangible —aquí rompo relaciones con mi viejo amigo Witt—, cuando en la praxis no sucede así; muchas proposiciones no designan sino posiciones, relaciones o principios abstractos. Otro absurdo lingüístico consiste en considerar a los verbos (como el ser y existir) como nombres de «acciones» y buscar por lo tanto, el sujeto que las realiza. Si afirmo «yo existo», el verbo —infinitivo— existir se me representa como si señalase algún tipo de acción concreta, como ocurre cuando digo «yo paseo» o «yo como». Lo mismo sucede con el infinitivo «ser». Estos problemas son producto de nuestro lenguaje y, la filosofía acaso, tendría la obligación de aclarar estos galimatías antes de pretender establecer sistemas doctrinales.

     En conclusión, puedo afirmar que los problemas ontológicos son «indecibles»; se nos presentan al no advertir que, en primer lugar, se había errado al plantearlos. Con todo, esta afirmación no es inconcusa.


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